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VIDA Y MUERTE EN EGIPTO
Egipto se mantiene ante nosotros como un gran enigma, algo que no podemos entender. Tenemos que buscar, entonces, no solamente con nuestra mente racional, sino también en otras vías, el motivo de su extensa continuidad como Civilización.
Egipto, durante milenios, ha sido el símbolo de lo secreto. Su mismo nombre no es de origen egipcio, sino griego: Aigyptos, “lo secreto”, “lo escondido”. Sus habitantes no le llamaban Egipto, sino Khum o Kem: “el Rojo”, “el ígneo”.
La vida en Egipto se manifestaba alrededor del Nilo, del cual dependía fundamentalmente el campesino. En julio aparecía la crecida, quedando entonces el país inundado. En esta época los campesinos colaboraban en las construcciones ordenadas por el Faraón.
Su gente, en lugar de vivir esta vida que vivimos todos, vivían presintiendo la otra vida que estaba más allá. Casi todos los pueblos del mundo han mezclado su religión, sus creencias y todos sus conocimientos sobre la vida posterior a la muerte con un cierto deje de tristeza, de melancolía y de temor. Egipto, tal vez, ha sido el único pueblo que ante la muerte cantaba, reía y aplaudían abiertamente. Era el único pueblo que consideraba que las cosas del mundo no tienen verdadero valor, que tenía sentido de la eternidad, de una eternidad que está mas allá de los cambios, que está detrás de las cosas y que nos espera a todos.
Todo esto no lo pueden ver los arqueólogos modernos, no lo pueden ver por el problema del relativismo histórico y relativismo cultural. Así, entonces, la historia nos ha legado un conjunto enorme de material que se llama, en términos técnicos, “fuentes de la historia”, es decir, libros, monumentos, grafismo y en Egipto nos encontramos con el depósito más grande de esas fuentes.
Una de estas fuentes es el “Libro de la Oculta Morada” llamado “Libro de los Muertos” porque se encontró escrito sobre las vendas de las momias. Este libro nos embarga de ese misterio, de esa seguridad de perduración que cruzó todo el ámbito egipcio.
Cuando el hombre moría, el principal trabajo del Sacerdote era separar su parte superior de su parte inferior. Dividía sus cuerpos inferiores y los superiores. Dado que sólo podía llegar a ascender esa Tríada Superior había que hacer algo para mantener los cuatro cuerpos inferiores en la tierra. De ahí que el cadáver era cuidadosamente vaciado para extraerle los símbolos de vitalidad y era vendado para retenerlo en la tierra. Por eso, el Libro de los muertos estaba cuidadosamente escrito en sus vendas. Ese libro repite una y mil veces las fórmulas del encantamiento para que los cuerpos inferiores, las sombras, no sigan al Espíritu hacia la región del Amenti. La momificación no era, como se cree comúnmente, un sistema para conservar el cuerpo, sino que era un sistema para retener al cuerpo. De ahí el símbolo de todos esos sarcófagos sucesivos clavados cuidadosamente y de esas advertencias: “No me desates”, “No levantes la tapa de mi féretro”. Precisamente era para que las partes inferiores no se relacionasen con las superiores, no molestasen al alma-halcón que se eleva.
Morir no tenía nada de trágico, se trataba de vivir una nueva dimensión mezclándose con la energía del cosmos. La muerte física es un estado transitorio que permite acceder a la verdadera vida.


