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La película de Zack Snyder, “300” –adaptación de la novela gráfica de Frank Miller– estrenada el pasado 23 de marzo, vuelve a traer a la gran pantalla, con el lenguaje de las superproducciones de Hollywood, la recreación de un hecho histórico: la batalla de las Termópilas, así como la figura del héroe principal: Leónidas.
“EXTRANJERO QUE POR AQUÍ PASAS, VE Y DI A LOS ESPARTANOS QUE AQUÍ YACEMOS POR DEFENDER SUS LEYES”.
Así reza la lápida conmemorativa que recuerda la hazaña.
Durante las Guerras Médicas entre griegos y persas, el desfiladero de las Termópilas fue el escenario del comportamiento heroico del rey de Esparta Leónidas I, el cual, con 300 bravos espartanos y algunos cientos de aliados griegos, defendió el lugar retrasando el avance persa diez días, lo suficiente para permitir a los griegos reorganizar sus fuerzas y vencerles posteriormente en Salamina y Platea.
La a priori inimaginable proeza, tuvo lugar en un estrecho corredor de gran valor estratégico que controlaba la entrada al centro de Grecia desde el noreste. Aunque los depósitos aluviales lo han convertido en la actualidad en una llanura pantanosa, hace 2500 años, el camino tenía aproximadamente 15 metros de ancho y pasaba por debajo de un acantilado.
Herodoto nos narra el acontecimiento en “Historias”, y distintos autores griegos nos permiten deducir la importante repercusión de este suceso en la época, así como el formidable carácter de algunos personajes que intervinieron en el mismo. Fueron héroes de carne y hueso, con sufrimientos y miedos, que decidieron entregar su vida antes de partir a la batalla para enfrentar un desafío que amenazaba los valores con los que habían forjado su forma de existencia. Los nombres que han traspasado la distancia del tiempo son varios pero, por encima de todos, una figura destaca: la del rey de los espartanos, Leónidas.

300 CONTRA 1 000 000
Leónidas fue advertido de que el gran número de arqueros que poseía el rey persa Jerjes hacía que sus flechas cubrieran la luz del sol, a lo que el soldado espartano Dienekes contestó: “tanto mejor, lucharemos a la sombra”.
Jerjes supuso que tan minúsculo grupo (en comparación con el suyo) se marcharía al ver la magnitud de su ejército. Con paciencia de soldado, Leónidas aguantó cuatro días sin moverse de allí y el impaciente persa le envió un ultimátum: “entregad las armas o seréis aniquilados”. La respuesta no se hizo esperar: “ven a buscarlas tú mismo”.
La guerra en la época de la Grecia clásica nada tiene que ver con la imagen que nosotros tenemos de la guerra hoy. La guerra era el medio de defender la propia tierra y a los que allí habitaban, con su forma de entender la vida y de adorar a sus dioses.
Nada se hacía sin acudir a lo sagrado, y la respuesta de la Pitia cuando los espartanos consultaron el oráculo antes de entrar en batalla fue concluyente: o bien la ciudad era arrasada totalmente por los persas, o bien no lo era; pero, en ese caso, llorarían la muerte de un rey de la estirpe de Heracles. Leónidas lo tenía claro. Al entrar en la batalla, y sabiendo que seguramente nadie sobreviviría, en su fase final exhortó a sus soldados: “Esta noche cenaré con vosotros en el Hades”.
El novelista S. Pressfield pone en boca de los griegos: “(…) si morimos aquí con honor, transformamos la derrota en victoria. Con nuestra vida sembramos coraje en el corazón de nuestros aliados (…). Ellos producirán la victoria al final, no nosotros. (…) todos los hombres que estábamos allí jamás fuimos más libres que cuando libremente obedecimos aquellas duras leyes que te quitan la vida”.
EL HÉROE INMORTAL
Puede ser que nuestra cultura-siglo XXI nos haga pasar de refilón por el profundo sentido religioso del hombre antiguo, que integraba perfectamente el amor a Dios –y a sus representantes, los dioses– con el amor a la Naturaleza y con la búsqueda de la propia perfección a través del cultivo de las virtudes y el dominio de los defectos.
Plutarco nos puede contar cosas de los espartanos (“Obras morales y de costumbres”, de la Biblioteca Clásica Gredos, por ejemplo, que –por cierto– recoge algunas máximas atribuidas a Gorgo, la esposa de Leónidas); o podemos disfrutar de un relato de acción y aventura suficientemente documentado como para no alejarse demasiado de la realidad, como la novela histórica “Puertas de fuego” de Steven Pressfield (Grijalbo, 1999).
Con ellos se van definiendo, cada vez más nítidamente, los personajes: Leónidas, a la cabeza de sus hombres, el primero en avanzar, ejemplo en todo momento, motor de valor y de lealtad para su patria, permanentemente jugándose la vida al dar un paso que cree necesario y justo; y el rey persa en el bando opuesto, dictando órdenes a una distancia prudencial.
Lo que derrotó a Leónidas no fue la superioridad de miles de soldados que tenía el ejército de Jerjes (que Herodoto cifra en más de dos millones de guerreros), ni la rendición de los griegos, ni las armas, barcos o animales de guerra que el rey persa enfrentó a los escudos y lanzas espartanos. Lo que derrotó a Leónidas fue la traición de “uno de los suyos”.
Un desertor tesalio, llamado Efialtes, se vendió al enemigo y les proporcionó un paso alternativo para atacar por la retaguardia a los griegos al poner en fuga a los focenses que lo defendían, con lo cual la suerte quedó echada.
Efialtes, el traidor, quedó eternamente unido a la vergüenza y el deshonor de su traición, la ausencia de lealtad, el desprecio por la vida de sus compañeros y de su patria, una bajeza tan grande como lo fue la gloria de los que se inmolaron voluntariamente por todo lo contrario.
Hoy, Leónidas, dos mil quinientos años después de aquel día, todavía es capaz de mantener vivo el espíritu del héroe con el que animó a sus 300 hombre en el desfiladero de las Termópilas ante un millón de persas.
Esmeralda Merino
Fuente: http://www.revistaesfinge.com