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YO CRITICO, TU CRITICAS...

 La crítica tiene siempre algo de destructivo, todo es objeto de juicio y demasiados nos sentimos con la capacidad suficiente para opinar sobre lo que se mueve a nuestro alrededor. Este artículo nos plantea una alternativa cuyos resultados están asegurados: la acción y el ejemplo.

Aunque son muchos –y en muchas oportunidades- los que han hablado de las críticas constructivas y las críticas destructivas, nos atrevemos a disentir en este aspecto, ya que la experiencia diaria nos demuestra que las críticas son siempre destructivas. Y esto no es culpa de la crítica como procedimiento racional, sino de las personas que actúan llevadas por sus impulsos emocionales y subjetivos antes que por la razón y el buen sentido.

Vivimos en un mundo disfrazado de certeza y seguridad, pero la contrapartida se da en lo profundo de cada ser humano, donde se manifiesta de manera más o menos explícita la inseguridad, la duda y el miedo. El potencial de acción y creación está notablemente reducido; la capacidad de entender y superar los problemas se ve recortada por la ignorancia que existe en estos terrenos. Y así el hombre se protege, disfrazando también sus temores y su inhabilidad bajo la forma de críticas. En general, todo es objeto de crítica, y destructiva por cierto, pues cuanto peores son los demás, mejor se siente el que inconscientemente se defiende al ocultar sus propios defectos. El que critica es automáticamente el que sabe, el que supuestamente puede hacer las cosas mejor que los otros y el que tiene las soluciones a todos los problemas. El que critica jamás se preocupa en buscar nada bueno en nada ni en nadie, no justifica ningún error ni perdona la menor falta; el que critica es, pues, quien se cree en posesión de toda la verdad y quien se considera libre de toda equivocación. Como mucho, guardará sus elogios –más o menos extensos según las necesidades- para la persona, grupo o estructura sociopolítica en la cual se siente amparado. El que critica, en todo caso, se cuida mucho de llevar a la práctica sus ideas, pues nada mejor que la puesta en acción para demostrar que también podría ser objeto de iguales o peores críticas que las que él ha formulado. La crítica genera críticas; de la mala voluntad sólo deviene mala voluntad.

Sin que lo expuesto signifique cerrar los ojos, oídos y boca dejando pasar todo lo que honradamente se considera erróneo, creemos que hay maneras y maneras de señalar errores, y maneras y maneras de volver el espíritu crítico hacia uno mismo en busca de un perfeccionamiento que al menos avalase esa crítica. Más allá de los engaños deliberados a los que nos veremos sometidos por el endiablado esquema actual de vida que llevamos, lo cierto es que siguen existiendo seres de buena voluntad en el mundo. Lo cierto es que no hay nada más hermoso que reconocer los logros de estos seres y estimularlos. Y lo cierto también es que, si no encontramos nada que valga la pena, no hay crítica más constructiva que ponerse a trabajar en aquello que creemos bueno y posible. El ejemplo sigue siendo la mejor de las enseñanzas, la mejor demostración y el más acabado argumento.

SISTEMA FILOSÓFICO DE DESCARTES

Extractos de varías sesiones celebradas en el Círculo Filosófico y Literario

 Constituida esta Asociación por un grupo de personas amantes de la Filosofía y de la Literatura para discutir temas científicos y formar criterio sobre cuestiones capitales de la Filosofía y Literatura, funcionó durante los años 1869 y 1871.

En las sesiones celebradas por el Círculo durante el mes de Febrero de 1870, pronunció el Sr. Salmerón un discurso sobre el sistema filosófico de Descartes, a modo de resumen de las discusiones sostenidas sobre el asunto por varios socios del Círculo. Aunque no hemos podido hacernos con el original, ni el discurso fue tomado taquigráficamente, como las actas de dichas sesiones fueron redactadas por don Manuel de la Revilla, cuya ilustración y superior conocimiento permiten suponer que supo reproducir con absoluta fidelidad los conceptos emitidos, no vacilamos en dar a la estampa las anotaciones tomadas de lo dicho por el orador.

El Sr. Salmerón usó de la palabra manifestando que no iba a poner opinión a opinión, ni tampoco a ocuparse de las opiniones ya emitidas como en forma de resumen, lo cual correspondía a un Presidente según acuerdo últimamente tomado, sino a ver si es posible abrazar los términos de la compleja cuestión que se está discutiendo, no bajo la unidad arbitraria y convencional del sujeto, sino bajo la unidad real y viva del asunto, lo cual es grandemente difícil. Trátase, en efecto, de entender y apreciar, según principios esenciales y eternos, un pensamiento filosófico, y en esto hay una doble dificultad. Es la primera entender fielmente el pensamiento del filósofo, pensamiento que acaso ni él mismo pudo saberlo, pero que sí deben saber los que vienen después, porque le han visto producirse, dar todas sus consecuencias y enlazarse con lo pasado y lo presente, pudiéndole ver, por tanto, en la vida que está en lo pasado como en lo presente y futuro de una vez. Es la segunda dificultad, la necesidad de estar en el pensamiento y concepto del todo a que se refiere aquel hecho del pensamiento que es un hecho filosófico, con lo cual será posible formular un juicio, no como mera composición ni bajo doctrina hecha, sino como sentencia dada bajo absoluto y eterno fundamento. Es, pues, indispensable ver si puede traerse la cuestión a unidad de juicio, o si, por el contrario, cabe sólo considerar la obra de Descartes bajo diversos puntos de vista.

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KHALIL GIBRAN

 Sobre el Amor

Cuando el amor os llame, seguidlo. Y cuando su camino sea duro y difícil. Y cuando sus alas os envuelvan, entregaos. Aunque la espada entre ellas escondida os hiriera […].

El amor no da nada más a sí mismo y no toma nada más que de sí mismo. El amor no posee ni es poseído. Porque el amor es suficiente para el amor. Cuando améis no debéis decir: «Dios está en mi corazón », sino más bien: «Yo estoy en el corazón de Dios».

Sobre el Dar

Dais muy poca cosa cuando dais de lo que poseéis. Cuando dais algo de vosotros mismos es cuando realmente dais […].

Es bueno dar algo cuando ha sido pedido, pero es mejor dar sin demanda, comprendiendo.
Y, para la mano abierta, la búsqueda de aquel que recibirá es mayor goce que el dar mismo. ¿Y hay algo, acaso, que podáis guardar? Todo lo que tenéis será dado algún día.

Decís a menudo: «Daría, pero sólo al que lo mereciera».  Los árboles en vuestro huerto no dicen así,  ni lo dicen los rebaños en vuestra pradera. Ellos dan para vivir, ya que guardar es perecer. Todo aquel que merece recibir sus días y sus noches, merece, seguramente, de vosotros todo lo demás. Y aquel que mereció beber el océano de la vida, merece llenar su copa en vuestro pequeño arroyo.

Sobre el Trabajo

Trabajáis para seguir el ritmo de la tierra y del alma de la tierra. Porque estar ocioso es convertirse en un extraño en medio de las estaciones y salirse de la procesión de la vida, que marcha en amistad y sumisión orgullosa hacia el infinito.

Cuando trabajáis, sois una flauta a través de cuyo corazón el murmullo de las horas se convierte en música. ¿Cuál de vosotros querrá ser una caña silenciosa y muda cuando todo canta al unísono?

Se os ha dicho siempre que el trabajo es una maldición y la labor una desgracia. Pero yo os digo que, cuando trabajáis, realizáis una parte del más lejano sueño de la tierra, asignada a vosotros cuando ese sueño fue nacido. Y, trabajando, estáis, en realidad, amando a la vida.
Y amarla, a través del trabajo, es estar muy cerca del más recóndito secreto de la vida.

Sobre la Libertad

Seréis, en verdad, libres, no cuando vuestros días estén libres de cuidado ni vuestras noches de necesidad y pena. Sino, más bien, cuando esas cosas rodeen vuestra vida y, sin embargo, os elevéis sobre ellas desnudos y sin ataduras.

Y, ¿cómo os elevaréis más allá de vuestros días y vuestras noches  a menos que rompáis las cadenas que, en el amanecer de vuestro entendimiento, atasteis alrededor de vuestro mediodía?

Sobre el Dolor

Vuestro dolor es la ruptura de la celda que encierra vuestra comprensión. Así como la semilla de la fruta debe romperse para que su corazón se muestre al sol, así debéis vosotros conocer el dolor […].

Mucho de vuestro dolor es elegido por vosotros mismos. Es la porción amarga con la que el médico que hay dentro de vosotros cura vuestro ser enfermo. Por tanto, confiad en el médico, y bebed el remedio en silencio y tranquilidad; porque su mano, aunque dura y pesada, guiada está por la tierna mano del Invisible. Y el vaso con que brinda, aunque queme vuestros labios, ha sido moldeado de la arcilla que el Alfarero ha humedecido con sus propias lágrimas sagradas.

Sobre el Tiempo

Lo eterno en vosotros es consciente de la eternidad de la vida. Y sabed que el ayer es sólo la memoria del hoy y el mañana es el ensueño del hoy. Y que aquello que canta y medita en vosotros mora aún en los límites de aquel primer momento que esparció las estrellas en el espacio. ¿Quién de entre vosotros no siente que su capacidad de amar es ilimitada? Y, a pesar de ello, ¿quién no siente ese mismo amor, aunque sin límites,  rodeado en el centro de su ser  y no moviéndose sino de un pensamiento de amor a otro pensamiento de amor,  ni de un acto de amor a otro acto de amor? ¿Y no es el tiempo, como es el amor, indivisible y sin etapas?

Pero si, en vuestro pensamiento, debéis medir el tiempo en estaciones; que cada estación encierre todas las otras estaciones. Y que el hoy abrace al pasado con remembranza y al futuro con ansia.

Sobre la Belleza

La Belleza es  […] un corazón ardiente y un alma encantada, […] una imagen que veis cerrando los ojos y una canción que oís tapándoos los oídos, […] un jardín siempre en flor y una bandada de ángeles volando eternamente.

[…] la Belleza es la vida, cuando la vida descubre su sagrado rostro. Pero vosotros sois la vida y vosotros sois el velo.

La belleza es la eternidad que se contempla a sí misma en un espejo. Pero vosotros sois la eternidad y vosotros sois el espejo.

Sobre la Muerte

Desearíais saber el secreto de la muerte. ¿Pero cómo lo encontraréis a menos de buscarlo en el corazón de la vida? El mochuelo, cuyos ojos atados a la noche son ciegos en el día, no puede descubrir el misterio de la luz.

Si, en verdad, queréis contemplar el espíritu de la muerte, abrid de par en par vuestro corazón en el cuerpo de la vida. Porque la vida y la muerte son una, así como el río y el mar son uno también.

En el arcano de vuestras esperanzas y deseos, reposa vuestro conocimiento silencioso del más allá: y, como las semillas soñando bajo la nieve, vuestro corazón sueña con la primavera. Confiad en los sueños, porque en ellos el camino a la eternidad está escondido.
   
Vuestro miedo a la muerte no es más que el temblor del pastor cuando está en pie ante el rey, cuya mano va a posarse sobre él como un honor. ¿No está, acaso, contento el pastor, bajo su miedo de llevar la marca del rey? ¿No lo hace eso, sin embargo, más consciente de su temblor?

HISTORIA DE LOS CONFLICTOS ENTRE LA RELIGIÓN Y LA CIENCIA

Nicolás Salmerón y Alonso

Juan Guillermo Draper

 

Prólogo

La contrariedad que hace un año vino a perturbar a algunos devotos de la libertad de la Ciencia en su pacífica misión de la enseñanza, y la saña inverosímil con que plugo al Poder honrar la primera protesta presentada en la Universidad de Madrid contra las ilegales restricciones impuestas al Profesorado, dieron feliz ocasión a distinciones sociales y a nobles amistades con que el Catedrático de Filosofía del Derecho, señor Giner de los Ríos, vio compensadas las oficiales ofensas, enaltecida su conducta y hasta atendida con religioso celo su salud, que el Gobierno no supo o no quiso respetar. Una de aquellas honorables personas, que así prestaban a la dignidad científica el homenaje debido entre las gentes cultas, es el traductor de este libro. Quien ha sabido unir su nombre con solos esfuerzos y sacrificios personales a los novísimos adelantos de la Astronomía, siendo, por nuestra desgracia, [VI] más conocido fuera que dentro de España, no es maravilla que supiera honrar al que por honrar la Ciencia padecía. A su pesar queremos hacer público este testimonio de gratitud; ya que a este origen de nuestra amistad se anuda la obligación de escribir el presente prólogo.

 

Por grave compromiso, de empeño superior al esfuerzo de unos breves momentos que de otras tareas apenas puedo en esta sazón distraer, tuve siempre la empresa de formular un juicio sobre el interesante libro en que el profesor Draper ha expuesto con vasta erudición, severa crítica y esmerado arte los Conflictos entre la Ciencia y la Religión. Por el antiguo y nuevo mundo divulgado; traducido a casi todas las lenguas cultas; examinado y discutido bajo diversos criterios en multitud de Revistas; con la autoridad de un nombre ya ilustre en las Ciencias naturales y en la Historia; y habiendo alcanzado, en suma, el privilegio de las obras universales, infunde ese religioso respeto que, si la crítica vulgar profana aplaudiendo o censurando según las imposiciones del espíritu y aun del interés de secta o de partido, manda a todo hombre desapasionado y severo juzgar, no ya sin ira el estudio, que esto como en lo pequeño como en lo grande importa a la salud del juicio; mas con cabal conocimiento [VII] del asunto, cuya concepción y ejecución sería sin esto imposible estimar rectamente. La general aceptación que en contados meses ha alcanzado entre los amigos de la libertad del pensamiento, y la profunda ingrata impresión que ha producido entre los interesados en mantener las imposiciones dogmáticas, debidas en parte son, sin duda, al carácter y tono de propaganda y polémica que acentúa las brillantes y animadas páginas de este libro; mas injusto sería estimarlo como una de esas obras que en fragor del combate se engendran, destinadas a caer en olvido cuando la lucha termine y el ardimiento de las pasiones ceda a la tranquila soberanía de la Razón. Si no reclama meditación profunda; si más que discusión fundamental de principios forma su trama la exposición de hechos, con que más excita la fantasía y mueve el ánimo que despierta y sostiene la reflexión, no deja por eso de suministrar cumplida y elocuente prueba, cuanto en la Historia cabe, de que la intolerancia de las religiones positivas ha retenido el progreso y contrariado la difusión de la Verdad en el mundo, pretendiendo imponer transitorias y fantásticas representaciones de la Realidad y de la Vida como criterio definitivo y sobrenatural de las investigaciones científicas. [VIII]

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VIVIR CON LA MUERTE

 “No olvides que eres actor en una obra, corta o larga,
cuyo autor te ha confiado un papel determinado.
Y ya sea este papel el de mendigo, príncipe, cojo o de simple particular,
procura realizarlo lo mejor que puedas.
Porque si ciertamente no depende de ti escoger
el papel que has de representar, sí el representarlo debidamente”.

Epicteto

“Vas a morir dentro de cuatro meses”.

¿Qué se le pasaría a Vd. por la cabeza si le comunicaran esto, sabiendo que es verdad? Piense treinta segundos antes de responder.

Randy Pausch era un catedrático de la universidad de Carnegie Mellon, en Estados Unidos, cuya especialidad era la informática y la investigación en la creación de realidad virtual. Tenía 46 años, un trabajo con el que disfrutaba y en el que se había ganado una buena reputación, era feliz en su matrimonio y tenía tres hijos menores de seis años a los que adoraba. Un buen día, recibió una noticia: “tienes un cáncer de páncreas que pinta mal”.

Después de someterse a tratamientos extremos, que incluían cirugía y quimioterapia experimental, llegó el fatídico diagnóstico: “te quedan cuatro o cinco meses de buena salud”.

“La enfermedad entorpece los actos del cuerpo, pero no los de la voluntad. Siempre y en todo momento debemos hacer lo que de nosotros depende, permaneciendo firmes y tranquilos respecto a lo demás”. Esto lo había dicho el filósofo estoico Epicteto hace casi dos mil años. Y Pausch tenía claro este punto.

Pausch lo explica así: “tienes que decidir entre ser Tiger o ser Igor (dos personajes animados). Tiger es energético, optimista, curioso, entusiasta y se divierte. Igor se deprime y se autocompadece. Yo me voy a morir pronto, pero he escogido estar alegre hasta el último día que me quede”.

Como catedrático que era de universidad, Randy Pausch aceptó la invitación de Carnegie Mellon de  impartir lo que en EE.UU. se denomina “La última lección”, en la que se propone a un profesor de prestigio, generalmente antes de su jubilación, que exponga aquello que le gustaría transmitir si esta fuera la última ocasión en la que puede hacerlo.

Tras aceptar la oportunidad, Randy Pausch impartió su “última lección” un mes después de conocer su estado irreversible, en septiembre de 2007, comenzando con la broma de que “esta vez sí va a ser de verdad la última”. Cuando las cuatrocientas personas que abarrotaban el lugar le ovacionaron, él sonrió y dijo: “por favor, dejen que me lo gane”.

La grabación de la conferencia ha tenido en you tube más de diez millones de visitas (se dice pronto), traducida a siete idiomas, y el libro que la recoge ha vendido más de cinco millones de ejemplares en todo el mundo. ¿Por qué?

Porque se va a morir. Y él lo sabe.

Es decir, lo mismo que todos nosotros, jóvenes o viejos, ricos o pobres. También nos vamos a morir.

¿Cuál es la diferencia? Que nosotros, instalados en la mentalidad del mundo occidental del siglo XXI, miramos hacia otro lado y preferimos no saberlo.

¿A qué viene tanto miedo?

Decía Séneca que brevísima y agitada es la vida de los que descuidan el presente y temen el futuro, porque cuando llegan a su fin, se dan cuenta a deshora de que en sus días se afanaron en no hacer nada. Las canas y las arrugas no son síntoma de haber vivido mucho, sino de haber durado mucho; lo importante es aprender a vivir, y esto implica aprender a morir.

El romano cordobés afirmaba que, por ser la filosofía el afán de aprender de las leyes de la vida y no contrariarlas, son los que filosofan, es decir, los que se preguntan por qué, los únicos que saben vivir, pues no solo aprovechan bien su existencia, sino que se apropian de la de los filósofos que les precedieron: “Ninguno de ellos te obligará a morir, pero todos te enseñarán a morir; ¡qué hermosa ancianidad está reservada a quien les sigue! Tendrás con quien deliberar de las cosas más pequeñas y de las más grandes, con quien consultar cada día acerca de ti; podrás oír la verdad sin injuria; tendrás un modelo al que aspirar”.

Mientras aprendía a morir, Randy Pausch, igual que hacían los antiguos egipcios, dejó unas cuantas instrucciones destinadas a sus hijos para transitar por la vida de una forma adecuada, con el fin de que estos consejos traspasaran el tiempo. Los egipcios lo escribieron en papiro. Pausch, fiel a su profesión, lo dejó grabado y retransmitido en la Red.

Por si alguien todavía no se había enterado, Randy comenzó explicando: “Mi padre decía que cuando hay un elefante en la habitación hay que presentarlo. Aquí tienen las imágenes que muestran los doce tumores que tengo en el hígado”. Y acto seguido, añadió: “pero, actualmente estoy en mejor forma física que muchos de ustedes”. Y para que no quedaran dudas, se puso a hacer flexiones en el estrado.

Luego, recordó lo que había aprendido de los suyos. Cuando Marco Aurelio, el emperador filósofo de la Roma del siglo II, recordaba en sus “Pensamientos” las virtudes que había visto ejemplarizadas en parientes y amigos, pretendía explicar cómo los buenos ejemplos habían influido en su recta conducta, y cómo él había puesto de su parte el empeño en imitarlos. A pesar de tocarle una vida dura, destinado a gobernar en un momento en que el Imperio se tambaleaba por problemas internos y externos, escribió, en los lugares adonde le llevaban sus campañas militares, sus meditaciones sobre la vida y la muerte.

Esta misma actitud de aprendizaje fue la que Randy Pausch quiso transmitir a sus oyentes. Contó cómo sus padres solían decirle: “Si tienes un pregunta, encuentra la respuesta”; cómo se especializó su padre en contar anécdotas divertidas que siempre acababan con una moraleja; cómo le recomendaron que jugara siempre limpio, aunque se encontrara en una posición de fuerza: “Ir al volante no implica que tengas que atropellar a la gente”, le decían. Quiso recalcar ante su auditorio lo importante que es tener la actitud de seguir estos buenos ejemplos. Cuando, después de licenciarse, Pausch tuvo que enfrentarse a las pruebas de doctorado, pasó varios días quejándose en casa de lo difíciles que le parecían. Su madre le dio una palmadita en el hombro y le dijo: “Sé cómo te sientes, cariño. Recuerdo cuando tu padre tenía tu edad. Estaba combatiendo contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial”.

Con sus aptitudes teatrales, Randy Pausch puso cara de circunstancias y destacó que una de las cosas más importantes que aprendió es a no perder el tiempo quejándose, porque eso no resuelve los problemas. Él tenía claro que hay que escoger: “puedes tener mejores o peores posibilidades, pero puedes dedicarte a gastar tu tiempo quejándote o emplearlo en esforzarte y aprovecharlo”. Una de sus frases más comentadas de aquella charla fue: “No podemos cambiar las cartas que nos han repartido, pero sí podemos elegir cómo jugar la mano”.

Otro ejemplo que recordó de sus tiempos de niño fue el de su entrenador de fútbol. Cuando los chavales le preguntaron por qué entrenaban sin balón, les contestó que de los veintidós jugadores que había sobre el terreno de juego, solo uno tocaba en cada momento el balón, así que ellos serían los veintiún restantes. Pausch meditó sobre la enseñanza recibida: “Lo importante son los fundamentos. Debes entender los fundamentos, porque sin ellos, la parte elegante no va a funcionar”.

Randy creyó a veces que le exigía demasiado. Un día, el ayudante le dijo: “Eso es bueno. Significa que cree en ti”. Pausch explicó a los estudiantes presentes en el campus que cuando haces algo mal y nadie te lo dice, es que ya no esperan nada de ti: “Cuando las cosas no salen como tú querías, lo que obtienes es experiencia”. No llegó a jugar en la liga profesional de fútbol, pero, en cambio, aprendió a trabajar en equipo, descubrió el valor de esforzarse, la deportividad, la perseverancia y todo lo que él calificó de “aprendizajes indirectos”: “Debes mantener los ojos abiertos, porque están en todas partes”.

Aquella experiencia del duro entrenamiento la describe Pausch en su libro como “un bucle de retroalimentación para la vida”. Cuando, a veces, pensaba en rendirse, volvía a imaginar a su entrenador y se imponía trabajar con más ahínco para mejorar.

“Bucle de retroalimentación”. Qué buen concepto este de su lección. Los antiguos se “retroalimentaban” con conocimientos. No intelectuales, sino de aquellos que sirven para caminar por la vida. Asombra constatar cómo a lo largo de la Historia ha habido pocos momentos en los que el hombre viviera tan angustiado como en el nuestro. Visto objetivamente, es desolador pensar que uno nace porque sí, es rico o pobre porque sí, muere niño o viejo porque sí, es decir, sufre porque sí. Nuestro mundo, a fuerza de esquivar preguntas, ha llegado a no tener ninguna respuesta.

Es mucho más alentadora la imagen que tuvieron de la vida casi todos los que nos precedieron, vestida de diferentes maneras, ya fuera entre los indios norteamericanos, los antiguos egipcios, los orientales, los griegos clásicos o muchos pueblos indígenas de tantas partes del mundo. Pensaban que las respuestas, aunque sean pequeñas, son el bálsamo que permite caminar hacia la siguiente pregunta, enfrentando la siguiente respuesta. En ninguno de sus conceptos figuraba un “porque sí”. La vida era algo bello y emocionante, donde cada problema era una prueba para fortalecerse en la virtud, que era lo que identificaba al ser humano, el único que gozaba del privilegio de poder elegir. Y, por encima de su realidad cotidiana, sentían el acogedor abrazo de una Naturaleza ordenada por leyes mucho más perfectas que las que un hombre pudiera imaginar.

En todas estas culturas, la muerte era muy importante. Pero no porque fuera algo que asustara. Era muy importante porque la vida era muy importante. Y las dos cosas eran lo mismo. Se nacía y se moría; eso era algo que les ocurría a todos. Y los dos misterios eran dos puertas, una de entrada y otra de salida, o mejor dicho, las dos servían para ambas cosas. Por una se entraba al plano de lo material. Por la otra, se entraba al plano de lo que estaba más allá. La vida era una escuela, y la muerte solo era el nombre que utilizaban para pasar al otro lado. En un continuo fluir, la ley de la justicia adjudicaba a cada uno situaciones y oportunidades para poder pasar de curso. Como en la escuela.

Es interesante comparar las conclusiones de una científica moderna, Elisabeth Kubler-Ross, también norteamericana, que enfrentó su propia muerte hace tan solo cuatro años. Ejerció la medicina durante toda su vida, y su vocación, unida a un carácter rebelde y voluntarioso, la llevó a vivir situaciones difíciles de verdad: atendió sola y sin medios a toda clase de enfermos y heridos en la Polonia de la posguerra, conoció a madres que perdieron a sus pequeños en la guerra, vio con sus ojos los dibujos que los niños habían pintado en los barracones nazis antes de ser asesinados, convivió con supervivientes del exterminio, se enfrentó a las instituciones hospitalarias para terminar con los experimentos y torturas a los enfermos mentales, y experimentó las dramáticas situaciones que su especialidad, la atención médica a los moribundos de cualquier edad, puso en su camino.

 Consagró su vida al estudio del momento en que llega la muerte, y su experiencia de miles de casos le hizo afirmar con rotundidad que la muerte no es una tragedia. Cuando uno acepta que ha llegado la hora, todo es fácil y agradable, como la mariposa que ha conseguido deshacerse del capullo y puede volar. Cuanto mejor vivimos, mejor podemos enfrentar el trance. Nada mejor que vivir con dignidad para poder morir en paz.

Fue una mujer independiente y autosuficiente, lo cual le permitió escapar a la vida que su familia había preparado para ella y licenciarse en medicina contra viento y marea, pero también le hizo más dura su última prueba: durante sus últimos nueve años estuvo postrada en cama por una enfermedad, y sobre esto dejó escrito: “estoy aprendiendo paciencia y sumisión”. Aprender hasta el final.

Ella tenía 78 años cuando partió. Pausch tenía treinta menos. Y aquel día de Carnegie Mellon no quería dejar nada en el tintero.

Con algunos valores claros bajo el brazo, algunos ejemplos para recargar las pilas y algunas metas por alcanzar, Randy Pausch explicó que estos no son necesariamente los ingredientes infalibles que le permiten a uno conseguirlo todo. Hay que contar también con las paredes.

Cuando terminó su carrera, se consideró capacitado para intentar trabajar como creativo en Disney, algo que había soñado desde niño, aunque hubiera aceptado cualquier tipo de trabajo por estar allí. Contra sus previsiones, Randy admitió: “nunca me han dicho más amablemente que me vaya a paseo”.

Eso, según Pausch, era una pared. “Las paredes no están para impedirnos el paso. Están ahí para darnos una oportunidad de demostrar si verdaderamente queremos conseguir algo. Están para detener a los que no lo quieren lo suficiente”. Para él fue una gran decepción, pero él no se rindió. Quince años más tarde formó parte del equipo de Disney en la creación de algunas atracciones virtuales. Su sueño.

Cuando el rector de la universidad de Carnegie Mellon anunció tras la charla que construirían un puente con el nombre de Randy Pausch entre los edificios de ciencias y de artes para simbolizar la unión de estas dos ramas que había conseguido él con su trabajo, comentó: “después de oírle, tendremos que llenarlo de paredes, en beneficio de nuestros estudiantes”.

Como si fuera un profesional del espectáculo, Pausch fue amenizando la conferencia con diferentes artilugios que acompañaban sus palabras: le vimos poniéndose un gran sombrero de ilusionista, llenando el escenario con los peluches gigantes que ganó en las ferias, jugueteando con un balón de rugby, mostrándonos su muñequito de trapo “randy”, vistiendo la cazadora que conservaba desde joven porque “molaba” y, al mismo tiempo, hablando de la importancia de compartir, de generar buen ambiente en los grupos de trabajo, de mostrar gratitud, de saber disculparse y corregirse cuando uno lo hace mal y de saber esperar lo suficiente para encontrar la parte buena de cualquier persona, todo mientras describía el curso impartido y diseñado por él, en el que los alumnos aprendían a crear un mundo virtual.

Era un trabajo pionero, y para demostrar lo pionero que era, se colocó una chaqueta que le regalaron sus alumnos de efectos especiales. “Si quieres ser pionero en algo, tendrás que acostumbrarte a llevar siempre puesta una chaqueta como esta”. La chaqueta, hecha a medida, llevaba varias flechas de tamaño natural clavadas en la espalda. Sin comentarios.

De eso sí tenemos unos cuantos casos en la Historia. Giordano Bruno, por ejemplo, se pasó la vida enseñando en las universidades europeas que había infinitos mundos, en un tiempo en el que era obligatorio que la Tierra fuera el centro del universo, y desarrollando el arte de la memoria, que hoy mencionan los modernos métodos mnemónicos que imparten los centros docentes. Por mantener sus ideas, pasó siete años en una cárcel subterránea, sin luz, llena de humedad y con el ruido ensordecedor de las olas rompiendo sobre él. Ejemplo de entereza, no se retractó y murió en la hoguera diciendo a sus verdugos que temblaban más ellos al matarle que él al morir. Serenidad y dignidad ante la muerte.

Como futuro especialista en alta tecnología, Pausch confesó que siempre había tenido una autoestima muy elevada y que el mejor regalo que un educador puede dar es hacer que alguien reflexione sobre sí mismo. Él lo hizo con sus alumnos porque un profesor suyo, en sus tiempos de estudiante, fue capaz de señalarle lo que todo el mundo veía menos él. Un buen día le puso el brazo sobre los hombros y le dijo: “Randy, es una verdadera lástima que la gente te perciba como alguien tan arrogante, porque eso limitará tus posibilidades en la vida”. Pausch, con cara de perplejidad, lo tradujo para su auditorio: “¡Qué excelente manera de decir que te estás portando como un idiota! La parte difícil es escucharlo”.

Si pensamos en un maestro en el arte de enseñar a reflexionar, un nombre nos llega de inmediato: Sócrates. Curioso que, además, represente el paradigma de la serenidad ante la muerte.

El filósofo ateniense, sometido a un juicio injusto, se defendió con dignidad, la misma con la que cumplió la sentencia a muerte, después de rechazar la ayuda que le ofrecieron para escapar. Platón nos describe este episodio, y en él percibimos la lucidez de sus palabras, la valentía y nobleza que demuestra y el temple de sus actos. Para Sócrates la filosofía es la actividad humana más noble, porque permite embellecer el alma con sus adornos propios: la templanza, la justicia, el valor, la libertad, la verdad, que es lo que le ayuda a preparar el momento de la muerte. Dos mil quinientos años después, la muerte de Sócrates nos invita todavía a vivir de mejor manera.

Las circunstancias cambian, pero la muerte es igual de intransigente. Una vez que ha elegido su presa, no caben sobornos. Sin soltar su mano y mirándola de frente, Randy Pausch explicó qué él creía en el karma y que “si vives tu vida de manera correcta, los resultados llegarán a ti”. Para él “la suerte consiste en que cuando llega la oportunidad, estás preparado”. Se alegró de haber conocido con antelación cuándo iba a morir, porque eso le permitía “abandonar el campo por mi propio pie”.

Se fue al otro lado el 25 de julio de 2008.

-¿Te veré inmortal, exento de vejez y de enfermedades?

-No; pero verás que sé morir, y ser viejo, y estar enfermo;

verás qué sólidos y templados son los nervios de un filósofo.

Epicteto

Esmeralda Merino

Fuente: www.revistaesfinge.com 

PRÓLOGO PUESTO A LOS ESTUDIOS SOBRE RELIGIÓN

PRÓLOGO PUESTO A LOS ESTUDIOS SOBRE RELIGIÓN

DE G. TIBERGHIEN

Si es un deber universal humano producir ingenuamente la vida desde la intimidad de la conciencia, en ninguna esfera ha de regir con más obligado imperio que en la religiosa, donde la unión personal con Dios, y mediante Dios con todos los seres en el mundo, según su propia divina dignidad, sólo puede consumarse en el inviolable santuario del espíritu. Faltarían a él los que han consagrado su vocación en la tierra a la causa del bien, y serían infieles, a lo que de ellos la sociedad y la Patria reclaman, si no procuraran, dando vivo testimonio de su conciencia religiosa ante Dios y los hombres, acelerar el definitivo triunfo de la fe y la piedad racionales, únicas capaces de preparar fecundo suelo para las semillas que deposita el pensamiento en sus laboriosos surcos.

Madura reflexión por largo tiempo proseguida, con serenidad de ánimo ejercitada, aguijoneada por las violentas turbaciones del tiempo, y, no vacilamos en decirlo, piadosamente inspirada en las divinas palabras del Cristo, “adorad a Dios en espíritu y en verdad”, han conducido en nuestros días, aun a aquellos que perseveran todavía en la fe de los dogmas cristianos, a proclamar el principio de la libertad de la Iglesia, en vez de seguir la política romana, que compromete en las ruinas del culto oficial la existencia del cristianismo, y aun, por tiempo, de la religión misma en las sociedades católicas.

Este generoso movimiento ha hallado en España escasos favorecedores. No es hora ya de promover cismas, ni de levantar protestas, ni de formar sectas nuevas; los tiempos del protestantismo han pasado, si ya no fuera antipático al genio de nuestra Patria, y no es día hoy de invocar a Dios para dividir a los hombres, sino para hermanarlos en el común destino que el Padre celestial grabó en sus almas.

Contemplando la misión providencial del Cristianismo, que aparece como un hecho de vida de la conciencia religiosa, y siguiendo la Historia de los primeros siglos de la Iglesia, en que aquel hecho humano, divino, se formula en doctrina y se ofrece como ideal a las nuevas sociedades, redimidas de la servidumbre gentil del espíritu, no es lícito desconocer en él una verdadera revelación de Dios mediante el Cristo. Mas la revelación es relación permanente, eterna, de Dios al hombre; en ella radica el absoluto fundamento de toda religión, el cual según es gradualmente recibido y determinado por la conciencia en su progresiva cultura, y a favor de la asistencia divina en la Historia, constituye la serie de manifestaciones positivas en que la unión esencial de los seres finitos bajo el Ser Supremo se consagra.

Con este sentido, no definitivo, cerrado, petrificado, sino libre, vivo y de todos lados abierto al ulterior progreso y educación de la conciencia humana, es licito estimar al Cristianismo como la más perfecta santificación hasta hoy del espíritu religioso. Sus principios fundamentales: la Unidad de Dios, como Ser Supremo y Providencia del Mundo; la Unidad humana sobre toda diferencia de razas, gentes y sectas, según la fundó Cristo y la predicó el Apóstol, y cuyo divino germen ha ido desenvolviendo la razón científica hasta afirmar la idea de la Humanidad universal, celestial ciudad de todos los seres finitos, pero inmortales en Dios; la Piedad, como el sentimiento de la íntima unión y subordinación personal de la criatura al Creador; la Caridad, como lazo divino de amor entre todos los hombres y de sagrado respeto a la propia dignidad de todos los seres en el mundo, y la obligación de realizar, bajo estas leyes de vida, todas las relaciones de nuestro destino, amando nuestra Perfección como precepto de Dios y procurándola con claro conocimiento y recta obra, semejante a la vida divina, constituyen un puro y santo ideal, ciertamente, el más noble que hasta hoy formulara la Historia o inspirara el sentido de comunión alguna positiva.

Ahora, ¿con qué sentido debe ser abrazado y realizado ese ideal? Que no es la Religión la fe pasiva y ciega en determinadas representaciones de la suprema relación entre Dios y el hombre, ni menos la práctica servil y mecánica de los ritos y ceremonias del culto, los cuales degeneran en grosera superstición y declinan en gentil idolatría si no se entienden y producen como delicada expresión sensible de la idea religiosa y de su íntima penetración pos toda la vida en espíritu y corazón, lo declara ya el Cristo, que amargamente censura al Fariseo y recibe como hermano en Dios al Samaritano[1].

Pide la Religión de parte del hombre, la dignidad moral de la conciencia, sin la cual fuera aquélla impura y profana. Mas la moralidad, a su vez, exige conocimiento y sentimiento del bien, como fin último de la vida. Concebirlo y amarlo como misión divina de nuestro ser. y de aquí traducirlo con recta y firme voluntad en obras libres: tal es la propia sustantiva esfera de la moral.

Y con efecto: en su racional naturaleza, esencialmente buena, halla el hombre la inmediata raíz de la virtud, y en la recta y libre posesión de sí mismo, en la plenitud de su conciencia, puede elevarse a recibir el fundamento absoluto del bien, como único destino de todos los seres bajo Dios, y principio único de las determinaciones de la voluntad; sobre todo motivo particular egoísta, que si por tiempo le aparta de su ley y retiene en el mal, debe ser corregido y subordinado al divino organismo del bien. el cual abraza y compone en bendita armonía las universales relaciones con que dotó la Providencia a la criatura racional. Sin esta previa santificación moral, la verdadera Religión es imposible: sus creencias fueran torpe superstición, y menguada hipocresía sus prácticas.

Hoy más que nunca importa al hombre sinceramente religioso, afirmar la sustantividad de la moral en su propia razón, si no ha de caer el espíritu, de un lado, en el ateísmo a que propende la llamada Moral independiente[2], ni ha de cerrarse, de otro, el único camino posible para formar la conciencia religiosa y hacer que la Religión no decline en creencia de temor, que llama a rebeldía o enojo y apoca la libre vigorosa expansión del ánimo para la virtud, o en estrecha fe, que aísla y enemista a los hombres, haciéndoles pensar que, fuera de su comunión, la dignidad moral no existe; ¡como si Dios no fuera providencia para todos, y en todos no se diera la razón! Nunca fue por esencia el Cristianismo religión de temor, aunque las circunstancias, más que los hombres, tal carácter por tiempo le prestaran, a fin de imponerla sensiblemente a gentes incultas; ni en angustioso claustro de secta se aprisionó su idea cuando anunció la catolización del mundo, por más que el espíritu de dominación hiciera pensar a sus adeptos que las formas particulares de un dogma debían prevalecer, reduciendo a monótona uniformidad la libre voz de las conciencias, y despertara en ellos el genio maléfico de la intolerancia y la enemiga, escindiendo el reino indiviso de Dios, y marcando con sangre y fuego la división de los humanos; ¡torpe error el de quien. por tales torcimientos de nuestra limitación, imaginara que la Religión era venida al mundo para dividir, cuando ella es la libre unión en el amor divino!

En la lucha y oposición aún reinante, aparte la hostil separación de comuniones dogmáticas, otras relaciones hay todavía que deben concebirse y practicarse con este mismo espíritu de paz y de concordia. Hablamos de las que median entre la ciencia y la fe, y entre la Religión y la Política.

En cuanto a lo primero, es evidente que no descansa la Religión en la fe ciega a lo supuesto infalible, sino en lo indagado y reconocido por verdadero, siendo los eternos principios de verdad, sabidos por la Ciencia, fundamento de la fe racional, en cuanto ésta toca al límite efectivo de nuestro conocimiento[3]. Según lo cual, tanto más pura y recta, tanto más levantada y firme es la fe en Dios y en la suprema eficacia de su gobierno providencial sobre los seres finitos, cuanto más claro y cierto es el pensamiento de aquél y más intensa y propia la luz de su absoluta verdad en la conciencia. Sin saber por principios la posibilidad del conocimiento de Dios para el espíritu finito, la fe es mera superstición, y en el fondo del alma yacen las frías sombras del escepticismo. Afirmando en este sentido la divina alianza de la fe religiosa con la Ciencia, obedecemos la bendita palabra del Apóstol, quien no se contentaba con menos que obsequio racional; seguimos la santa aspiración del Obispo de Cantorbery, que dictó la ley del orbe católico en aquella hermosa sentencia: fides quaerens intellectum; y nos inspiramos, sobre todo, en el providencial movimiento de la Historia, la cual nos enseña cómo sirvieron Platón y Aristóteles a la formación de los dogmas cristianos. Cierto, no ha sido siempre de amoroso consorcio la relación entre estas superiores esferas de la vida; la Teología dogmática, por el imperio de su idea, hizo sierva a la Filosofía; y ésta, en cambio, no sólo procuró ir levantando el yugo que tenía por ominoso, sino que renegó de aquélla y aun de Dios para sellar su independencia.

Hoy, según las más puras señales de los tiempos, aspiran ya a reconciliarse estos dos principios sustantivos, pero armónicos, de la conciencia: que no hay dos conciencias, una para la Religión, y otra para el saber, siendo uno mismo el espíritu científico que el religioso, y uno mismo el objeto absoluto de la Ciencia con el fundamento supremo de la unión de los seres en la vida. Sublime alianza ésta, que con divino regocijo deben recibir los hombres sabios y piadosos, y que habrá de preparar, aunque disten los tiempos, la feliz concordia de todos los pueblos de la tierra en los eternos principios de la verdad y la belleza, de la caridad y la justicia.

Menos íntima y universal, mas por las actuales críticas circunstancias de nuestro pueblo, no menos importante, es la relación de la institución religiosa, de la Iglesia con el Estado.

Importa la política, en cierto modo, más mediata e indirectamente al hombre religioso. Y no es que neguemos ni desconozcamos la conexión de ambas esferas entre si, siendo una sola y misma la razón que a todas las del destino humano preside, y debiendo sancionar todas y penetrarlas de su divino aliento; sino que las varias parcialidades que se disputan la organización y gobierno del Estado, caben dentro de toda comunión religiosa, ninguna de las cuales, si es digna de su nombre, es llamada a ahondar las discordias de la Patria, más a hermanar voluntades y propósitos en la ley divina del bien y del amor, que aquí como en todas partes debe cumplirse, y cuya práctica en otras instituciones solo toca recomendar a la Religión desde la suya.

Cierto, es de deplorar el carácter decididamente político y el tono que la Iglesia romana, de siglos ha, viene imprimiendo en sus declaraciones y sus actos, merced a lo cual se ha abierto un abismo entre ella y la civilización moderna, que divide la conciencia de los pueblos católicos en impía lucha, a que debiera permanecer, no en verdad indiferente, mas sí de todo punto extraño el hombre religioso, sin manchar la pureza inmaculada de su fe al roce de pasiones egoístas, perversas y profanas. El espíritu verdaderamente piadoso deja libre al Estado para constituirse como reclaman los principios de justicia, conforme van gradualmente entendiéndose y practicándose por los pueblos, aspirando tan sólo en lo interior a que la virtud ética del derecho, el respeto a la Humanidad, el delicado arte de la vida histórica, el generoso amor al bien, el sentido, en fin, de las cosas divinas, penetre, ennoblezca y purifique la gobernación de los pueblos y su severa obediencia al exclusivo imperio de la ley. Y en lo exterior, bástale que el Estado consagre la libertad de su fin, que puede ya bastarse a sí mismo, sin otro apoyo para su institución social que el espontáneo de los fieles de cada comunión; habiendo llegado la conciencia religiosa en las sociedades cristianas a un grado de madurez que hace, no innecesaria, sino por demás perjudicial toda tutela política ejercida aparentemente en su pro, y con que tantas veces ha impedido y menguado su independencia y su dignidad, tendiendo a convertir el ministerio de la religión en órgano servil de miras reprobadas (instrumentum regni). La hora se aproxima en que las más íntimas y adultas instituciones humanas vivan libremente de su propia vida en la conciencia del individuo y de la sociedad, mediante las condiciones que el puro interés, por sus respectivos fines racionales, ofrezca. Consagremos todos esta hora, exigiendo sólo del Estado que ampare la inviolabilidad de la obra religiosa, como una de las mayores y la primera y más total, por decirlo así, de la vida.

iAh, qué misión tan noble la del clero católico de España, si en vez de sembrar, como la inmensa mayoría de sus representantes lo hacen, el odio contra el Estado, el odio contra la ciencia, el odio contra la industria, el odio contra la Historia, el odio, en suma, contra la Humanidad y la civilización y todos sus grandes intereses, confundiendo en un mismo anatema el vicio y la virtud, se aplicase, con su palabra y su ejemplo, a la austera predicación del deber y a la de la caridad y buenas obras! Si la voz de sus pastores no resonase con el nefando acento de la maldición y del encono, sino como un eco santo de los cielos, que consolase al triste, esforzase al débil, atajase al soberbio, sanase al enfermo de cuerpo y de espíritu, enfrenase la procacidad de las pasiones y despertase en los ánimos rencorosos, con el sentimiento de Dios, el respeto y amor entre los hombres.

El espíritu religioso declina visiblemente en la sociedad, más que en la Ciencia: el ateismo práctico es de día en día la ley más universal de conducta; terrible responsabilidad incumbe en esta crisis a los que, por intereses profanos, dejan apagar la divina luz, cuya custodia les era tan principalmente encomendada.

Para restaurar y mantener el espíritu religioso en las sociedades modernas, abriéndole más anchuroso camino, sirve poderosamente, en verdad, el libro a que preceden estas líneas, obra del ilustre Profesor de Bruselas, a quien tanto debe nuestra cultura nacional. Todos aquellos que, sea cualquiera su fe natural o positiva, sienten la necesidad de mantener, de avivar e ilustrar en su conciencia aquel espíritu, sin el cual la vida es un desierto, hallarán en sus páginas estímulo suficiente, que no les consentirá olvidar, en medio de las relaciones usuales y exteriores, la idea de Dios, punto místico de donde procede y adonde vuelve todo bien en el mundo.

Por esto aplaudo y me asocio sinceramente al pensamiento de su publicación en nuestra Patria.

 

Madrid, 1º de Abril de 1873.

D. Nicolás Salmerón Alonso


[1] Véase La Religión, por D. Tomás Tapia. Conferencia explicada en la asociación para la educación de la mujer.

[2] Sobre la Moral independiente, V. González Serrano, Los principios de la Moral con relación a la Doctrina positivista.

[3] Véase, sobre este punto, La Fe y la Ciencia, por Leonhardi. publicado en el Boletín-revista de la Universidad de Madrid, t. II.

MUJERES EN LA CIENCIA

Galileo, Newton, Einstein, Dirac, Bohr, Lavoisier, Darwin y un largo etcétera de nombres están presentes con letras de oro en cada una de las ramas del saber científico. Pero todos ellos tienen algo en común: son hombres. Del bello sexo no se cita nada, y lo poco que se cita se pierde en las notas a pie de página de los libros de texto y de los ensayos de divulgación.
Si bien es cierto el viejo adagio de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, no deja de ser verdad la posición secundaria de la mujer a lo largo de la historia, siendo numerosas veces discriminada y relegada a un segundo plano a pesar de que sus trabajos estaba a la misma altura, si no superior, a la de sus compañeros masculinos. Víctimas de su época, fueron ninguneadas o despreciadas sin motivo alguno.
Gracias a los avances sociales y a la ruptura de prejuicios, hoy en día la mujer colabora en el avance científico y tecnológico con las mismas oportunidades que el varón. Únicamente se toma en cuenta la valía científica de la obra, no prestando atención a quien la produjo. Pero como ello no siempre fue así, en las siguientes líneas rescataremos del olvido algunas de las historias de mujeres cuya contribución a la ciencia no puede despreciarse en absoluto.
 Emilie Du Chatelet y la energía cinética
Nuestra protagonista había nacido a comienzos del siglo XVIII en una rica familia francesa afincada en París. El destino de toda jovencita adinerada de la época era encontrar un buen marido, pero en palabras de su padre: “Mi hija mayor alardea de su inteligencia, con lo que espanta a sus pretendientes […] No sabemos qué hacer con ella”. Pasado el tiempo, su relación con el escritor y filósofo Voltaire sería el verdadero amor de su vida, por encima de los matrimonios de conveniencia y los ocasionales amantes que pudo tener. En un castillo de la familia del marido construyeron una biblioteca y un laboratorio de los más avanzados de su época, donde recibieron a lo más florido y granado de la ciencia del momento.
Gracias a sus investigaciones se pudo resolver la controversia entre Newton y Leibniz sobre la energía que poseen los cuerpos en movimiento, que hoy llamamos energía cinética. Para Newton, dicha energía era proporcional a la velocidad del objeto. Leibniz, por el contrario, pensaba que la energía era proporcional al cuadrado de la velocidad del objeto. Cada uno aportaba sus argumentos, teológicos en el caso de Newton, hombre muy piadoso que suponía la aportación continua de energía por parte de Dios, matemáticos en el caso de Leibniz, para el que la energía no se creaba ni desaparecía sino que era una constante aportada por Dios en el inicio del Universo. ¿Quién tenía razón?
Du Chatelet abordó el problema desde el punto de vista científico. Realizó una serie de experimentos para comprobar lo que sucedía cuando dos cuerpos chocaban entre sí o cuando un cuerpo en caída libre impactaba contra el suelo. Gracias a sus investigaciones se resolvió uno de los problemas de la física de la época. En su momento el hecho tuvo una gran publicidad y la habilidad de Du Chatelet, que era una gran escritora, junto con la divulgación aportada por Voltaire en sus obras, ayudó a consolidar una de las fórmulas que ningún físico pone en discusión: Ec=1/2 •mv2.
Se quedó embarazada de su amante a la longeva edad (para la época) de cuarenta años. Murió debido a las complicaciones del parto. Su última carta la dirigió al director de la Biblioteca Real, indicándole donde podría encontrar su último borrador de un comentario a las obras de Newton.
 Emmy Noether, la física y la simetría
 Nacida en 1882, en el seno de una familia judía acomodada (su padre era catedrático de matemáticas en la ciudad de Erlangen), asistió a la escuela durante los años 90 del siglo XIX. Su propósito inicial era convertirse en profesora, para lo cual estudió idiomas, matemáticas y piano. Sin embargo, decidió  cambiar de opinión y seguir la carrera de su padre. Para la época era algo inaudito, pues las mujeres tenían prohibido el acceso a la universidad. Tan sólo podían estudiar de manera extraoficial y con el permiso expreso de cada profesor para asistir a las clases. A pesar de tan grandes trabas, logró superar los exámenes oficiales en 1903, en lo que sería el equivalente a una licenciatura. Completó sus estudios de posgrado en la universidad de Gotinga, con los más grandes matemáticos de su época, David Hilbert, Felix Klein y Hermann Minkowski.
 En 1915, Hilbert y Klein pidieron a Emmy Noether que regresara a Gotinga para dar clases y continuar sus investigaciones. Volvió para ocupar un puesto subordinado, indefinido y mal pagado (recordemos que en la universidad de la época no se admitían mujeres). Mientras tanto, Hilbert mantenía largas discusiones con las autoridades universitarias para que permitieran a Noether formar parte del claustro de profesores. Sus palabras literales para rebatir los argumentos eran: Señores, no veo que el sexo del candidato sea un obstáculo para su admisión como Privatdozent. Al fin y al cabo, esto no es una casa de baños”.
 El primer trabajo de Emmy Noether en Gotinga fue la demostración del teorema que hoy lleva su nombre. En breves palabras, dice que por cada simetría de las leyes físicas aparece la correspondiente ley de conservación. Como ejemplo, la simetría de las leyes físicas a lo largo del tiempo conduce a la ley de conservación de la energía. Esto indica que la simetría es el principio subyacente fundamental de la naturaleza. Todas las leyes de conservación reflejan simetrías fundamentales de la naturaleza. Así, la ley de conservación de la cantidad de movimiento se deriva de la simetría del espacio (cualquier punto es equivalente a cualquier otro). Y la ley de conservación del momento angular se deriva de la simetría correspondiente a la rotación.
 El teorema de Noether es un bellísimo ejemplo de cómo se pueden conectar las leyes físicas y las matemáticas. Las leyes de la naturaleza ya no están “simplemente ahí”, sino que pueden justificarse mediante principios matemáticos. Es de los descubrimientos más importantes que jamás se han hecho en física teórica.
 Víctima de la persecución racial en la Alemania nazi, terminó sus días en los Estados Unidos de América, donde recibió el reconocimiento y la fama que jamás tuvo en su país. Murió en 1935, y en su última carta decía que el último año y medio había sido el más feliz de su vida.
 Cecilia Payne, El Sol como motor de hidrógeno
Cecilia Payne era una joven inglesa que trataba de estudiar Astronomía en el misógino ambiente de la universidad de Cambridge. Para completar su doctorado tuvo que trasladarse a Harvard, en los EE.UU. Gracias a su trabajo sobre las líneas espectroscopicas solares (las huellas que deja el Sol en la luz que emite) estableció el hecho experimental de que era el hidrógeno, y no el hierro como se creía entonces, el principal combustible de la energía solar. Era el hidrógeno el que mediante la ecuación E=mc2 se transformaba para emitir toda la energía solar que podemos medir.
Para no variar, esto contradecía todas las hipótesis ya establecidas sobre los espectros solares. A pesar de enfrentarse a toda la comunidad masculina de su tiempo, se mantuvo en las conclusiones de su trabajo. El hierro ya no pintaba nada, a pesar de lo que dijera el director de su tesis, que inicialmente dijo que los resultados estaban equivocados y que Payne había sacado conclusiones precipitadamente. Para que su trabajo fuera aceptado, tuvo que añadir esta línea humillante: la enorme abundancia (de hidrógeno) en el Sol es casi con seguridad incierta.
Sin embargo, con los resultados independientes de otros observatorios la tesis de Payne finalmente se impuso y sus profesores tuvieron que reconocer que se habían equivocado. Aunque jamás le pidieron perdon y obstaculizaron cuanto pudieron su carrera científica.
Los ejemplos femeninos podrían multiplicarse. Se quedan por comentar Marie Curie y su hija Irene Joliot-Curie, Lynn Margulis, Lise Meitner y un largo etcétera que sería tedioso mencionar. Sirvan estas breves líneas como homenaje a todas las mujeres que han sido discriminadas o que todavía lo son. Pues la belleza jamás ha estado reñida con la inteligencia y la intuición.
Autor: Javier Ruiz

Fuente: www.revistaesfinge.com

LA FILOSOFÍA NOVÍSIMA EN ALEMANIA

Indicaciones

Asunto de suyo arduo y difícil es juzgar un sistema filosófico, si ha de hacerse con todas las condiciones que la Ciencia exige. Pero esta dificultad, superable cuando se penetra en el espíritu que determina la obra filosófica, de tal modo, que pueda referirse á unidad el conjunto de verdades que encierra, y cuando se posee un criterio superior bajo del cual sea posible, como en recta sentencia, fallar con fundamento cierto sobre la verdad ó el error del sistema que se critique, conviértese en irracional propósito cuando aquel conocimiento y este juicio se aplican a diferentes y aun contrarios sistemas filosóficos, pretendiendo reducirlos a unidad por sola la relación del pueblo en que aparecen.

D. Nicolás Salmerón Alonso

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HACIA LA CREATIVIDAD

 “Todos tenemos talento, pero no todos somos capaces de reconocerlo y, aún menos, de explotarlo a tiempo para disfrutarlo y contribuir, con ello, al embellecimiento del mundo”
En determinadas ocasiones, el ser humano experimenta un estremecimiento interior que le hace sentirse único, distinto y capaz de emprender cualquier proyecto. Acaricia su talento y, entonces, se ve envuelto en una aureola de optimismo que le engrandece. No obstante, tras esa sacudida de complacencia, puede encontrarse con un problema: se detiene a pensar seriamente en el propósito de su vida, en el sueño que desea materializar, y se da cuenta de que, en realidad, no sabe cuál es. ¡No tiene ningún sueño! No sabe cómo ni en qué aplicar esa fuerza creativa que parece empujarle hacia la luz. Quizá piense que hay que elevarse al cielo para llevar a cabo hechos extraordinarios, dignos de mención y de aprobación general y, en tal caso, esta historia le viene grande. Así que, lo más probable es que deseche rápidamente este pensamiento porque “¿para qué me voy a complicar la vida? Si ya tengo, más o menos, lo que pretendía”. Y en ese “más o menos” se instala en un cómodo descontento.
Normalmente, cuando adoptamos esta actitud resignada de lo que nos acontece; cuando no actuamos, estamos tomando como referencia el mundo exterior. Damos prioridad a los valores y actos de otras personas, y nos sentimos pequeñas hormigas con un poder muy reducido. Claro que esto no nos resulta extraño. Estamos acostumbrados a ello. Desde nuestra más tierna infancia nos hemos habituado a reprimirnos, fundamentalmente para evitar el rechazo del entorno. Aprendemos que hay que controlar nuestras emociones, estrangular nuestra espontaneidad, con el fin de estar “integrados”, no diferenciarnos, para ser apreciados por los demás: “Que no vaya a decir de ti la vecina…”, “A ver si van a creer que te las das de listo”, y ya más avanzada nuestra vida: “Que no piense tu jefe que le vas a puentear”; “Es mejor no hacer ruido”; “Desde un segundo plano las cosas se ven mejor”; “En esta vida hay que ser humilde”, confundiendo claramente humildad con miedo, porque si resaltas demasiado pueden envidiarte, y si te envidian, te quedarás solo. No te querrán. Una vez más, la amenaza de perder la aprobación exterior baja nuestras alas. Y así, agazapados, vamos desperdiciando nuestros valores y habilidades, que, a fuerza de esconderlos, creemos no tener. Escondemos nuestro talento, revistiéndolo de la túnica de nuestros recelos y prejuicios.
Todos tenemos talento, pero no todos somos capaces de reconocerlo y, aún menos, de explotarlo a tiempo para disfrutarlo y contribuir, con ello, al embellecimiento del mundo. Unos poseen un talento innato, desbordado, que se presenta de una manera tan natural como la salida del sol; otros han de trabajárselo con más ahínco, por ser menos palpable, aunque no menos preciado. Puede darse el caso de que conozcamos certeramente cuál es nuestro don, pero experimentarlo nos produce cierto malestar (paradójicamente, nos incomoda), como consecuencia del poder de la resistencia al cambio, del vértigo al salto o de la aversión a lo no controlado. Retenemos nuestra magia y nuestros dones; nos los guardamos para una mejor ocasión, que, desde esa perspectiva, nunca llega. Pero estamos muy equivocados, porque cuando tenemos el valor de diferenciarnos abrimos las puertas del progreso.
Intuimos que hay algo ahí dentro, pero nos cuesta tomar la determinación de entrar y mirar. Para hacerlo, en unos casos puede ser necesario dar un completo giro a nuestra vida, romper ataduras, abrir nuevos caminos, quebrar el círculo de las costumbres. Ese cambio convulsivo puede ser el punto álgido de una crisis, de un “no poder más”, de sentirnos presos de nuestra propia piel, y quizá ese tope sea necesario para poder empezar de nuevo, aunque suponga un desarraigo de todo lo que hemos sido. Otros cambios, otros despertares, no son tan perturbadores, y uno permanece en su núcleo, en su mundo y, mediante un intenso proceso de introspección, aprende a divisarlo todo desde otra magnitud.
Antonio Blay, en su libro Energía personal, indica que la energía ha quedado retenida en nosotros, como consecuencia de las represiones; es decir, de la aniquilación de experiencias, muchas veces, por motivos que denominamos “externos”. Cuanta más energía retenida, más necesidad tenemos de su liberación; si, a lo largo de nuestra existencia, se produce un equilibrio entre lo reprimido y lo experimentado, la necesidad de cambio, de ruptura, de búsqueda de uno mismo y, como consecuencia, de sus habilidades y talentos, es menos intensa.
Lo cierto es que resulta menos probable dar el salto por convencimiento que por una sacudida vital. El empuje para cuestionarte el mundo, del que formas parte y que, en realidad, eres, suele ser un momento de alarma en el que lo que esperas de tu vida y aquello de lo que dispones no confluyen; surge, en tal caso, la necesidad de hacer algo por ti.
De cualquier modo, hemos de saber que nuestro conocimiento profundo abre la puerta de los anhelos o de aquello que aún ni siquiera hemos soñado, pero que surgirá de forma simultánea al encuentro contigo. Hay que atreverse a creer en uno mismo. Saber que el germen del talento está por brotar, y no concederle un valor extremo a ese principio de algo, porque entonces puede quedar nuevamente oculto. Sólo hay que atreverse, y digo atreverse, porque hay que ser valientes para ello. La libertad de vivir como se desea precisa la apertura mental, la consideración de la propia persona y la total responsabilidad sobre nuestra vida. Dicho así, parece fácil, pero a la mayoría de las personas les cuesta mucho ese acto de gallardía. Resulta más cómodo, aunque no más efectivo, vivir a costa de, por culpa de, en medio de, que en uno mismo. Siempre se puede echar mano de los hijos, que me quitan la vida, de los padres, que no me han sabido inculcar unos valores, de la pareja, que frena mi expansión, de los jefes, que no recompensan mi esfuerzo, de los vecinos, que me arrebatan la tranquilidad o de los gobiernos, que me suben los impuestos. Para indagar en nuestro entorno afilamos el ingenio sobremanera, y, sin embargo, nos “olvidamos” de buscar en la única fuente de satisfacción vital: nosotros mismos, porque, dada la conexión universal, lo que logramos de manera individual incide favorablemente en la totalidad.
Concha Barbero de Dompablo

Fuente: www.revistaesfinge.com

LA FILOSOFÍA DE LA VIDA

Discurso pronunciado en el Círculo literario de Almería en 26 de septiembre de 1902(Notas publicadas por “El Radical”, periódico de Almería 

SEÑORAS Y SEÑORES:

El honor que me ha dispensado el Círculo Literario me impone la obligación de venir a ofreceros lo que conservo de esto que, por ser mío, estimo el fruto más preciado de mi espíritu. Representa este Círculo en grado eminente la cultura ideal de Almería y quien habla de cultura, da desde luego por supuesto un amplio espíritu de tolerancia, que permite la convivencia de todas las ideas antepuestas que aparezcan en los principios que en el pensamiento se afirman o en la solución que de ellos se deriva para la práctica de la vida; y en esta convivencia, que afirma la comunión de las almas, bien puedo yo venir a poner por unos momentos en mis labios lo que he procurado elaborar durante una ya larga serie de años con un trabajo modesto pero perseverante, del cual no me han apartado ni las recias contrariedades, ni las más apremiantes necesidades de la vida, ni aún los seductores estímulos de la conveniencia. Que a todo ello he sobrepuesto una vocación que desde mozo tuve como religiosa, y aunque aparezca entre las gentes con tonos de impiedad, estimo que es profundamente religioso, el clamar por la comunión de las almas en el sentimiento de concordia y por eso os digo, que dadas las condiciones de nuestro temperamento meridional y lo que sobre ellas pone el afecto con que me honran mis paisanos, voy a hablar de aquello, que me atribuyen como constitutivo del carácter en mi profesión y de lo que pudiera ser considerado como la resultante de mi vida; pues que todas las demás cosas que en los accidentes de la vida política se me han podido ofrecer al paso, jamás las he considerado como serios motivos de seducción para mi espíritu; apenas si las he tenido más que como medio para demostrar cómo se debe vivir para mejor buscar la estimación propia. Os voy a hablar de Filosofía: eso es lo que profeso, eso es lo que yo puedo ofrecer como fruto más preciado, y eso es, en suma, aquello con lo cual, cuando me toque la hora de declinar mi cuerpo a la madre tierra, yo podré pedir a las gentes un recuerdo, si no eterno, porque no hay nada eterno en lo humano, al menos respetuoso.Voy a hablaros de mis propias ideas, de aquellas que en mi aversión a la palabra escrita canté siempre ante los hombres que quisieron oírme, y que no obstante lo efímero del medio empleado, van dando fruto en el vasto campo de la conciencia social, van lentamente corrigiendo los vicios tradicionales de nuestro pueblo, van reprimiendo las sectarias pasiones que entre nosotros se opusieron a la ley del progreso y van prestándonos condiciones de capacidad para comprender y amar el ideal moderno. Voy a hablaros, en suma, de lo que, pasando a los ojos de las gentes por cosa abstrusa y teórica, es eminentemente diáfana y práctica: de lo que la Filosofía puede y debe realizar en la vida humana

D. Nicolás Salmerón Alonso
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