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¿FILÓSOFOS O CIENTÍFICOS?

 

¿Es un científico el filósofo? En otras palabras: ¿es la filosofía una ciencia? Estas preguntas se las han hecho muchas personas que tratan de justificar un nexo entre científicos y filósofos. Es cierto que, según aseguran los entendidos, la filosofía es más un arte que una ciencia, porque trata de adentrarse en la verdad de la vida, en las pequeñas verdades, en su significado y en el provecho que de ellas, de la Historia, puede obtenerse para servir a la Humanidad. Artes son la pintura, la música y la literatura; ¿puede también ser un arte la búsqueda de las fuentes de la verdad? La ciencia estudia lo que son las cosas, el origen de las cosas y toda la enorme gama de problemas que representan, a la vez que trata de resolverlos y aplicarlos igualmente con los buenos propósitos de servir al mundo. El científico, por lo tanto, no parece tener relación con el filósofo, pero en cambio, sí podemos observar que ese afán de penetrar en los misterios de los hombres, en su sabiduría, en los enigmas que encierran los símbolos y monumentos, es verdaderamente una ciencia.

Tenemos un ejemplo de estas palabras de El discurso del método, de Descartes, que quiso llamarse en principio “Proyecto de una ciencia universal, por la cual pueda  elevarse nuestra naturaleza a su más alto nivel de perfección”. Y resulta que esa es, principalmente, la tarea del filósofo, que siéndolo y sintiéndolo con todas sus consecuencias, dedicación y esfuerzo, se califica indiscutiblemente como hombre de ciencia, pues junto a la filosofía profunda en lo espiritual, existe la filosofía práctica, afanada en conocer variados aspectos de la Naturaleza para dominarlos. En este aspecto, puede haber –y de hecho hay– coincidencias entre el científico y el filósofo. Claro que es de notar que muchos descubrimientos científicos, efectuados con buena fe para lograr ese más alto nivel de perfección, han desembocado en fantasmas terribles encargados de la destrucción; pero también hay que convenir en que ha habido y habrá filósofos que no van en busca de la Verdad sino de “su” verdad, y entre ellos, podríamos situar a los materialistas, que solo persiguen, sin lograrlo, un utópico “paraíso” para una Humanidad sin alma.

Para Unamuno, “la íntima biología de los filósofos ocupa un lugar secundario, pero es ella, sin embargo, esa íntima biografía, la que más cosas nos explica”.

Yo pienso que la filosofía está mucho más cerca de la poesía que de la ciencia, porque arrastra un anhelo integral del hombre como tal, cuya mejor y casi única arma es su dedicación al estudio del ayer, que sirve para desvelar muchos aspectos de la evolución del mundo, y con él de sus vivencias, de su “ser”, hasta llegar a comprender los tantos y tantos aspectos del hombre que configuran su verdadera esencia, así como el punto de partida y la meta a la que estamos destinados. Porque el ayer que se busca tiene que ser la base de la personalidad individual del presente, como la tradición es la base de la personalidad colectiva de un pueblo.
El ayer es el recuerdo, y el filósofo se basa en ese recuerdo para extraer su veta espiritual y convertir todo esfuerzo en esperanza, de forma que pueda encontrar en el fondo de nuestro pasado las luces del porvenir. La vida es una continuidad y forma un todo que no puede romperse, y todo intento de romper esa continuidad no es sino un intento de destruir al individuo y al pueblo. Quien así obra es que está empeñado en que “todo deje de ser”, sin admitir que toda la Humanidad es un Hombre y que el hombre posee un alma inmortal; lo demás es armadura física perecedera. “El que quiera salvar su vida, la perderá”, dice el Evangelio.

Todo filósofo podría hacer suyas estas palabras de Fichte: “Estoy llamado a dar testimonio de la verdad; mi vida y mis avatares nada cuentan para mí… Soy un sacerdote de la verdad; estoy a su servicio, y me he comprometido conmigo mismo a hacer cosas, osar y sufrir todo por ella. Si por su causa fuese perseguido y odiado, si por ella hubiese de morir, ¿qué tendría esto de singular?, ¿qué haría yo sino lo que en rigor debo hacer?”.

El quehacer del filósofo, ciertamente, encierra mucho de sacerdocio, y esta es una faceta que a muchos repele porque los consideran redentores. Creo sinceramente que el filósofo es un redentor y quienes combaten a estas personas que ejercen su filosofía por los senderos de la más objetiva verdad y rectitud se sitúan en las antípodas de toda obra positiva, aunque ellos quieran revestirla de humanismo, equivocando conceptos y cayendo en constantes contradicciones. La vida está llena de ellas, como el hombre mismo que encuentra contradicciones entre el corazón y la mente. Una cosa son los conocimientos y los afanes intelectuales y otra, las inclinaciones afectivas –de cualquier tipo–, y la solución difícil del problema radica en los intentos para conciliar ambos aspectos.

El hombre tiene que conquistar la plenitud del propio papel que le ha sido adjudicado en el teatro del mundo. Tiene una misión creadora y también reveladora.

No basta pensar sólo en el destino personal de uno mismo, sino que es preciso proyectarse a todos los demás y desentrañar todos los misterios, para aclarar el principio y el fin de nuestra misión, de la misión de la Humanidad, de su primer “porqué” y su último “para qué”. El hombre no es un medio para… sino un fin que busca la felicidad. Para ello hay que salvar “la memoria” y esa es la tarea “científica” de los filósofos. Habrá que llorar muchas veces porque en el camino aparecerán miserias y dolores, pero esa congoja llevará al consuelo primero, y a la dicha después. No hay que dar oídos a los “desestabilizadores” de la Humanidad, a esos “sabios” y a esos necios. “Si el sabio no aplaude, malo, si el necio aplaude, peor”.

Sigan los filósofos por su camino recto. Como dijera Platón: “Hermoso el riesgo”, hermoso eso de que no se nos muera el alma.

 

Ramiro García de Ledesma

LIMPIEZA ECOLOGICA EN PUNTA ENTINAS

Sin faltar a nuestra cita a las 9:30 allí estábamos, 25 valientes dispuestos a dejar este mundo un poco más limpio. Para ello nos desplazamos en coche hasta el Paraje Natural de Punta Entinas (municipio de Roquetas de Mar), un lugar de una enorme belleza en el encontramos detritus de toda condición: un cartucho de balas, calcetines, latas de cerveza que desde hace diez años no se fabrica, plásticos, hierros y demás “maravillas” del universo… Debido al vendaval  de levante que nos acompañaba, ¡era todo un reto atinar a meter la basura dentro de las bolsas! Pero, como es sabido, ante los obstáculos “la unión hace la fuerza”, y gracias al trabajo en equipo conseguimos recoger alrededor de cien bolsas de basura y dejar el paisaje de tres kilómetros de costa como siempre debía haber estado: LIMPIO Y BELLO, así que con una gran sonrisa por la satisfacción del deber cumplido nos marchamos para almorzar nuestros “bocatas” (de los de toda la vida, ya casi en extinción) y pasar un rato en buena compañía, ¿qué mejor broche de oro?. Debido a nuestro fantástico trabajo se nos ha pedido que hagamos una nueva limpieza para la que os esperamos a todos. ¡Lo volveremos a pasar en grande! y si es contigo aún mejor… Ya sabes, tienes una cita el domingo 11 de noviembre, a las 9:15 en

GEA limpieza ecológica

 

LA NUEVA CIENCIA


Desde hace unos años, ciertos autores nos hablan de una nueva visión que comienza a implantarse en la ciencia. Hay una cierta revolución de conceptos y frescura de ideas, que se imbrican, tal vez, en nuevas formas de ver la vida.
 En muchos de los postulados de esta nueva visión científica se observan coincidencias con las concepciones tradicionales.
 A pesar de ello, la ciencia no ha tenido una intención consciente de revisar las ideas científicas desarrolladas en la Antigüedad, puesto que siempre se parte de que las posturas de los antiguos no pueden aportarnos demasiadas soluciones.

La vida en el universo
 A modo de ejemplo podemos citar a científicos de vanguardia, como Joan Oró, el cual apunta, a raíz de descubrir moléculas orgánicas en lejanas nubes interestelares y galaxias, que en el universo podría desarrollarse la vida en otros lugares diferentes a la Tierra, siempre y cuando se den ciertas condiciones adecuadas.
 Habría que recordar que científicos como Giordano Bruno ya fueron llevados a la hoguera en el siglo XVI por mantener la idea de un universo vivo, junto con otras ideas aún más atrevidas y profundas. Para Bruno, el universo es la expresión de Dios, y ambos son una misma cosa. Todo el universo era en su concepción algo vivo, entendiéndolo como una reunión armónica del espíritu y la materia.
 Afirman los científicos actuales que los cometas portan componentes químicos que pueden dar lugar a la vida. Esta teoría de la Panspermia fue relanzada hace unas décadas por Fred Hoyle, pero se olvida que, ya en el siglo pasado, la afirmaba como cierta la abnegada H. P. Blavatsky, que compiló las enseñanzas tibetanas expresadas en el antiquísimo libro de Las Estancias de Dzyan.
 Según la concepción tibetana, el nacimiento de un sistema solar no está alejado de la forma en que se desarrolla un feto, con un plan genético previo. Los planetas surgirían, así, de la nebulosa previa con arreglo a ese plan, tal como surge un feto al alimentarse del líquido amniótico, sin ningún tipo de casualidad.
 Si la concepción expresada por los tibetanos fuera cierta, tal vez analizando al ser humano como un microcosmos comprenderíamos mejor el macrocosmos, y a partir de un átomo comprenderíamos las leyes que rigen un sistema solar.
 Frente a la concepción clásica, que considera que tras el universo hay una dirección, un pensamiento generador, está la concepción científica oficial, en que se piensa que nuestro sistema estelar surge de la reunión de unas partículas con otras, que en su eterna rotación se atraen gravitatoriamente y se agrupan hasta conformar planetas, y satélites con aquella materia no agrupada en el planeta. Pero esta concepción  carece de explicaciones para algunos hechos porque no queda bien analizado por qué unos planetas giran en sentido retrógrado, por qué los planetas tienen su eje tan variadamente inclinado…
 He aquí dos posturas francamente divergentes, la una propia de una concepción del cosmos idealista –que no equivale a teórica– y la otra materialista.
 Se ha descubierto recientemente el “posicionamiento biológico de una célula”, por el cual dicha célula está informada de su exacta posición con respecto a las demás, para así dar lugar a un órgano, tejido o miembro, lo cual le permite “tomar  conciencia” de su labor en conjunto. No debería extrañarnos, por tanto, que un sistema estelar sepa dónde se encuentra y el papel que juega, reconociendo su posición con respecto a las demás estructuras próximas.
 Ante semejante armonía estelar, nos hacemos infinidad de preguntas con nuestra torpe herramienta mental: ¿qué es el universo?, ¿está estático?, ¿se mueve hacia algún lugar?, ¿está sometido al tiempo?...
 Los avances experimentados tras el paso de verdaderos genios, como Einstein, Heisemberg, Openheimer, S. Hawkins, etc., han aportado una concepción de nuestro universo algo más profunda, menos esquemática.
 En esta década se descubrió que las más diminutas partículas que lo componen, los quarks, son las que dan lugar a los aromas, los colores, y por tanto, aun siendo materiales, se hallan ya en un elevado grado de sutilidad. Hemos descubierto que los límites galácticos son para nosotros difícilmente superables. También hemos comprobado que los límites de lo infinitamente pequeño se nos escapan, y cuanto más queremos medirlo, nosotros mismos alteramos su propia estructura.
 La vida parece una bella ficción, una ilusión captada por los sentidos con aspecto de realidad. Tal vez el hombre se halle suspendido entre unos límites sensatamente impuestos por la Naturaleza en que está confinado. La nueva ciencia nos ha desvelado algunas de las ilusiones de la Naturaleza en estas últimas décadas, y con sus concepciones atrevidas está haciendo tambalear nuestras viejas certezas. Se provocan posturas cada vez más contrastadas, y diferencias entre una visión estrictamente mecanicista y una visión más renovadora y profunda.

Hipótesis Gaia
 Así, esta nueva visión científica nos ha traído las teorías de Lovelock sobre la hipótesis Gaia, que considera a la Tierra como un ser vivo, capaz de generar mecanismos ante ciertas agresiones, y de arrogarse cierta capacidad de actuar conscientemente ante las agresiones del hombre, ciertos enfriamientos (glaciaciones) o accesos de fiebre (erupciones magnéticas), que a la luz de una nueva interpretación podrían cobrar un sentido. Las culturas clásicas han concebido el mundo como un ser vivo, y han considerado no solo una dimensión física en la Tierra, sino cuatro, llamadas tierra, agua, aire y fuego, semejantes a nuestro mundo físico, energético, emocional y mental.

El origen del hombre
 También en este último siglo se nos ha repetido incansablemente que el hombre y el mono provenían de un primate que les era común y, aunque no está demostrado, se ha repetido como una realidad. Hay científicos que han hecho tambalear los cimientos de estas afirmaciones, ya que tras el estudio minucioso de las cadenas de aminoácidos del hombre y de los primates han llegado a concluir la imposibilidad de que procedamos de ellos, sino más bien que ellos puedan ser una derivación del hombre. Baste también pensar que las transformaciones necesarias para el pretendido paso de los primates al hombre precisan cambios óseos, de constitución, etc., que por tanto requieren miles de mutaciones genéticas que sean al mismo tiempo convergentes; es decir, precisan de millones de años, e incluso más años que los que le suponemos al planeta terrestre. Pero, además de que toda mutación suele ser letal, la probabilidad de que dichas mutaciones se den juntas y se complementen es realmente improbable, y ni siquiera el azar, con sus juegos caprichosos, se atrevería a proponerla. En este sentido, los textos clásicos de las civilizaciones antiguas afirmaban también que los primates y los monos proceden, como derivación o rama colateral, del hombre, y nunca en el sentido inverso.
 Puesto que nada tenemos aún por cierto dejemos simplemente pasar el tiempo hasta que nos entregue la verdad. En la actualidad se comienza a entender que ser científico consiste en rechazar las posiciones preestablecidas, aunque cientos de enciclopedias nos muestren como algo ya demostrado las sucesivas figuras de primates y hombrecitos multicolores que van variando sus rasgos ancestrales.
 La ciencia actual ha de replantearse un real sentido de búsqueda, un coherente camino ético, y no ha de eludir ciertos planteamientos filosóficos. La Ciencia que soñamos, con mayúsculas, no debe anotarse a caballo vencedor, ni debe ir vendiendo sus habilidades a quien mejor las pague, sino interiorizarse, humanizarse.
 Como dice una vieja máxima de Rabelais: “La ciencia sin conciencia es la ruina del alma”. Por eso, pensamos que la ciencia tendrá que buscar una profundidad humanista de la que ha carecido, poniéndose profundamente al servicio del hombre, con convicción y humildad, despojándose de vanaglorias, de posiciones esquemáticas y prejuicios, para hallar su horizonte luminoso, con verdadera renovación y con la visión integral del hombre del Renacimiento.


Ramón Sanchis
Cuadernos de Cultura, n.º 261

UNA REFLEXIÓN SOBRE EL LIBRO: ¿COMO HABLA DIOS?

La evidencia científica de la fe

Portada libro

Hace unos días cayó en mis manos un libro en cuya portada resaltaba en letras grandes este título tan atractivo ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la Fe. Su autor es Fancis S. Collins, que recordaremos es el director del Instituto Nacional para la investigación del genoma humano en EEUU (NIH), además de ser Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica 2001.
Este gran científico, y sobre todo este gran ser humano, hacía suyas inquietudes que me han acompañado a lo largo de mi vida y que sólo después de tiempo y gracias a la filosofía, he podido resolver; él lo hace a través de la investigación y de la profunda reflexión.
Los dos hemos llegado al mismo lado del camino y por eso voy a exponer algunas conclusiones fundamentales que él hace en este libro y que yo hago mías.
En estos tiempos modernos muchas personas consideran que una concepción científica del mundo excluye cualquier vestigio de concepción espiritual del mismo. Sin embargo, y a pesar de esta impresión, la mayoría de las personas profesamos alguna forma de creencia y esto no impide que conduzcamos coches, utilicemos ordenadores o móviles o acudamos al médico si nos sentimos mal; dando por sentado que se puede confiar en la ciencia que subyace en todo lo que hacemos a lo largo del día.

Francis S Collins


En muchas ocasiones, al igual que Collins, yo también me he preguntado por qué un científico riguroso no puede creer a la vez en un Dios trascendente; ¿es que la concepción científica del mundo tiene que excluir una concepción espiritual de ese mismo mundo?, ¿por qué ha de verse la vida sólo desde una perspectiva?
En esta era moderna de cosmología, evolución y genoma humano ¿por qué no podemos encontrar la posibilidad de armonizar la visión científica y la visión espiritual del mundo?
No existe ningún conflicto entre ser un científico riguroso y a la vez tener una visión trascendente de la vida.
El dominio de la ciencia es explorar la naturaleza y el dominio de lo que llamamos dios es el mundo espiritual; dominio que no se puede explorar con las herramientas y el lenguaje de la ciencia, sino con el lenguaje del corazón, la mente y el alma; y es la mente la que debe encontrar el modo de abrazar ambas parcelas de la realidad.
La ciencia es el modo de entender el mundo natural, pero no tiene la capacidad de responder preguntas tales como ¿por qué existe el universo?, ¿cuál es el sentido de la vida? o ¿qué sucede después de la muerte?

Uno de los anhelos más arraigados en todo ser humano es buscar respuestas a preguntas profundas, es buscar la Verdad, aunque a veces esta búsqueda quede sepultada bajo los mil y un detalles de la vida cotidiana.
En el fondo cada uno de nosotros tiene una concepción de la vida más o menos consciente, que nos ayuda a encontrarle sentido a ese mundo que nos rodea y esta concepción nos permite vivir según unos determinados principios que serán determinantes para nuestras decisiones de futuro.

El deseo del autor es que este libro sea una oportunidad para la autorreflexión y este artículo pretende ser el puente que te lleve a su lectura para despertar el deseo de mirar más a fondo en el propio corazón.

Mª Dolores Gómez

 

¿POR QUÉ MENTIMOS?

Sin tener que recurrir a definiciones precisas, sabemos sin duda alguna lo que son las mentiras. Todos las hemos usado y las hemos padecido. Nos gustaría erradicarlas y, sin embargo, terminamos por aceptarlas como un mal necesario e imbatible.
 ¿Por qué? ¿Por qué mentimos a pesar nuestro? ¿Por qué aguantamos que nos mientan?

Diferentes formas de mentira
No pretendemos agotar los variadísimos matices que puede asumir la mentira; solo apuntar algunos de sus aspectos más corrientes.
 El silencio, el callar cuando debemos decir algo importante y verdadero, es una forma de mentir. Es abstención de la verdad.
 El disimulo lleva a actuar como si uno no supiese nada de nada o acabara de enterarse de algo que conocía sobradamente. Es evasión de la verdad.
 La mentira puede asumir el tan mentado aspecto de la “mentira piadosa”, o bien presentarse como auténtica mentira, aquella que tergiversa, falsea y transforma la verdad según los intereses y necesidades. Dejando de lado la piedad, que fuerza a moderar o alterar un poco la verdad, la que nos preocupa es la mentira pura, la más habitual en la convivencia diaria.

Diferentes formas de lenguaje
 Por muchos idiomas que un ser humano haya aprendido a usar, hay otros lenguajes que muestran facetas más íntimas de su personalidad; son lenguajes más ricos y significativos de lo que parece. El hombre se acopla a las características de los diversos reinos de la vida.
 De las piedras hemos copiado el estatismo, aquello de que no se nos mueva ni un músculo, al menos en el rostro. Equivale a la antes citada mentira del silencio.
 De las plantas hemos aprendido a movernos como las ramas, a impulsos de los vientos de las opiniones y en tan diversas direcciones que alguna de ellas no debe de ser acertada, porque no podemos asumirlas todas a un tiempo.
 De los animales tenemos el  lenguaje de los gestos, esos tan espontáneos que no dan oportunidad al engaño. Así, aunque las palabras digan una cosa, los movimientos del cuerpo, por imperceptibles que sean, dicen otra.
 El lenguaje propio de los hombres es rico, variadísimo… en mentiras y subterfugios. La ley de moda es aprender a decir la mayor cantidad posible de palabras sin decir nada, o diciendo lo contrario de lo que se quiere decir.
 No queremos afirmar con esto que la mentira sea el lenguaje propio del hombre, pero sí que todos los hombres saben jugar con el lenguaje adaptándolo a lo que les conviene decir, cosa que no pueden hacer las piedras, las plantas ni los animales. Lástima que esa plasticidad no se ponga al servicio de la inteligencia en lugar del de la astucia.

¿Por qué las mentiras?
En general, encontraremos un factor psicológico común a todos los casos, con los matices de rigor: es el miedo. Esa es la verdadera enfermedad, y las mentiras son sus síntomas o sus efectos declarados.
 Veamos el caso del que guarda prudente silencio. Lo suyo es miedo a arriesgarse. Intervenir y expresar su auténtica forma de pensar es comprometerse ante sí  y ante los demás, y eso requiere mucho valor.
 El que cambia de opiniones según sople el viento de las aceptaciones de moda, demuestra un miedo pavoroso a perder el aprecio de los de su entorno.
 El que disimula lo que siente y lo que piensa tiene miedo a mostrarse tal cual es, bien sea porque teme conocerse o porque no quiere que los demás le vean desnudo por dentro, lo que equivale a decir saberle indefenso.
 El lema es sencillo: si todos mentimos en las mismas cosas, esa mentira deja de serlo para convertirse en realidad.
 La mentira es una forma de falsedad que intenta ver las cosas de otra manera de como son en beneficio propio.
 ¿Hay maldad en esas mentiras? ¿Solamente miedo? ¿No habrá también un considerable menosprecio hacia el entendimiento y la inteligencia de los demás, de quienes presuntamente no tienen por qué advertir el engaño?

Efectos de la mentira
 Señalábamos el miedo como su principal factor desencadenante, al que pueden agregarse el egoísmo, la cobardía, la falta de seguridad en sí mismo, la fantasía descontrolada que no diferencia lo verdadero de lo falso, y aun la misma maldad, el deseo de dañar.
 Si tales son las  causas, los efectos no son menos terribles y peligrosos: es falsa, pródiga en resquemores y resentimientos, en heridas que inferimos sin freno, pero que no perdonamos viniendo de los otros. Nadie cree en nadie, y en cierta forma, cada cual desconfía un poco de sí mismo también.
 Se pierden horas incalculables en conversaciones donde se habla de lo que no es, y ese tiempo no se puede recuperar…
 Hay una falta de fe generalizada que va desde la amistad a la política, desde la ciencia a la religión. Si yo miento, ¿por qué creer que los demás dicen la verdad? ¿A quién creer sin retaceos? ¿De qué me quieren convencer? De aquí surge una ley que tampoco es verdadera: nadie dice la verdad, todo es mentira…
 La vida se vuelve más artificial y las relaciones humanas son ineficaces por estar asentadas en bases falsas e inestables. Para sobrevivir hay que aprender un nuevo idioma: qué me quieren decir cuando me dicen lo que dicen…

Algunas soluciones
 Lo fundamental es superar el miedo, pero no se le puede eliminar de buenas a primeras. Hay que sustituirlo paulatinamente por otras emociones superiores y de mayor calidad.
 Empecemos por la cortesía, en el sentido más sano del concepto: un respeto generoso por los demás y por uno mismo. La cortesía es, ante todo, comprensión y servicio, entrega sincera y elegancia de alma.
 Sigamos por el “conócete a ti mismo”. Decían los antiguos que ese era el primer  paso para conocer a los dioses y al universo, lo que implicaba conocer también a todos los seres humanos. Si los conocemos y nos conocemos de verdad, ¿vale la pena mentir?
 Algo más para continuar: controlar la fantasía degenerativa y ver la realidad con los ojos limpios.
 Y, por último, valor, mucho valor, olvidada virtud que no les falta a las piedras, a las plantas ni a los animales, pero que se esfuma en los hombres a medida que las presiones artificiales de la sociedad le vuelven temeroso y embustero.

 

DELIA STEINBERG GUZMÁN
Revista Esfinge n.º 4 / julio-agosto 2000

LLENAR LA VIDA

 

Nos preguntamos… ¿Qué es la vida? ¿Qué es vivir para un filósofo?

El especial modo de existencia que aqueja al ser humano en los últimos siglos hace que se olviden ciertos valores sencillos, pero importantes, mientras ese lugar es ocupado por elementos carentes de sentido. Por eso resulta tan difícil definir lo que es la vida.
Desde luego, es mucho más que disponer de un cuerpo e intentar satisfacerlo en todos sus caprichos, dominándolo en verdad poco y mal, y viniendo a ser su esclavo la mayoría de las veces.
Tampoco es lograr un lugar destacado en la sociedad, porque el prestigio y las alabanzas son sombras ilusorias que otorgan hombres sumidos, asimismo, en la ilusión; lo que hoy existe, mañana desaparece sin razón aparente; los que hoy ensalzan una actitud, mañana la deploran con la misma pasión…
No puede ser la vida una suma de poder o de riquezas, pues sucede con ellos lo que con los elogios y los vituperios: se alternan como en un juego de luces en el que es casi imposible reconocer algo verdadero y estable.
Otro tanto  podemos decir de quien cifra sus esperanzas en los afectos humanos, sobre todo si no sabe mantenerlos y enriquecerlos con el tiempo. Formar una familia, perpetuar un nombre o una tradición, todo es valioso, pero… ¿llena por completo la vida? ¿No surge de tanto en tanto un anhelo profundo y escondido que pide “algo más” para que todas esas otras cosas adquieran un nuevo significado, esta vez más válido y justificado?
Hay quienes se encierran en sus estudios buscando allí el sentido de la existencia; saber es una forma como otras de destacar… Hay quienes, por el contrario, no encuentran suficientes medios para llenar las largas horas de hastío y buscan distracciones que son escapatorias; todo es poco para evitar el vacío del yo interior que permanece mudo ante nosotros mismos.
Para un filósofo, vivir ha de ser mucho más que todo lo expuesto hasta ahora. Vivir es una escuela, la más completa y difícil de todas. Cuerpo, sentimientos y pensamientos son las herramientas que nos ayudan a superar las pruebas en este trance tan especial de aprendizaje. El tiempo es el gran maestro, y el Yo interior es el discípulo que recoge las experiencias a todo lo largo de la existencia.
Desde este punto de vista, las circunstancias externas tienen un valor relativo, el valor necesario para proporcionarnos situaciones apropiadas para nuestro desenvolvimiento, pero no son esenciales, ni definitivas, ni hacen al Hombre. Más aún, cuando las circunstancias se aceptan de esta manera, dejan de convertirse en obsesiones y pueden ser manejadas y modificadas con mucha mayor pericia. Sólo entonces el hombre comienza a convertirse en dueño de su propio destino.
Vivir es un acto de responsabilidad, ante uno mismo y ante los demás. Un filósofo no puede vivir de cualquier manera; sus actos han de tener un sentido y una lógica  que puedan trascender la simple supervivencia física. En la Escuela de la Vida todo tiene un porqué  y, por consiguiente, un cómo y un para qué.
Vivir es un acto de generosidad para con uno mismo y para con los demás. Se trata de ayudarse aprendiendo y de compartir cada logro, cada aprendizaje, de hacer valer la existencia como una entrega constante hacia el mundo en el que nos hallamos, y fundamentalmente hacia la Humanidad de la cual formamos parte.
Vivir es… estar vivo. No es un secreto, no es un juego de palabras. Es sentirse parte del universo vital, de sus energías, aprovecharlas y vibrar con ellas. Así puede el filósofo hacer de la vida un acto eterno hacia una meta de perfección, que es también eternidad.

Delia Steinberg

El héroe cotidiano

NUESTRAS ACCIONES

Uno de los mayores errores de los hombres: saben cómo se hacen las cosas, pero llegado el momento las realizan como si no lo supieran… El problema no está en saber más, sino en vivir lo que se sabe.
Jorge Ángel Livraga

No actuaré:¡las circunstancias no son favorables!

 Esto se traduce más o menos como: cuando todo esté bien, cuando cada cosa esté en su sitio (o el que yo considero que es su sitio), cuando todos los astros estén en conjunciones favorables, cuando el clima sea propicio, cuando se resuelvan algunos problemas que tengo pendientes, cuando se terminen las obras de mi casa, cuando cambie de trabajo, cuando acabe mis estudios…, entonces podré actuar sin riesgos.

 No hace falta decir que ese cúmulo de circunstancias jamás se dará tal y como lo deseamos. O lo que deseamos es tan imposible que lo planteamos así precisamente para huir de la acción.

 Cada acción tiene su momento y su lugar, y aunque va unida a otras muchas circunstancias, goza de cierta independencia. Si así no fuera, jamás haríamos nada.

 Tal vez dando independencia a las acciones que debemos realizar, llegaremos a resolver cientos de circunstancias exteriores adversas.

acciones

Si actúo, ¿qué van a pensar los demás?

 Esto se traduce más o menos como: ¿qué dirá la gente?, ¿qué pensará de mí?, ¿no perderé el afecto y el respeto de la gente?, ¿sabrán entender, valorar, justificar lo que voy a hacer? Y así otros muchos argumentos que expresan el miedo que tenemos a no contar con la aprobación o el amor de la gente, de la que nos toca más cerca y de la que tiene algo que ver con nosotros, aunque sea de lejos.
 
 Por duro que resulte aceptarlo, la gente que nos quiere de verdad tratará de comprendernos hagamos lo que hagamos y, sobre todo, si hacemos aquello que consideramos justo y necesario. Y la gente que no nos quiere  seguirá sin querernos hagamos lo que hagamos. No por satisfacer a unos y a otros conseguiremos despertar un cariño; el que da su afecto a quien le concede sus gustos  nos quitará ese afecto al menor cambio de humor o de actitud por nuestra parte.

 Sin dañar a las personas de manera fría y cruel, todos tenemos nuestros propios deberes que cumplir. Si cumplimos con aquello que necesitamos y vemos como indispensable para nuestro crecimiento, no haremos más daño a los demás que reduciéndonos a la inercia y a la apatía. Además, las otras personas también tienen sus acciones que realizar, y vernos a nosotros decididos y claros en nuestros objetivos podrá ayudarles mucho más que vernos sumidos en la incertidumbre.
 ¿Nos  piden los demás permiso para actuar? ¿Cuántos de los que nos rodean, o de los que viven en nuestras calles y ciudades, cuentan con nuestra aprobación previa para dirigir sus vidas? ¿Y por qué nosotros estipulamos esas condiciones falsas acerca de la aprobación de los demás?

 No proponemos un libre egoísmo, según el cual cada cual hace lo que quiere. Sólo defendemos la natural libertad de acción que tiene cada ser humano, sin herir a otros, pero sin herirse tampoco a sí mismo.

El miedo al fracaso

 El miedo al fracaso imposibilita la acción para alcanzar el éxito. Antes de empezar a hacer nada, la mente y las emociones nos plantean la terrible posibilidad del fracaso, y antes de asumir ese riesgo se elige otro riesgo mayor, que es el de fracasar de todas maneras, porque el que nada hace, nada consigue.

 Sólo quedará el amargo sabor del miedo al fracaso, antes de haber probado nada, o tras un primer intento fallido.

 La acción aleja el fracaso.

¿Decidirán las circunstancias por nosotros?

 Si bien son muchos los que odian tener que decidirse entre una y otra cosa, la vida entera  es una constante elección, y si no sabemos asumir esta responsabilidad de manera personal y consciente, la vida se encargará de elegir por nosotros, llevándonos de un lado a otro, haciendo que sean los sucesivos golpes de dolor los que despierten nuestra voluntad de decidir sobre lo que verdaderamente nos conviene.


De la inercia a la estabilidad: actuar con conciencia
 
 Aparentemente, la inercia y la estabilidad son similares. La gran diferencia se encuentra en el grado de conciencia que distingue a una de otra. Para permanecer inertes no hace falta conciencia; para conquistar la estabilidad hay que haber pasado por todos los grados del movimiento, superándolos y sintetizándolos en ese equilibrio dinámico que encierra un corazón activo, consciente.

 El desarrollo de la conciencia en cuanto a vivencias concretas y experiencias válidas claramente asumidas es la acción que nos corresponde realizar si aspiramos al conocimiento. Tenemos que ir desde los estados iniciales de quietud inconsciente hasta la vibración permanente del ser que todo lo abarca desde el centro de su propia esfera. La acción así concebida es una llamada a la evolución.

 No es el conocimiento el que nos transforma, sino la acción que podamos derivar de lo que sabemos. Tampoco son los sentimientos los que nos modifican, sino la expresión adecuada que hagamos de ellos. Ni tampoco es la energía acumulada la que nos enriquece, sino la que ponemos en marcha. No son las manos quietas las que cambian el rumbo de la Historia, las que detienen el dolor o traen el bienestar; sólo las manos en acción pueden lograr ese milagro.

El trabajo aumenta nuestras aptitudes

 La vida es una corriente que fluye, que está en movimiento. Así nos corresponde fluir, movernos, actuar, trabajar…

 La acción es una enorme fuente de energía por la que llegamos a gozar de la vida, más que a sufrirla. Esa energía nos hace creativos, nos ayuda a resolver las más difíciles situaciones, nos permite ver las cosas por adelantado sin necesidad de ser “adivinos”. Y es que la acción tiene en sí la magia del movimiento. El que trabaja, desarrolla y acrecienta sus aptitudes; es el trabajo el que nos ayuda a descubrir vocaciones ocultas y a obtener realizaciones insospechadas. Fortalece nuestra voluntad y nuestra inteligencia; nos enseña a amar.

La acción como liberación

 En lugar de buscar la liberación a través de la acción, se busca liberarse de la acción, y como ello es posible, la acción se convierte en un sacrificio en el mal sentido de la palabra. Al contrario, si hacemos de nuestro trabajo un “sacro-oficio”, es decir, un quehacer sagrado, una ofrenda constante a Dios y a nuestra propia condición humana, el trabajo es entonces un principio de liberación.

 El mejor trabajo es el que no aprovecha la energía y el esfuerzo de los demás, sino que pone en juego la propia energía y el propio esfuerzo. Así, la acción se convierte en servicio y el que trabaja, en filósofo.

El anhelo de bienestar

 Vivimos en un mundo en el que el bienestar se ha convertido en el primer artículo de consumo. Al menos es lo que sucede en los países llamados desarrollados… No es extraño que para muchos esa búsqueda se convierta en el motivo de su existencia.

 Sin embargo, la vida cotidiana y real nos muestra un panorama bien diferente. Buscar el bienestar es una carrera sin fin.

 El que busque –apasionadamente, desesperadamente– un bienestar que esté fuera de uno mismo, entrará en un laberinto de difícil salida, tanto, que puede pasarse toda su existencia surcando vías erróneas que conduzcan a otras más equivocadas todavía. El que se halla en esta situación siempre vivirá dependiendo de las personas y las circunstancias: será tan feliz como se lo permitan las personas con las que convive y tendrá tantas o tan pocas satisfacciones como lo dicten las circunstancias.

 La base do todo bienestar parte del alma, la que, citando al profesor Jorge Á. Livraga, “no desea bienestar porque es naturalmente bienaventurada”. Hay que buscar en el alma la medida de nuestro bienestar, porque el alma, en buen estado, es la fuente de todo bienestar.

La inactividad no existe

 Es imposible permanecer inactivos, si bien en algunos momentos nos puede parecer que nada se mueve en nosotros. Las leyes de la Naturaleza nos obligan a una constante actividad, sea en el plano mental, psicológico, físico o todos en conjunto. Pero el hecho de que todos los aspectos de la personalidad estén en acción continua no significa que se trate de una acción correcta.

 Hay acciones mecánicas, habituales, que nada agregan a nuestro discernimiento ni a nuestra evolución. Son simples movimientos, los inevitables movimientos de un mundo en el que todo vibra, en el que todo está en acción.

PONGAME UN POCO DE FILOSOFIA

filosofia

No podríamos decir que nuestro tiempo es el peor de todos, pero tampoco el mejor; es sencillamente nuestro tiempo, el que nos ha tocado vivir. Tiene cosas buenas y cosas malas, como todos. Lo curioso es que donde está lo positivo, aparece su sombra como elemento negativo.
 Las comunicaciones han progresado en una medida extraordinaria; es posible hablar con cualquier persona de cualquier parte del mundo en cualquier momento y a precios, a veces, irrisorios. Pero, por otro lado, la comunicación con el que tenemos al lado se bloquea hasta extremos increíbles, de modo que nuestra soledad crece de día en día y nuestro aislamiento se enquista en nuestra forma de ser.
 En lo social existe una libertad desconocida hasta el presente; se puede opinar de todo y de todos, nos podemos vestir casi como queramos… y, en teoría, vivir del modo que nos guste. Pero, la verdad es que existe una presión mediática solapada de lo que es correcto y lo que no, de la cual es difícil librarse. Sí, parece mentira, pero lo que está “bien visto” y lo que está “mal visto” por nuestro entorno pesa más de lo que creemos y condiciona muchos actos que son libres en teoría.
 Nos hemos librado de presiones y dogmatismos religiosos, porque el gran impacto que hace años tenían en nuestra sociedad ha desaparecido para la mayoría de la gente; en cambio, nos hallamos un poco perdidos en ese mundo interno de la trascendencia y la vida interior. Sí, Dios se ha retirado de nuestra vida, junto con sus sacerdotes y mandamientos, pero nos cabe una pregunta:¿qué lo ha sustituido? ¿No será otra forma de “dios”, sacerdotes y mandamientos?; y si es así…¿quiénes son?
 Podríamos seguir analizando los rasgos de nuestro tiempo, y probablemente en todos encontraríamos luces y sombras. Para esto necesitamos un poco de filosofía, para ver con objetividad y poder tomar nuestra determinación vital con la mayor libertad posible. Porque filosofía no es solo darle vueltas a la cabeza para terminar mareado y/o asqueado o autoalucinado de la vida. Todo lo contrario; es encontrar respuestas que nos sean útiles a nosotros y, seguramente, útiles para los que nos rodean.
 Adoptamos la filosofía como la más natural actitud del hombre frente a la vida y a sí mismo; hay un filósofo que duerme en el interior de cada hombre y que puede despertar; no tiene prejuicios, es naturalmente libre y, seguramente, sería el mejor consejero para enfocar nuestra vida con un poco más de felicidad y autenticidad.
 
 
 

 

SOBRE COMO SUPERAR LOS PROBLEMAS

 
Ninguna persona, hombre o mujer, conoce su fuerza moral antes de haberla ensayado; son miles los que el mundo considera muy dignos y respetables porque jamás fueron sometidos a prueba."         Helena P. Blavatsky

 

¡Yo puedo! ¡Yo puedo!

 Los problemas no están para aplastarnos, sino para poner a prueba nuestra capacidad de superación. Y si no ensayamos continuamente las formas de salir adelante, aun en las peores circunstancias, el miedo cada vez será mayor y la desconfianza en uno mismo crecerá proporcionalmente.

 Todo problema tiene solución y hay que encontrarla. Lo que no se puede pretender es una solución perfecta ni definitiva. Lo perfecto y lo definitivo no son plantas de este mundo. Hay soluciones más o menos buenas que sirven para poder continuar con la marcha; más adelante podrán mejorarse o podrán variarse en la medida en que aparezcan nuevos problemas, cosa inevitable en la escuela de la vida.

 Pero hay que probar, hay que usar las propias fuerzas, hay que atreverse a empezar y no echarse atrás ante los fracasos. Como todo lo que implica aprendizaje, hacen falta ensayos, errores y correcciones. ¡Pero cuánto más tranquilizador es sentir que podemos, que esos pequeños poderes que dormían en el interior empiezan a manifestarse! ¡Yo puedo, yo puedo!, es algo que debemos repetirnos continuamente para dar salida a las naturales potencias humanas.

El arte de hacer preguntas y el arte de escuchar las respuestas

 Es bueno preguntar, pero no es bueno hacerlo exageradamente hasta el punto de depender por completo de las indicaciones externas que recibimos. Hay que saber hacerse preguntas y buscar primero una o varias respuestas por uno mismo; si ninguna es conveniente, entonces hay que recurrir a quien nos puede ayudar.

 El camino del verdadero conocimiento no se edifica sobre preguntas y respuestas que se alternan en un juego dialéctico y sin resultados. El conocimiento es tranquilo, pausado, para dar lugar a la reflexión y a la asimilación interior: una pregunta es una puerta abierta y una respuesta es un nuevo personaje que entra a formar parte de nuestra vida. Hay que dar lugar a la respuesta, al personaje que nos trae un aporte digno de tomarse en cuenta. problemas

¿Ensayamos?

 Nadie sabe hacer las cosas bien desde el primer instante. Todos, hasta los más grandes sabios y Maestros, han necesitado su periodo de práctica y aprendizaje. Todos han probado – y nosotros también debemos probar – cómo se aplican los conocimientos, cometiendo los errores propios del que ensaya. Y avanzando también, poco a poco, como todo el que ensaya a conciencia. No es cuestión de repetir acciones de manera automática, o forzar situaciones formales; es hacer lo que nos hemos propuesto, viéndonos a nosotros mismos desde afuera, para observarnos y comprobar si nos equivocamos o si, a pesar de equivocaciones, vamos mejorando paulatinamente.

 ¡Pero cuidado! A pesar de que a veces creemos haber mejorado – y ciertamente lo hemos hecho – eso no quita que podamos volver atrás, a los mismos errores que creíamos superados. No hay que asustarse: si “volvemos atrás” es que no habíamos superado tantos peldaños como creíamos, o que nuestra conquista necesitaba un refuerzo para ser más sólida. La diferencia entre los errores primeros y las “vueltas atrás” es que en el segundo caso nos damos cuenta de lo que pasa, y eso es mucho. Es bastante como para seguir insistiendo.

¡Nuestra maestra: la vida!

 Es fundamental entender que lo que nos pasa tiene una razón, y que el destino, la vida, los dioses, o como se quiera llamar al encadenamiento de causas y efectos, no es casualidad caprichosa.

 Para salir victorioso de una prueba, por difícil que nos resulte en principio, hay que conocer sus causas, las muchas causas que desembocan en el efecto presente.
 
 Conocer las causas es el primer paso necesario para llegar a las soluciones. Pero el solo conocimiento no es suficiente para resolver un problema.

 Ese conocimiento, que no va más allá del plano racional o que, (coma) como mucho, produce un cierto impacto emocional, se esteriliza si no sigue la vía natural hasta llegar a la acción.
 
 El segundo paso indispensable para que el karma cumpla con su misión formadora del ser humano, es entrar en acción.

 Sabemos que estamos ante una dificultad en la vida. Hemos analizado las posibles causas. Ahora hay que preparar un plan de acción y ponerlo en práctica. Sobre todo, ponerlo en práctica. No importa que el plan ideado no sea perfecto y que no acabe con los problemas. Es mejor equivocarse en la acción que permanecer inactivo por miedo a equivocarse. El que se equivoca, pero actúa, integra dentro de sí el ejercicio del movimiento, de la marcha, rompe la inercia y combate el miedo. Y aún más: desarrolla la inteligencia como para poder reconocer paulatinamente cuáles son la decisiones mejores y más acertadas.

       
Delia Steinberg Guzmán
        “Filosofía para vivir”

REGLAS PARA LA VIDA DEL SAMURAI

samurai

Últimamente ha habido un marcado interés por conocer todo lo concerniente a la vida y las ideas de aquellos guerreros legendarios del antiguo Japón, cuyo espíritu en alguna medida es el “alma” del Japón, los llamados Samuráis.
 
El bushido da unas recomendaciones para la vida diaria del Samurai. “Bushi” (el que sigue la vida del guerrero) es un tratado escrito en el siglo XVI por Daidoji Yuzan, para inspirar a los jóvenes samuráis:
 
“Si es capaz de mantener siempre en su mente esa idea (de que va a morir) será capaz de vivir en concordancia con los caminos de la Fidelidad y deberes familiares… tendrá  además un buen carácter con muchas cualidades positivas”
 
Afirma Yuzan que las tres cualidades de lealtad, justicia y Valor son esenciales. Agrega que si bien se cree que son mas fáciles de distinguir las dos primeras virtudes en la vida diaria en tiempos de paz, ello no es así, pues el verdadero valor se distingue en cualquier tipo de situaciones:

“El que ha nacido valiente, va a ser leal y practicar la piedad filial con respeto a su señor y parientes y cuando tenga algún tiempo libre lo va a usar para estudiar y no va a ser negligente en practicar la artes marciales. Se va a guardar estrictamente la indolencia y va a ser extremadamente cuidadoso sobre el como gasta cada centavo….. Y así siempre obediente a su señor, preserva su vida con la esperanza de algún día hacer algo meritorio, moderando sus apetitos en el comer y beber y evitando la permisividad en el sexo, lo cual es la peor ilusión para la humanidad, de manera de conservar su cuerpo en salud y fuerza… así entonces el valiente puede ser distinguido del cobarde aun cuando se sienta sobre la estera de su hogar.”
 
Decía Confucio, al definir el valor, que el cobarde es aquel que sabiendo que una cosa es correcta, no la hace…
 
El respeto era otra virtud cardinal para Confucio, cuyas enseñanzas alimentaran a los antiguos “bushi” y aun hoy son conocidos los japoneses por la forma especial en que consideran la cortesía:
 
"El Samurai…donde quiera que este acostado o durmiendo, sus pies no deban nunca apuntar en la dirección de la presencia de su señor. Si toma una flecha para ser disparada, esta nunca debe caer hacia el lugar donde su señor esta.”

Además de recomendar el continuo ejercicio en las diferentes formas de artes marciales, se aconsejaba a los jóvenes entrenarse en andar a caballo y no preferir aquellos que fueran más dóciles sino, al contrario.

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Todo samurai, por humilde que sea, debe dedicarse a buscar a un instructor y estudiar las artes tradicionales de manera que sepa todo sobre su objeto de estudio. “Pero un mal uso de éste puede llevar a pavonearse y confundir a sus compañeros con incorrectos argumentos que pueden ablandar su espíritu… si un discurso parece correcto… pero solo se busca en el el destacarse personalmente o impresionar…el resultado es el deterioro del carácter y la perdida del verdadero espíritu del samurai. Ello resulta de un estudio superficial, de manera que los que comienzan no debieran nunca dejarlo a medias, sino perseverar hasta comprender todos sus secretos y solo entonces volver a  su anterior simplicidad y vivir una vida tranquila…”
 
Un halcón puede estar muriendo de hambre, pero no tacará el maíz” es el antiguo dicho japonés para expresar el sentido de orgullo que debe impedir a un verdadero samurai el quejarse de su situación económica, aunque esta sea magra.

El samurai, al expresar sus opiniones, debe hacerlo con responsabilidad y después de considerar el asunto adecuadamente, de manera que diga algo que realmente sea útil al que necesita ese consejo, y debe darlo solo cuando sea requerid, sin interferir en lo que no son sus asuntos. Debe inspirarse leyendo sobre la vida de los samuráis que hayan alcanzado fama de hacer algo meritorio en su vida.
 
El samurai debe estar siempre preparado para enfrentar el inevitable fin. Si no enfrenta adecuadamente el momento final, todas sus previas hazañas habrán sido como agua y estará cubierto de vergüenza.
 
Cuando un samurai va a la batalla y se comporta como un valiente y obra de manera esplendida es porque esta preparado para morir. Y si, desafortunadamente, el y su cabeza deben separarse, cuando su oponente pregunte su nombre, debe decirlo inmediatamente de manera clara y fuerte con una sonrisa en sus labios y sin signos de temor.

La grandeza de alma que debe tener un samurai es la de un gran lago, que al recibir los diversos aportes de agua, no varía, conserva su naturaleza; así las pasiones, temores, preocupaciones, si bien pueden afectar, no cambiarán el alma del samurai, no lo conmoverán en definitiva. Es el océano el que contiene la ola y no al revés, es el espíritu el que contiene la materia y no al revés. Es entonces el alma del samurai como la flor del cerezo, que se abre para dar su perfume antes de desfallecer, por completo, sin medirse. Simplemente, se da.