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¿Podría ser la Ciencia de la Antigua India tan exacta como la de la NASA?

¿Podría ser la Ciencia de la Antigua India tan exacta como la de la NASA?

Las corrientes de pensamiento que predominan alrededor de la llamada “ciencia oficial” suelen manejar el prejuicio de que el hombre de la Antigüedad era primitivo en sus costumbres y conocimientos, y, por lo tanto, inferior al hombre moderno en sus múltiples facetas. Lo mismo se asume implícitamente cuando se enseña la materia de historia universal en los colegios y universidades, al enseñar que la historia progresa linealmente, desde ese hombre ignorante y casi salvaje hasta esa cúspide de desarrollo intelectual y humano que sería el hombre de la actualidad.Lo cierto es que cuando se analiza el legado de diversas civilizaciones antiguas como la egipcia, la grecorromana, la mesoamericana o la hindú, entre otras, la ciencia actual suele quedarse muda ante la creciente multitud de misterios en que se ven envueltas las magníficas construcciones y los profundos conocimientos que las caracterizan.

El presente artículo pretende esbozar apenas una muestra de estos antiguos conocimientos; en este caso, lo que ciertos escritos de la India nos enseñaban sobre los ciclos de la historia y su relación con la circulación de los planetas.

 

Los Yugas

Las numerosas obras que nos llegan de la antigua India indican que la historia se manifiesta en ciclos, los cuales llamaban Yugas, y se atreven a aportar medidas específicas de duración para estos ciclos. Estas medidas de tiempo son tan extensas que los investigadores muchas veces las descartan inmediatamente como imposibles.

Los textos indican que los Yugas se desarrollan con una proporcionalidad matemática, donde la duración de la última parte del ciclo (el Kali-Yuga) representa la cifra base de 432.000 años, y la duración de las edades que le anteceden se presentan como múltiplos de dos, tres y cuatro, y el total como un múltiplo de diez veces.

Krita-Yugax 41.728.000

Treta-Yugax 31.296.000

Dvapara-Yugax 2864.000

Kali-Yugax 1432.000

MAHA-YUGAx 104.320.000

 

¿Qué significan los Yugas en los textos sagrados hindúes?

Los rishis de la India explicaban que la historia de la Humanidad repite un fenómeno de la naturaleza, y es que en el desenvolvimiento de todos los ciclos, como en el de las cuatro estaciones del año, se da una desintegración paulatina de todos los elementos, partiendo de una etapa de magnífica vitalidad y de completura, terminando con una de infertilidad o ausencia del elemento vital, que da paso al reinicio del ciclo.

Así, el ciclo completo de un Maya-Yuga se relaciona, en el caso de la humanidad, con sus posibilidades de vivencia del Dharma, que es un concepto de la tradición hindú que enmarca la vivencia de lo espiritual, del deber o de la verdad. En las Leyes de Manú (81-86) se narra simbólicamente que en la primera edad, el Krita-Yuga o la Edad de Oro, el Dharma se sostenía sobre sus cuatro pies, representando que se vivía el deber en su totalidad, y, por lo tanto, la verdad y la justicia reinaban. En las sucesivas edades, el Treta-Yuga, Dvapara-Yuga y el Kali-Yuga, el Dharma va perdiendo un pie en cada edad, hasta que arribamos al actual Kali-Yuga, donde el Dharma se sostiene apenas sobre un pie y, por lo tanto, se vive solo una cuarta parte del deber.

En El Mahabharata encontramos una descripción más específica de cada edad (Libro 3, sección CXLVIII); el personaje de Hanuman explica:

En el Krita-Yuga, todos tenían perfección religiosa, y, por lo tanto, no existía necesidad de actos religiosos. Las necesidades de la vida fueron obtenidas solo pensando en ellas; no existió la enfermedad, ni decadencia de los sentidos. Las características distintivas de las cuatro castas (brahmanes, kshatriyas, vaisyas y sudras) fueron naturales, y cada una se ajustaba a sus respectivos deberes. Una sola alma uniforme fue el objeto de su meditación, todos siguieron un solo Veda y sólo tuvieron una religión.

En el Treta-Yuga, la virtud decreció una cuarta parte. Los hombres se hicieron devotos a la religión e introdujeron ritos y sacrificios. Idearon medios para la consecución de sus objetivos, a través de actos y regalos, pero en esta edad nunca se desviaron de la virtud.

En el Dvapara-Yuga, la religión había decrecido por la mitad. De la incapacidad de estudiar el Veda entero, los Vedas se dividieron en cuatro partes. La inteligencia decreció, cosa que llevó a que pocos pudieran participar de la verdad; y cuando las personas caen de la verdad, explica Hanuman, estas quedan expuestas a la enfermedad y luego a la lujuria, a lo que suceden naturalmente calamidades. En el Dvapara-Yuga, algunos celebraban sacrificios deseando gozar de las buenas cosas de la vida o deseando alcanzar el cielo. Al finalizar esta era, las personas se convirtieron en degeneradas, como resultado de su impiedad.

En el Kali-Yuga, apenas permanece una cuarta parte de la virtud. Los Vedas, los institutos, la virtud, los sacrificios y las observancias religiosas han caído en desuso; y reinan la enfermedad, la lasitud, el enojo y otras deformidades.

Este esquema de los Yugas resulta interesante de por sí, permitiendo colocar un orden en la vivencia de la humanidad. Pero la pregunta que permanece para el investigador riguroso es: ¿de dónde sacaron estas cifras exorbitantes los brahmanes y escritores de las obras sagradas de la India?

 

Fundamento científico de los Yugas

En La doctrina secreta[1], H.P. Blavatsky indica que los brahmanes iniciados de la India manejaban ciertas cifras secretas sobre la duración de los ciclos históricos que nunca habían sido hechas públicas, así como también en Isis sin velo[2] señala que Jesús de Nazaret y san Juan el Bautista eran conocedores de dichas computaciones secretas, junto con los jefes de las comunidades de esenios y los sacerdotes y cabalistas de su tiempo.

Pero también señala que existían cifras más exotéricas o conocidas por la población en general, que son las que señalamos más arriba, extraídas de sus textos sagrados.

Todas las cifras y conceptos relacionados con los ciclos históricos que manejaban los brahmanes, dice Blavatsky, provienen de los antiguos registros zodiacales y de las obras de un gran mago y astrónomo que la tradición refiere bajo el nombre de Asuramaya.

El Surya Siddhanta, en su capítulo 1, sloka 2, dice que a Asuramaya le fueron revelados sus conocimientos astronómicos cuando estaba por terminar el Krita-Yuga, lo que implica que dicho personaje habría existido hace por lo menos 2.165.000 años (si consideramos la referencia de la tradición hindú de que actualmente estamos en el Kali-Yuga, que se inició el 18 de febrero del 3102 a.C.).

Ya sea que tomemos este dato como ficticio o real, el Surya Siddhanta data por lo menos del siglo VI d.C., ya que Aryabhata, un gran matemático y astrónomo hindú del siglo V y VI de nuestra era, menciona el Surya Siddhanta en sus trabajos. Esto resulta impresionante cuando consideramos los conocimientos que esa obra nos muestra.

Es en el Surya Siddhanta donde encontramos una relación astronómica de la duración de un Maha-Yuga:

“En una era (Yuga), las revoluciones del Sol, Mercurio y Venus, y de las conjunciones de Marte, Saturno y Júpiter, moviéndose hacia el este, son 4.320.000. De la Luna, 57.753.336; de Marte, 2.296.832; de la conjunción de Mercurio, 17.937.000; de Júpiter, 364.220; de la conjunción de Venus, 7.022.376; de Saturno, 146.568”.[3]

Lo que extraemos de este texto es que existe una relación entre la duración de un Maha-Yuga, de 4.320.000 años, y el tiempo que toman los llamados siete planetas astrológicos (la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno en regresar a las mismas posiciones relativas en sus órbitas que tuvieron al principio del ciclo.

Dicho de otro modo, en el tiempo que lleva al planeta Tierra realizar 4.320.000 revoluciones en su órbita alrededor del Sol (astrológicamente, o desde el punto de vista del observador en la Tierra, es el Sol quien da las revoluciones alrededor de nuestro planeta), o en 4.320.000 años terrestres, los demás planetas han realizado las siguientes revoluciones alrededor de su propia órbita:

La Luna: 57.753.336

Mercurio: 17.937.000

Venus: 7.022.376

Marte: 2.296.832

Júpiter: 364.220

Saturno: 146.568

¿Son exactas estas mediciones que nos refiere el Surya Siddhanta? El primer impulso del investigador escéptico es el de negar siquiera la posibilidad de que un texto tan antiguo pudiera indicar mediciones de los ciclos de los planetas que se puedan acercar a las mediciones obtenidas con los complejos instrumentos de nuestros días.

Para verificar esto, tomemos primero los datos que nos aporta la NASA en su página de exploración del sistema solar[4] en cuanto a la cantidad de años terrestres que dura el período orbital de cada cuerpo celeste:

Mercurio toma 0,2408 años terrestres (88,0 días terrestres) en girar alrededor de su órbita.

Venus toma 0,6152 años terrestres (224,7 días terrestres),

Marte toma 1,8808 años terrestres (686,7 días terrestres),

Júpiter toma 11,8626 años terrestres (4.331,8 días terrestres),

Saturno toma 29,4475 años terrestres (10.760,0 días terrestres) y

La Luna toma 0,0748 años terrestres (27,3 días terrestres).

Si a partir de los datos aportados por la NASA luego calculamos cuántas circulaciones realiza cada planeta alrededor de su órbita en un periodo de 4.320.000 años terrestres, observaremos que arrojan cifras muy aproximadas a las aportadas por el Surya Siddhanta (el mayor margen de diferencia es de 0,09%). Esto se logra realizando la siguiente operación aritmética:

Revoluciones que realiza el planeta alrededor de su órbita en 4.320.000 años terrestres = 4.320.000 / lapso de tiempo que toma el planeta alrededor de su órbita en año terrestres.

Ej. Revoluciones que realiza Mercurio alrededor de su órbita en 4.320.000 años terrestres = 4.320.000 / 0,2408 años terrestres

Revoluciones que realiza Mercurio alrededor de su órbita en 4.320.000 años terrestres = 17.936.721

PlanetaPeríodo de revolución alrededor de la órbita en años (datos de la NASA)Período de revolución en días (datos de la NASA)Revoluciones de cada planeta en 4.320.000 años terrestres (desde datos de la NASA)Revoluciones en un Maha-Yuga (según el Surya Siddhanta)Margen de diferencia

Mercurio0,240887,970017.936.72117.937.0000,0016%

Venus0,6152224,70007.022.1387.022.3760,0034%

Tierra1,0000365,25644.320.000

Marte1,8808686,65532.296.8372.296.832-0,0002%

Júpiter11,86264331,7724364.169364.2200,0139%

Saturno29,447510760,0349146.702146.568-0,0912%

Luna0,074827,321657.753.15357.753.3360,0003%

 

Con estas operaciones podemos deducir que las cifras astronómicas que reflejaron los brahmanes o sabios de la antigua India en sus textos se aproximan tremendamente a las cifras que aporta hoy la NASA. La diferencia fundamental radica en que los antiguos sabios de la India no estaban interesados en conocer estos datos astronómicos como una finalidad en sí mismos, sino que buscaban conocer y enseñar cómo los planetas y demás elementos de la naturaleza nos afectan a los seres humanos.

Referencias de los ciclos históricos y la circulación de los planetas en otras tradiciones

La tradición hindú no es la única donde aparece la relación de los ciclos históricos con los movimientos de los planetas. Los filósofos estoicos llamaban el “Gran Año” a un ciclo completo medido por el tiempo en que tomaban los planetas en retornar a su posición relativa inicial. Nemesio, obispo de Emesa, del siglo V de nuestra era, refería sobre esto:

“Los estoicos afirman que cuando los planetas retornan, en ciertos periodos fijos de tiempo, a las mismas posiciones relativas, a lo largo y ancho, que tuvieron al principio, cuando el cosmos fue constituido, esto produce la conflagración y destrucción de todo lo que existe”.[5]

Al cabo de este “Gran Año”:

“devendría un gran incendio universal [ekpyrosis] que acabaría con las cosas existentes para, luego de un tiempo, volver a empezar el ciclo de diferenciación. Las etapas se [repetirían] sobre la base de leyes muy semejantes, pero nunca un ciclo de vida es exactamente igual al anterior, pues los sucesivos incendios que afectan los mundos, los va purificando moralmente”.

En el El Timeo de Platón también se nos cuenta algo similar, en donde se llama “Año Perfecto” al período que se genera cuando se da la conjunción de los planetas:

“[El Año Perfecto es el ciclo que se generó] cuando el Sol había deambulado completamente por su órbita… cuando las ocho circulaciones concurriendo en sus cursos entre sí se delimitaron por la misma extremidad; siendo al mismo tiempo medidos por el círculo, subsistiendo de acuerdo a lo mismo”[6].

A esto, Platón agrega otra explicación más esotérica aún, indicando que la razón de ser de la creación de los planetas por parte del demiurgo guarda relación con la naturaleza del tiempo:

“Para dar nacimiento a la subsistencia fluida [del Tiempo], [el demiurgo] generó el Sol y la Luna, y las otras cinco estrellas, que son denominadas planetas, con el propósito de distinguir y custodiar los números del Tiempo. Pero la Divinidad, apenas hubo producido los cuerpos de estas estrellas, las ubicó, siendo siete en número, en las siete circulaciones formadas por la revolución de la naturaleza distinguida por diferencia”[7]

 

Una ciencia al servicio del hombre

La investigación y el estudio de estos conocimientos de la Antigua India nos da a entender que para ellos la ciencia era una herramienta a través de la cual procuraban arrojar un poco de luz en la difícil tarea de comprender la vida y la naturaleza que nos rodea. En el caso de la astronomía, o la medición de los ciclos de los planetas, vemos que lo relacionaban con la vivencia de los ciclos que atraviesa el ser humano en su devenir, y le permitía encontrar un sentido y un orden a ciertos aspectos de su pasado y presente, así como buscaba prepararle mejor para enfrentar su futuro.

Si analizamos el papel que juega la ciencia de nuestros días, observamos que nos aporta grandes comodidades y nos facilita enormemente la vida con toda clase de herramientas. Sin embargo, pareciera que en este tiempo padecemos mayor sufrimiento que en pocas anteriores: la brecha en la distribución de la riqueza es cada vez mayor; cada día agoniza más la naturaleza por el daño que le hacemos; cada vez existe más violencia y delincuencia y un sinfín de problemas que nos aquejan.

¿Es que acaso vivimos mejor hoy en día? No hay duda de que la tecnología nos ha proporcionado importantes beneficios, pero, juzgando por el estado actual de males que padecemos, pareciera que hubiéramos olvidado enfocarnos en necesidades más básicas para el ser humano, como son el buscar su realización interior y vivir en armonía con su entorno.

La ciencia de la Antigua India tenía la virtud de estar al servicio del hombre, de buscar su desarrollo integral y de proporcionarle herramientas para desentrañar los misterios que le rodean.

Como el Prof. Jorge Ángel Livraga escribió, el hombre mejorará cuando se rescate ese viejo sentido que tenía la ciencia:

Hace falta renovar la ciencia… que busque honradamente la verdad de las leyes fundamentales que rigen el universo, antes que un nuevo color para motivar una de las tantas pastas dentífricas. Que no esté al servicio de quien mejor le pague, sino de quien más la necesite… Una ciencia nueva … que abarque la política, la economía, la ecología y todas las nuevas posibilidades de mejorar la vida humana y hacerla más digna.

 

Por Iván X. Eskildsen

 

[1]    H.P. Blavatsky. Doctrina secreta, tomo 2, p. 49 y 70.

[2]     H.P. Blavatsky. Isis sin velo, tomo 2, p. 144.

[3]     Surya Siddhanta, capítulo 1, slokas 29 al 32.

[4]     NASA: Exploración del sistema solar: http://solarsystem.nasa.gov/index.cfm.

[5]     Nemesio. De Natura Hominis. 111. 14-18

[6]     Platón. El Timeo, 39d.

[7]     Platón. El Timeo, 38c.

 

Bibliografía

Blavatsky, Helena Petrovna. La doctrina secreta. Wheaton, Illinois: The Theosophical Publishing House, 1993.

El Mahabharata. Traducción de Kisari Mohan Ganguli, 1883-1896. Libro 3, Sección CXLVIII. http://www.sacred-texts.com/hin/maha/index.htm.

Leyes de Manú. Libros Sagrados del Este, Volumen 25. Traducción de George Bühler, 1886. http://www.sacred-texts.com/hin/manu.htm.

Nemesio. De Natura Hominis. Ed. M. Morani (1987). p. 309-311.

Platón. El Timeo (Obras de Platón, volumen 2). Somerset: The Prometheus Trust (Thomas Taylor Series), 1996. p. 439-440.

Surya Siddhanta. Calcutta: C.B. Lewis, 1861. p. 5-6.

EL UNIVERSO

 

Si hemos de resumir brevemente la idea: ¿cómo se formó el universo?, tendremos que remontarnos a la viejas enseñanzas y teorías para entender el esfuerzo humano por comprenderlo.
 Según la milenaria tradición hindú, el universo es antiquísimo y su duración es casi eterna; es cíclico e ilusorio, y a partir de un punto de materia alentado por el dios Brama se desarrolló en etapas alternadas de expansión y de contracción, pasando de la manifestación a lo inmanifestado, como pasan los seres de lo cotidiano al sueño reparador en otros estados de conciencia.
 Para la concepción bíblica, hoy ya superada, el universo apenas tendría unos 5000 años de duración. La civilización egipcia, a la vista de un cosmos perfectamente organizado y armónico, decía que el universo es mental, y tan solo podría ser fruto de una Mente Cósmica perfecta. También los griegos abundaban en esta concepción de un universo generado no por el azar, sino por una gran mente; por lo tanto, siendo la Naturaleza y el universo inteligibles, el hombre racional podría captarlos con la razón. Para Aristóteles, el universo ha sido trazado por Dios, pero siendo Él el saber teórico supremo, puesto que no necesita de nada ni nadie para ejercer su actividad y se basta a Sí mismo, ha de ser mero pensamiento, raíz mental del universo.
 Para la antiquísima tradición tibetana, el universo tiene estados de materia, positiva y negativa. Cierta materia en estado puro se almacenaría en puntos concretos del espacio (¿agujeros negros?) y, al ser convulsionada y fecundada por un tipo de cometas reproductores (¿portadores de partículas que pueden dar origen a la vida?), se desarrollaría de modo gradual, como la gestación de un ser vivo. Ciertos aspectos de esta concepción fueron retomados ya en el s. XX por S. Arrenius y Fred Hoyle, y conforman la teoría de la Panspermia.
 Las culturas clásicas coinciden en considerar al universo como un gran ser vivo, un macrobios, que se refleja en el hombre, o microbios, sometidos ambos a leyes similares. El universo es una ilusión, donde lo que no vemos puede ser tan real como lo que vemos, al igual que los pensamientos dirigen la vida sin tener apenas consistencia material. Lo esencial es invisible a los ojos, como dijera el principito. El universo manifestado es, así, fruto de una mente cósmica, no fruto del azar.
 Hoy día la ciencia adopta generalmente el modelo de un universo pulsante, pues se admite que está en expansión, que podría llegar a detenerse y pasar a una contracción posterior, e incluso al colapso. Para F. Hoyle, en cambio, existe un estado estacionario, dado que los huecos que deja esta expansión se irían rellenando con la aparición de nuevas estrellas y galaxias.
 Diremos que, actualmente, se concibe el universo como fruto de la explosión de un punto de materia y energía inicial, de gases y partículas, que dio lugar a la expansión de toda forma de materia y energía hacia los confines del cosmos. Era el momento llamado big-bang. Antes de ello, no podemos suponer lo que ocurrió. Para nuestro mundo, el reloj se puso en marcha, y el tiempo salió disparado como una flecha hacia su destino final, enhebrado entre partículas de materia, luz y energía. Antes que nada, se hizo la luz, y por contraposición, aparecieron las tinieblas. El caos aparente se organizó y el cosmos tomó forma –lo cual siempre responde a una idea–.
 Ha pasado ya un cierto tiempo, dicen que más de 14 000 millones de años, y el universo se ha concentrado mágicamente en ciertos puntos concretos, en bellas órbitas multicolores, ejecutadas por danzantes despreocupados de su eterna y jovial belleza. Se expande, camina, y aún podemos detectar sus pasos, el murmullo de la gran explosión…, la llamada radiación de fondo. Y, extrañamente, se sabe que dicha expansión se acelera cada vez más, mecida por alguna fuerza oculta…, pero ¿tendrá fin algún día?
 ¿Está, por tanto, nuestro universo en constante movimiento?
 A la luz de lo dicho, parece definirse actualmente que nuestro universo es un universo en movimiento, dinámico, sometido a un proceso de expansión acelerada, que tal vez sea seguido por una contracción alternativa. Como dice el KYBALIÓN egipcio en sus sabias leyes, nada permanece estático, todo vibra, y también todo fluye y refluye. Y, dado que todo lo que nos circunda es cíclico, como el día y  la noche, como los ciclos de las estaciones y la Naturaleza, como los mismos seres humanos, no es extraño pensar que el universo en general sea cíclico.
 Sabemos que nada puede mantenerse eternamente en movimiento de rotación, ni tan siquiera el universo, por muy perfecto que nos parezca. Decía H.P. Blavatsky que la rotación se suele explicar como provocada por una fuerza tangencial, por la fuerza centrífuga, pero al mismo tiempo se dice que la rotación es la que provoca la aparición de una fuerza centrífuga. Tendremos que resolver algún día estas contradicciones, y hacernos a la idea de que nada provocado por meras fuerzas mecánicas puede estar en rotación eterna.
 Hoy, que se considera que el espacio interplanetario o interestelar no es propiamente “vacío”, y que opone, por lo tanto, una resistencia al movimiento, es difícil admitir una rotación “eterna”. Por otro lado, la perfección de unas órbitas elípticas, que son recorridas por los planetas con velocidades variables, es de suyo una armonía no tan solo mecánica ni casual.
 La concepción tradicional del cosmos ha sido la de considerarlo como un ser vivo, sometido a leyes naturales, no como un mero mecanismo, sino con cierta finalidad o sentido. Pero la concepción actual, en cambio, se plantea si no habrá mecanismos que alienten y mantengan en constante funcionamiento dichos sistemas.
 Al observar que la materia se pierde y se acumula en pozos de materia-antimateria, como son los llamados “agujeros negros”, para  aflorar en brotes de energía de los confines más alejados del universo, como son los “quásares”, Einstein y Rosen teorizaron sobre la existencia de posibles puentes en el universo, de tal modo que la materia absorbida por los agujeros negros pudiera concentrarse, depurarse y ser expulsada por otros puntos complementarios, llamados “fontanas blancas”, logrando así una autoalimentación o renovación constante del universo. Es decir, ¿cabe la posibilidad de que las propias leyes que rigen los mecanismos del universo puedan mantenerlo en actividad constante? Aún no podemos contestar satisfactoriamente tan importante pregunta.
 Si analizamos también cómo es dicho universo en el tiempo, podríamos estar tentados a decir que es eterno. Al menos, desde nuestro límite de duración nos parecerá que es eterno en el tiempo, o cuanto menos, inmensamente longevo. Pero, ante esta postura, hay que razonar que todo aquello que se haya manifestado está sometido a las leyes de la materia y, por tanto, al desgaste propio de lo material.
 Tal vez pudiera resumirse en sí mismo por efecto de la contracción generada en una fase de su desarrollo y acaecerle un fin violento, pero sea como fuere, para nuestra concepción de un tiempo ligado al espacio, antes del big-bang (o después de un proceso de contracción inverso), el tiempo, según nuestra forma de concebirlo, no existiría, pues sin materia no hay espacio. Así, respondiendo a la pregunta de qué hubo antes de la gran explosión inicial, los científicos actuales nos dicen que tal vez existiera un punto sin materia, como un “vacío de alta energía”, pero entonces, ¿qué fue lo que se proyectó en pequeños pedazos al espacio para conformar planetas y galaxias? Tendremos que suponer que antes de la gran explosión, antes de conformarse nuestro espacio-tiempo, posiblemente no hubo nada que nosotros pudiéramos medir o comprender de modo físico.
 Podemos preguntarnos también acerca de la forma concreta del universo: ¿es finito o infinito?, ¿es plano o curvo?
 Hoy se considera que es como una espuma filamentosa llena de pequeños agujeros, esponja hecha de puntos de luz, de una inmensidad de jirones, de formas complejas cuajadas de estrellas, pero más allá de esas intrincadas figuras amorfas, ¿tiene un aspecto concreto? Aún se debate si tiene algún límite real, si acaba en algún punto. Una vez más, hay que decir que, desde nuestro punto de vista, el universo es inmenso, sin límites, pero dado que todo lo que conocemos tiene una forma concreta, nos parece que debe ser algo concreto y finito.
 Tal vez sea como una lámina delgada y cilíndrica que puede arrollarse sobre sí misma o abrirse, si predominan dos de sus dimensiones. Tal vez sea como un cuerpo denso y voluminoso y no predomine excesivamente ninguna dimensión sobre otras. Tal vez sea un conjunto de puntos luminosos, abierto, etéreo, grácil, como los puntos de luz observados al mirar directamente hacia el Sol…
 Pudiera ser que, siendo finito, tuviera una forma concreta que nos diera la impresión de ser ilimitado, como ocurre con el ejemplo de una banda de neumático arrollada en forma de ocho, la cual, a una diminuta hormiga que la recorriese le parecería infinita e inabarcable.
 Si pudiéramos correr en el tiempo, o viajar con una nave más deprisa que la onda expansiva causada por la gran explosión, adelantándonos a ella, ¿qué encontraríamos más allá?, ¿la  nada?, ¿el vacío?
 Desde el punto de vista de la ciencia, es lógico plantearse estas dudas, pero llegados a cierto  límite razonamos las concepciones filosóficas de la vida. Atendiendo a lo dicho ya en el siglo XVI por el inmenso filósofo de Nola, Giordano Bruno, el universo es infinito, su centro está en todas partes, y las estrellas del firmamento son otros tantos soles, probablemente habitados como nuestro sistema.
 Pero ¿qué puede hacernos afirmar que deba ser infinito? Al decir de Giordano, y utilizando el bisturí de su filosofía, diremos que si tuviera un límite, más allá del mismo habría de hallarse la nada, y la “nada” existe como un concepto, pero no puede existir como absoluto, dado que dos absolutos opuestos no pueden darse al mismo tiempo. No puede existir realmente “el todo” y “la nada”, como no puede existir “una fuerza incontenible” y “una roca inconmovible”.
 Los recientes descubrimientos, fruto del experimento boomerang, dan como seguro que el universo es plano, como la superficie de un globo hinchado repentinamente mantendría apenas una ligera curvatura, y que por lo tanto, se seguirá expandiendo sin límites, no curvándose sobre sí mismo, no contrayéndose. Pero dado que las observaciones corresponden a un pequeño porcentaje del cosmos que nos es visible o captamos (entre un 3 y un 5%), similar a una diminuta ventana estelar, y siendo esta una más que ínfima ventana de otras tantas infinitas ventanas que apenas apuntan a la uña del pie del gran ser vivo llamado universo, preferimos pensar cautelosamente, como aplicadas y pacientes hormigas subidas aún a un neumático no suficientemente explorado, que el camino se hace al andar.
 Todas estas cuestiones están aquí apenas esbozadas, y de seguro han de dar aún luminosos días de ciencia, porque como dijo Nicolás de Cusa, la “docta ignorancia” es la capacidad de asumir y reconocer aquellas cosas que aún ignoramos y que nos rebasan ampliamente.
 Quedan, de camino hacia las estrellas, muchas más preguntas. Necesitamos respuestas; por ello, cabe preguntarse aún si el universo tiene sentido, si tiene una finalidad, si se dirige hacia algún lugar, si es fruto del azar o es causal, si es capaz de reciclarse a sí mismo y mantiene su propia actividad como una máquina perfecta e inagotable… Pero, tal como corresponde a una realidad que nos rebasa con mucho, fuente de eterna inspiración, habremos de volver a él en otras ocasiones.


BIBLIOGRAFÍA

Revista Esfinge n.º 4. Ramón Sanchis, El universo; pp. 33-37.

ORDENANDO EL CAOS: ILYA PRIGOGINE Y LA TEORÍA DEL CAOS

Ordenando el Caos: Ilya Prigogine y la Teoría del Caos

Ilya Prigogine nació en Moscú, el 25 de Enero de 1917, adquirió la nacionalidad belga y estudió química en la Universidad Libre de Bruselas, donde se doctoró y ejerció como profesor de Termodinámica. Se trasladó a vivir a Estados Unidos, donde fue profesor de las universidades de Chicago y de Texas. En 1977 recibió el Premio Nobel de Química por su teoría sobre las estructuras disipativas. Además de las más altas distinciones científicas americanas y europeas, fue investido doctor ‘honoris causa’ por 12 universidades de todo el mundo.

Este, podríamos decir, es un breve currículum del padre de la Teoría del Caos. Dejemos que él mismo nos explique sus investigaciones: “Guiado por el instinto, me fui interesando por la termodinámica, un campo de la ciencia donde se manifiesta la “flecha del tiempo”, y que en la época en que comencé mi trabajo como investigador no era un área de la física que gozara de gran predilección entre los científicos”.

Desde la aparición de la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, asistimos a una revisión/superación de la Mecánica Clásica. Sin embargo, todavía había aspectos de la realidad que no se habían explicado suficientemente por ninguna de las tres teorías. Por ejemplo la flecha del tiempo. Para la Mecánica Clásica el tiempo guarda una asombrosa simetría hacia el pasado igual que hacia el futuro, es decir, que se puede calcular la posición y trayectoria de cualquier móvil, ya sea hacia el pasado o bien predecir su ubicación en el futuro. Sin embargo, en la experiencia cotidiana, observamos que en el ser humano -o en los movimientos brownianos- esta simetría no existe, por cuanto la complejidad de las causas de sus actos producen tantas variables que es imposible seguir la línea del tiempo hacia atrás con exactitud. Esta concepción del tiempo es la de su irreversibilidad. Esta disparidad entre el tiempo de la física clásica y el tiempo de la existencia llamó fuertemente la atención de Prigogine, de hecho considera que esta dislocación ha sido, en cierta manera, causante del olvido del hombre por parte de la ley natural; el hombre ha quedado marginado de las leyes de la mecánica clásica que no pueden aplicarse a un ser tan impredecible.

¿Qué es esto de la flecha del tiempo y de la irreversibilidad del mismo? Prigogine nos explica que “Si analizamos sistemas muy simples, como por ejemplo un péndulo ideal -sin fricción-, no tenemos forma de distinguir entre el pasado y el futuro. Si pasamos una película que muestra solamente el movimiento de un péndulo, no importa si hacemos funcionar el proyector hacia adelante o hacia atrás: siempre veremos lo mismo. Podemos decir que se trata de una película reversible. Todo el problema surge porque se ha considerado a los sistemas simples como modelos del universo. De esta forma, la física newtoniana terminó concluyendo que el tiempo no existe. Prigogine piensa que sólo descubriremos el tiempo al descubrir los sistemas complejos.

La termodinámica clásica se concentró inicialmente en el estudio de los sistemas aislados que evolucionan hacia el equilibrio, el cual a su vez es el más probable de los estados posibles. Pero sabemos actualmente que la evolución termodinámica genera tanto orden como desorden. Por ejemplo, en un sistema en el que están presentes dos gases, nitrógeno e hidrógeno, ambos tendrán la misma concentración cuando la temperatura sea idéntica en todo el recipiente. Pero si ésta varía, la distribución de los dos gases se hará desigual; habrá más hidrógeno en un lado que en el otro. Por tanto tendremos un proceso irreversible que lleva al desorden. Pero simultáneamente se va generando un nuevo orden. En todos los niveles de la naturaleza, desde la biología hasta la cosmología, la irreversibilidad produce tanto orden como desorden. Nuestra propia vida es posible en tanto generamos desorden al destruir moléculas constantemente; pero este proceso es lo que nos permite crear otras nuevas. Sin el rol constructivo del tiempo no se podría pasar de un nivel de organización al siguiente. La flecha del tiempo ejerce su mella creadora igual en ciencia que en la existencia, es el motor de la evolución creadora. El tiempo de la física se va acercando a la imagen mitológica, un dios que crea, que transforma de manera consciente e inteligente.

En la ciencia determinista la ley es universal y atemporal; la teoría del caos propugna por un cambio de perspectiva: “el indeterminismo, no debe confundirse con la ausencia de previsibilidad, que tornaría ilusoria toda acción humana. La complejidad de determinados sistemas hace pensar en un primer momento en el azar o en la no causalidad. Para Prigogine, se trataría de una causalidad más fina que reordena estados caóticos. Es como si hubiera una “memoria” en la materia física que le hace buscar siempre el orden adecuado.

Asimismo, para la Mecánica Clásica las consecuencias deben ser proporcionales a sus causas. Prigogine llama la atención sobre fenómenos llamados “efecto mariposa”, en los que los efectos son desproporcionados respecto a las causas conocidas. La acumulación de desorden, de causas imprevisibles (en el fondo se trataría de un orden más fino y menos detectable), termina manifestándose en un nuevo orden que pareciera haber dado un salto cuantitativo. A nivel psicológico, una acumulación de pequeños rencores o envidias, producen un acceso de ira devastador. El efecto es un “volcán”, pero las causas fueron pequeños movimientos soterrados que pasaron desapercibidos y que, sin embargo, generaron un desorden con una potencia de cambio mucho mayor.

Para Prigogine, sujeto y objeto constituyen un sistema único en el que todas las partes forman un todo orgánico; “toda fluctuación tiene entonces consecuencias que se propagan a través de todo el sistema”. Cada individuo necesariamente está en interacción con el contexto que le circunda, lo de adentro conecta con lo de afuera y, a su vez, lo de afuera conecta con lo de adentro. No somos seres aislados que se relacionan, todos los seres somos una misma realidad con funciones diferentes. Encontramos en el científico belga resabios de la Cosmología y la Filosofía de los Vedas de la India.
Como filósofo y artista, el científico belga defendía que la ciencia es sólo uno de los tantos vínculos con la naturaleza. Reconoce la función vital y activa de la religión, el arte y la política, de tal modo que el hombre se desarrolle de una manera más completa y global. No solamente hay que educar el raciocinio, también hay que educar la bondad, la justicia y la belleza.

La Teoría del Caos propugna un universo entrelazado por causas más grandes y por causas más finas, en el que el origen no se da por casualidad ni nada es producido por el azar. En este universo la libertad descansa en la infinita gama de posibilidades de decidir lo que hacer en todo momento, y es acompañada como por una hermana gemela por la seguridad de poder predecir con cierta exactitud las consecuencias de esas decisiones. Este universo no puede ser reducido a una descripción matemática y, por lo tanto, es necesario el arte para poder aprehender quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Una Ciencia y un Arte que se resuelven en Filosofía.

Terminaremos con una autodefinición del mismo Prigogine que esperamos aliente a cuanto idealistas y utópicos pasean por las calles de nuestras ciudades: “Existen distintas concepciones de lo que significa “realidad”. La acepción más corriente de realidad significa una visión determinista y mecánica. Desde este punto de vista no soy realista, pues no creo que la realidad pueda ser reducida a un mecanismo de relojería, ya que de esta manera el universo sería como un autómata. Mi búsqueda se orienta hacia el nuevo tipo de realidad que también puede ser expresada en términos científicos. En otras palabras, soy un realista para una nueva realidad.”

Francesc Xavier Capacete González
Corresponsal de la revista Esfinge  en Mallorca y Director del espacio de filosofía y voluntariado “Es Racó de ses Idees”.

LA LENGUA JAPONESA: EL ALMA DEL SOL NACIENTE

De todas las artes creativas que componen el interesante y colorido mosaico cultural del Japón, tal vez la más impenetrable para el occidental sea su Literatura y su singular forma de lenguaje expresivo y escrito.

Puede resultar relativamente fácil tomar lecciones de Ikebana, Pintura aguada o Ceremonia del Té. Más difícil es dominar estas mismas artes con el Espíritu que debe animarlas. Pero lo que es indiscutiblemente difícil es adentrarse en el dominio de la creación literaria japonesa, porque su material constitutivo (la lengua hablada y escrita) es un arte en sí mismo, y de una belleza expresiva tan simple como profunda, que exige al neófito muchos años de estudio.

La lengua japonesa escrita es, a un tiempo, analítica y sintética, condensada y difusa; ha llegado a ser considerada como unas de las escrituras más abstrusas y de mayor peso mental para aquel que inicia sus primeros estudios en la Literatura en el País del Sol Naciente

La dificultad de comprensión que ofrece la lengua escrita, aún en aquellos que la estudian con profundidad, supone una barrera insalvable para la apreciación directa, no sólo de su literatura, sino también de su idiosincrasia, la forma de ser del pueblo japonés. Se han publicado traducciones y estudios numerosos en lengua inglesa, pero en español las traducciones aún son muy pocas.

Los finos matices de la sensibilidad japonesa están íntimamente implicados en los ideogramas que los expresan en el texto original, en los neologismos formados por la combinación de ideogramas, en las fórmulas de tratamientos, en los juegos de palabras y en su manera de percibir el mundo fantástico de los Kamis. Todos estos valores, que dan el sabor de su existencia verdadera al mensaje literario, pasan desapercibidos, muchas veces, en las traducciones occidentales.

La lengua japonesa

En la antigua ciudad de Nara, en el siglo VIII d.C., se desarrollaron seis escuelas de enseñanza del Budismo, basándose en textos indos, sánscritos y en sutras caligrafiados por los monjes y los letrados japoneses en lengua china clásica.

Uno en los grandes maestros de la transmisión de la doctrina, Saicho, adoptó más tarde el nombre de Dengyo Daishi. Iniciado a los catorce años en la doctrina de la escuela de Hosso, estudió las enseñanzas de los maestros chinos, y especialmente el sutra del loto. En el 794 fundó un monasterio cerca de Kioto que tomó el nombre de Enryaku-Ji, y se convirtió en el centro de la Escuela Tendai. Saicho, que estudió los preceptos de la “palabra verdadera”, intentó exponer las enseñanzas de Buda sin enturbiarlas con sus propias interpretaciones.

El célebre monje Kukai, conocido más tarde como Kobo Daishi, había viajado a China a comienzos del siglo IX para seguir las enseñanzas de la “palabra verdadera”.

Años más tarde regresó a Japón llevando consigo, no sólo objetos sagrados, sino también una suma enorme de conocimientos que procuró transmitir con total fidelidad a sus contemporáneos. En el año 816 fundó, en el monte Koya, al sur de Kioto, el templo Kongobu-Ji, que se convirtió en el centro de la Escuela Shingón, secta muy importante del Budismo esotérico, enteramente consagrada al estudio de los textos sagrados

A partir de la escritura esotérica derivada del sánscrito, inventó los caracteres kana, signos silábicos que dieron origen a la escritura japonesa (recordemos que al entrar en contacto con los chinos, los japoneses no poseían aún una lengua escrita).

El nacimiento de la escritura

Con la llegada de las nuevas enseñanzas budistas, y los frecuentes viajes de eruditos en busca de un conocimiento más profundo de la doctrina búdica, se hizo también presente la adopción de la escritura como elemento imprescindible en la transmisión de las nuevas enseñanzas de maestros indos y chinos.

Los maestros japoneses, al entrar en contacto con la cultura china, adoptaron los caracteres chinos ideográficos, para más tarde adaptarlos y combinarlos con su lengua nativa. Estos signos (kanji), que oralmente son monosilábicos, semánticamente expresan conceptos globales.

Queriendo simplificar el entendimiento de la escritura del los kanji, llegaron a un conjunto de caracteres que representaban una consonante y una vocal, y que constituye un silabario de 50 símbolos, y con unos pocos símbolos diacríticos más, representaron fonéticamente toda su lengua hablada. Era el hiragana, una escritura cursiva con la cual podían escribir y expresar su lengua con caracteres específicamente nipones. Asimismo, con la escritura de los kanji y paralelamente con los hiraganas, se dio un enorme impulso a la expresión de la literatura popular japonesa, que hasta entonces se hallaba un tanto adormecida, no porque no existiera su espíritu de manifestación, sino más bien por la carencia precisa de un elemento material tangencial donde desbordar y canalizar todo ese gran mundo de percepción e ideas: la escritura.

Junto al hiragana, en el siglo VIII ya se había desarrollado un sistema aún más simplificado, que dio origen a un tipo de letra de imprenta más simple y de líneas más rectas, el katakana, constituido igualmente por 50 sílabas.

Con el correr del tiempo, estas escrituras se fundieron en lo que se denomina genéricamente kanamajiri, en que los caracteres kanji son utilizados generalmente para representar ideas, conceptos; el hiragana, por su parte, para notas particulares; y finalmente el katakana para la escritura de las palabras de origen extranjero.

La complejidad no se detiene aquí. Numerosos símbolos kaji, escritos de manera distinta, son fonéticamente equivalentes. Así, una misma palabra japonesa puede tener varias interpretaciones y una enorme cantidad de palabras homófonas pueden tener sentidos diversos, dependiendo del significado del símbolo kaji utilizado.

Dada la gran multiplicidad de los kanji, el acceso al lenguaje especializado se torna particularmente difícil, lo que llevó a los japoneses, en muchos casos, a colocar al lado del escrito kanamajiri su versión en carácter katakana, para hacer así entendible su lectura y comprensión.

Para facilitar las cosas, el kanamajiri de la lengua corriente, de periódicos y revistas, quedó oficialmente limitado a utilizar 1.800 símbolos kanji. Se supone que los japoneses alfabetizados han de dominar, por lo menos, 1.900 caracteres para su uso cotidiano.

La lengua precisa y ambigua a la vez

Ahora podemos comprender, aunque no sea más que superficialmente, cómo puede el lenguaje japonés ser analítico y sintético, condensado y difuso, exacto y aureolar. La realidad es que, además de ser unas de las lenguas más difíciles de estudiar, es también simultáneamente una de las más ricas en capacidad de expresión.

En virtud de su herencia ideográfica, la escritura japonesa contiene, además de un significado preciso, un aura de significados análogos o distintos que le da un poder de ambigüedad y difusión semántica extraordinaria.

Cuando ambas características se aúnan en una frase podemos decir algo extremadamente preciso, y al mismo tiempo sugerir una infinidad de otras cosas. Así, correctamente traducido, un texto japonés puede se de una profundidad y una simplicidad ejemplar, y al mismo tiempo constituir una versión engañosa, pues todos los otros múltiples significados aureolares se habrán perdido al pretender traducir con una lengua extranjera el espíritu de la lengua japonesa, como por ejemplo un koan (idea) zen o un clásico poema haiku.

Es por esta razón que el japonés puede extenderse infinitamente con un lenguaje coloquial para expresar un sentido, y por otro lado expresar toda una situación con una palabra, que para un occidental demandaría numerosas sentencias detalladas y obstrusas.

Se da por contado que, si por desventura el japonés cediera al espíritu racionalista y utilitarista tan característico de la cultura occidental, abandonando su kanamajiri, y restringiéndose a un lenguaje extremadamente simple de kanas, perdería con esto no sólo su riqueza, procedente de un tesoro tradicional milenario, sino además el poderoso instrumento intelectual y espiritual representado por su inigualable lengua.

No es sólo por razones de orden estético por lo que los japoneses conservan celosamente su lengua. Tal vez, por ser extremadamente pragmáticos, estas dos tendencias niponas se refuerzan a la hora de conservar una lengua escrita que, además de estéticamente valiosa, abriga elementos intelectuales irreemplazables, que permiten un grado de refinamiento cultural que la mayoría de las lenguas no podrían desarrollar. Todo esto se asocia a la infinita paciencia de desentrañar, entender y dominar 1.900 caracteres gráficos como mínimo desde loa infancia escolar misma; y saber que eso es sólo el comienzo de un universo lingüístico exuberante y dinámico, que ha de tener mucho que ver con la disciplina, la paciencia, la constancia, la finura, así como esa penetración y adaptabilidad que tiene le pueblo japonés de asimilar rápidamente todo lo nuevo que le llega a su mundo circundante, esa penetración que la caracteriza a la hora de abordar cualquier problema, no solamente tecnológico sino especialmente los relacionados con el espíritu humano.


La poesía del Sol naciente

A continuación ofrecemos una breve pincelada de una de las formas de artes tradicionales de la escritura, la poesía, sutil y bella, innegablemente arraigada en la naturaleza y en el alma religiosa del mundo japonés, que por sus connotaciones lingüísticas nos interesa ahora.

Una de las mejores definiciones de lo que significa la poesía para el pueblo japonés la encontramos en los albores de su literatura, en el prólogo del Kokinshuu (colección de poesía antigua y moderna) del 905 d.C. Son palabras de uno de sus compiladores, Kino Tsurayuki:

“La poesía japonesa tiene por semilla el corazón humano, y crece en innumerables hojas de palabras. En esta Vida muchas cosas impresionan a los hombres: éstos buscan entonces expresar sus sentimientos por medio de imágenes extraídas de lo que ven u oyen. ¿Quién hay entre los hombres que no componga poesía al oír el canto del ruiseñor entre las flores, o el croar de la rana que vive en el agua? La poesía es aquello que, sin esfuerzo, mueve al cielo y a la tierra y provoca compasión en los demonios y dioses invisibles; lo que hace dulces los lazos entre hombres y mujeres; y lo que puede confortar los corazones de fieros guerreros”.

La poesía comenzó cuando la vida fue creada, para animar el cielo y la tierra. El poeta japonés no se cree poseedor de otra esencia que el resto de la creación. Por su herencia cultural shintoista y budista, siente una profunda simpatía por todo lo animado, una compasión universal. Por eso puede dialogar con todas las cosas de este mundo y captar el mensaje de los seres más insignificantes. El japonés ve crecer la vida sobre un trasfondo animista que le hacer descubrir jirones de su propia existencia en cada objeto natural.

El haiku se sitúa en el extremo opuesto de toda verbosidad y ornato literario. Más bien revela la emoción de un hombre en un instante, y en ese sentido es un estado del alma. No es una reflexión sobre las cosas, sino una simple visión de la realidad. A través de esta visión se pueden descubrir determinados hábitos ópticos y una especial sensibilidad.

El momento estético de creación del haiku brota de una total unidad de percepción del poeta en la Naturaleza. Se borran los límites entre el sujeto y el objeto, entre la percepción y las palabras. Así, el cerezo, con su flor que cae antes de marchitarse, simboliza el honor del samurai; el loto sugiere el mundo de la ilusión de Amida y el presentimiento indistinto de existencias futuras; el pino hace pensar en legendarios ancianos robustos y hace desear la longevidad.

El profesor Bonneau señala que el conocimiento para el japonés es esencialmente concreto y simbólico, tal vez por atavismo, tradición y educación. Como prueba de este aserto alega que mientras los géneros literarios “concretos” (novela, poesía, teatro) han florecido en Japón desde la época Nara (710-794), los géneros “abstractos” (Filosofía, crítica, Historia), al menos en el sentido común en que entendemos esas palabras, han quedado allí como testimonios atípicos y extranjeros.

El haiku no apunta, pues, a la belleza, sino a los significativo. La apreciación de la belleza podría verse teñida de subjetivismo y representaría un corte de cordón umbilical que establece la comunicación con la madre Naturaleza.

Algunos ejemplos clásicos de poesía haiku japonesa:

Con ligeros crujidos
mastica el dulce arroz
la bella mujer.

Issa.

Gracias sean dadas a lo alto;
la nieve sobre el cobertor
viene también de Joodo.

Issa.

Secos crisantemos;
diecisiete antaño,
mi ofrenda floral.

Onitsura.

Arrastrando sus densas
sombras,
juguetean los lagartos.

Kyoshi.

Conclusión

La historia, los valores, las soluciones culturales niponas son a tal punto distintas, originales y sobre ciertos aspectos totalmente opuestas a la experiencia de la llamada cultura occidental, que del contacto con ellos se suscita espontáneamente en todos los espíritus la sensación de encontrarse frente a algo enigmático, impenetrable, misterioso.

Éste es precisamente su encanto, su desafío. En realidad, el misterio continuará en tanto en cuanto no abramos las puertas de nuestra inteligencia superior y de nuestro corazón.

En lo que se refiere a las cosas humanas, la fría lógica, la razón, no basta. Ella se encuentra a tal punto comprometida con intereses, egoísmos y orgullos que su visión es borrosa, superficial y limitada. Necesita de algún elemento ilimitado en su capacidad de penetrar, comprender naturalezas aparentemente ilógicas y aceptar lo que aparezca.

El alma del Japón y de su lenguaje escrito y oral integra la capacidad que tienen de adaptarse, pues en toda su larga y multifacética historia siempre han percibido y asimilado lo mejor de otras zonas de la tierra. Japón, geográfica y simbólicamente, supone el fin de un gran comienzo.

Por Hashimoto Hidekichi

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LOS LÍMITES DE LA CIENCIA: LO QUE SABEMOS Y LO QUE CREEMOS SABER

1.- INTRODUCCIÓN.-

 

El 6 de Agosto de 1945 es una de las fechas fatídicas para la ciencia moderna; trescientos mil muertos  según estimaciones del gobierno japonés, todo ello sin considerar los problemas que posteriormente han producido las radiaciones del horrible hongo nuclear. La historia negra de la ciencia, sobre todo en estos últimos ciento cincuenta años, ha batido  todos los records. Ya Einstein reflexionó sobre esta cara tan trágica de la Ciencia, al decir:

 

La penetrante investigación y el sutil trabajo científico han aportado a menudo trágicas complicaciones a la humanidad (…) creando los medios para su propia destrucción en masa”.

 

La experimentación en seres humanos con radioactividad, la invención de insecticidas y aerosoles, Chernobil, etc. La preponderancia de la tecnología, hermana bastarda de la ciencia, se ha vuelto tan poderosa que está convirtiendo al Planeta en un auténtico vertedero. ¿Qué relación tiene todo este panorama con el concepto que la enciclopedia Espasa recoge de Ciencia?: “El conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas”.

 

El primer informe del club de Roma (organización creada  en 1968 y formada por cien personas de cincuenta y tres países) denominado ” Los límites al crecimiento ” y publicado en 1972  advirtió del daño que la contaminación, la codicia  y la desidia estaban infligiéndole a la Tierra. Alertaban de las consecuencias que podía acarrear un continuo crecimiento indiscriminado del agotamiento de los recursos del mundo y de la obsesión por los valores materiales.

 

Todo este cúmulo de grandes problemas no oscurecen  la aportación que, al otro plato de la balanza, ha aportado la Ciencia: los antibióticos, la biología genética y molecular, la investigación espacial etc.  No obstante lo anterior, los recientes estudios científicos en torno a la clonación humana, la manipulación genética y los alimentos transgénicos han destapado nuevamente la caja de Pandora,  en palabras de Einstein: “Se puede, pero ¿se debe?”, en definitiva: ¿Dónde están los límites de la Ciencia? ¿Se corresponden éstos con la mente humana o por el contrario los límites de la Ciencia están en su  método, o en los límites del científico, como ser humano, en especial en lo ético? ¿O tal vez encontremos la respuesta  en la tan denostada Filosofía de la Ciencia? La respuesta, si es que la hay, no es nada pacífica.

 

2.-  EL TEOREMA DE GÖDEL

 

Según Jesús Mosterin, para acercarnos al Teorema de Gödel se hace necesaria una aproximación indirecta, a través, en primer lugar, de una paradoja; la denominada paradoja del mentiroso, recogida por Miguel de Cervantes Saavedra en su universal obra “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”. En la Segunda Parte, Capítulo LI, expone la  paradoja, que fue propuesta a Sancho Panza mientras ejercía de gobernador de la ínsula Barataria:

 

Un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío. Sobre este río estaba un puente. Al cabo del puente una horca y una casa de audiencia en la que había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, del puente y del señorío, y que decía así: ” Si alguno pasare por este puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera en la horca puesta al otro lado”. Todo transcurría según lo previsto, hasta que tomando juramento a un hombre, juró y dijo que iba a morir en la horca que allí estaba.   Los jueces repararon en el juramento de aquel hombre, y dijeron: ” Si dejamos pasar libremente a este hombre, mintió en su juramento, y, conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, como juró que iba a morir en aquella horca, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”.

 

En segundo lugar, siguiendo este acercamiento indirecto al Teorema, se necesita explicar el concepto de isomorfismo; entendido como una conexión entre un nivel del entendimiento y otro. El isomorfismo más común es el que se da entre el lenguaje y la mente. Estas palabras que el lector lee en este momento son combinaciones de líneas que tienen un significado atribuido; no significan nada por sí mismas, son meras conexiones con conceptos que están en nuestras mentes.

 

El último concepto que considerar es el de sistema formal. Un sistema formal es un sistema tipográfico, isomorfo a la teoría de los números; esto es, comparable a tomar las expresiones del lenguaje natural de las demostraciones geométricas y sustituirlos por símbolos que tengan el mismo significado. La clave de estos sistemas formales es que no podemos utilizar cualquier argumento ajeno al sistema.

 

El teorema de incompletitud traslada la paradoja del mentiroso al lenguaje matemático. Lo que demostró Gödel es comparable o isomorfo a la afirmación: “Este teorema no tiene demostración”. Lo sorprendente es que él demostró el teorema diseñando su propio lenguaje lógico; descubrió, en definitiva, que existen afirmaciones verdaderas que no pueden  ser probadas dentro del sistema. El Teorema de Gödel dice así:

 

“En cualquier sistema formal adecuado para la teoría de números existe una fórmula que no puede demostrarse y su negación tampoco.

 

La coherencia de un sistema formal adecuado a la teoría de números  no puede demostrarse dentro del sistema”.

 

3.-  APORTACIÓN DEL TEOREMA  A LOS LÍMITES DE LA CIENCIA

 

Este Teorema, denominado de incompletitud, pertenece a la denominada lógica matemática, rama que aborda cuestiones de gran calado filosófico como la naturaleza de la verdad, la certidumbre, en definitiva el Conocimiento.

 

Más allá del intento de los matemáticos por demostrar lo que el Teorema niega, éste aborda ultérrimamente preguntas propias de nuestra condición humana, de ahí su enorme fascinación. Estos aspectos son narrados magistralmente por Douglas  Hofstadter, premio Pulitzer con su libro Gödel, Escher, Bach: Un eterno y grácil bucle. Ediciones Tusquets 1987;  un agradable recorrido por la lógica, el arte y la música.

 

No era de extrañar en Gödel esta afición por suscitar en postulados matemáticos preguntas metamatemáticas, o mejor, postulados filosóficos; ya desde sus estudios universitarios en Viena, siempre aspiró a dedicarse a la denostada, en aquel momento, lógica matemática. En definitiva es volver a postulados de los filósofos antiguos: la verdadera ciencia va de la mano de la filosofía; la ciencia sin epistemología es un sin sentido.

 

Gödel está interesado en trascender los postulados matemáticos en busca del denominado Platonismo matemático; compuesto por realidades matemáticas independientes de la actividad humana: la realidad matemática objetiva, el mundo de las Ideas. Gödel lo define de la siguiente forma:

 

“Mas allá se extiende un mundo inmenso que existe independientemente de nosotros los humanos y que nos plantea un enigma enorme y eterno; aunque al menos parcialmente accesible a nuestra inspección y pensamiento”.

 

El teorema de Gödel es una reformulación de las aporías de Zenón de Elea, actualmente denominadas paradojas autoreferenciales. Cuando nuestra mente conoce las matemáticas, está captando verdades  independientes de la realidad abstracta. Por ello desde muy antiguo se considera a las matemáticas como un principal saber; Galileo lo proclamó al decir que: “El libro de la Naturaleza está escrito con caracteres matemáticos”.

 

La simbiosis entre Filosofía y Ciencia es especialmente evidente en Platón, al punto que en la Academia figuraba en su pórtico de entrada: “Que no entre nadie que no haya estudiado Geometría”.

 

En este sentido, cuando Gödel intuye en su teorema verdades objetivas, según Rebecca Goldstein, está comprometido con el Platonismo:

 

“La convicción de que los objetos tales como los números y los conjuntos sirven de modelos para nuestros sistemas, los cuales son verdaderos sólo en la medida en que describen la naturaleza de objetos tales como los números y conjuntos, constituye asimismo un compromiso con el platonismo”.

 

Este mundo inteligible es punto de retorno donde las ramas del saber  confluyen e interconexionan; en este sentido parece estructurarse un límite de la Ciencia por ser la fuente o emanación de la misma, el punto troncal de conocimientos, donde el conocimiento es Sabiduría; donde lo que sabemos de la Naturaleza se transforma en lo que creemos saber. Levantamos nuestros pensamientos y nos ponemos de “puntillas” e intuimos otra estancia totalmente nueva para nosotros.

 

Probablemente no hay otra forma más hermosa de poder captar esta idea que el Mito de la Caverna de Platón, descrito en la República. En la caverna aquel que suelta sus ataduras no está satisfecho con lo que sabe y se plantea la posibilidad de otra nueva realidad; es, en principio, un creer saber; la antesala de la Magna Ciencia; para convertirse al salir de la caverna en  conocer las cosas por sus principios y causas; en definitiva lo que subyace en el teorema: La búsqueda de modelos o Arquetipos inspiradores y conformadores del mundo sensible.

 

Esta suerte de éxtasis en la búsqueda de la abstracción es la que se produce,  por ejemplo, con la lectura de Platón, cómo insufla mucha más pasión el arquetipo de lo Bello o de lo Justo que la inducida por una persona hermosa o equilibrada.

 

Esta simbiosis de saber y creer saber, entre Ciencia y Filosofía, tiene una especial importancia en las matemáticas cuyo origen radica en su método; es decir, la metodología de Euclides plasmada en sus Elementos de Geometría, por ejemplo, y el método deductivo platónico comparten una misma identidad.

 

Desde un axioma primario o Arquetipo se deduce y se encuentra un resultado, o dicho de otro modo, se conforma la realidad sensible. En esta formulación adquiere una principal relevancia el axioma primario aceptado como verdadero, pues sea uno u otro, podemos construir geometrías muy distintas como elaboraron Loachevsky o Riemann, tan coherentes como la euclidiana. El problema es que el resultado no puede ser diferente para el filósofo que intenta explicar y conocer el por qué de este mundo sensible, único resultado posible.

 

Habrá que buscar con mayor énfasis el axioma primario cierto y no el aparente; en definitiva, poder encontrar el Arquetipo y no la idea fantasía. El problema en este punto se entrelaza con aspectos educativos y éticos también, cómo no, una vez más apuntadas por Platón hace más de 2.500 años.

 

 4.- LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA.

 

Karl Popper, contemporáneo de Gödel, ha aportado una respuesta más radical al problema metodológico inductivo, una solución que constituye la base de su influyente filosofía de la ciencia.  La idea central de Popper radica en que la evidencia nunca implicará que una teoría sea verdadera, puede rebatir la teoría suponiendo que sea falsa. Así, un número de cuervos negros no implica que todos los cuervos sean negros, pero la presencia de un único cuervo blanco supone que la generalización es falsa. Los científicos pueden, de esta forma, saber que una teoría es falsa, sin recurrir a la inducción. Además, enfrentados a una elección entre dos teorías opuestas, pueden ejercer una preferencia racional si una de las teorías ha sido refutada pero la otra no; entonces es racional preferir una teoría que podría ser verdad respecto a una que se sabe es falsa.

 

Quizá la forma más corriente de mostrar cómo se comprueban las teorías sea mediante el modelo hipotético-deductivo, según el cual las teorías se comprueban examinando las predicciones que implican. La evidencia que muestra que una predicción es correcta, confirma la teoría; la evidencia incompatible con la predicción, rebate la teoría, y cualquier otra evidencia es irrelevante. Si los científicos tienen una evidencia suficiente que corrobora y una no evidencia que rebate, pueden inferir que la teoría examinada es correcta. Este modelo, aunque es aproximado, parece en principio ser un reflejo razonable de la práctica científica, pero está envuelto en dificultades concretas.

 

Un reciente trabajo sobre el problema de los métodos de descripción inferencial en la ciencia ha tratado de evitar la debilidad del modelo hipotético- deductivo yendo más allá de las relaciones lógicas para responder a la conexión de la evidencia con la teoría.

 

El punto de partida para la mayoría del trabajo filosófico contemporáneo sobre la naturaleza de la explicación científica es el modelo denominado deductivo-nomológico, según el cual una explicación científica es una deducción de una descripción del fenómeno para ser explicada desde un conjunto de premisas que incluye, por lo menos, una ley de la naturaleza. Así, se podría explicar por qué sube el mercurio en un termómetro señalando el ascenso de la subida en la temperatura a partir de una ley que relaciona la temperatura y el volumen de los metales. El tema aquí es saber qué hace que algo sea una ley de la naturaleza, otro de los tópicos centrales de la filosofía de la ciencia. No todas las generalizaciones verdaderas son leyes de la naturaleza. Por ejemplo, la afirmación de que todas las esferas de oro tienen un diámetro de menos de diez kilómetros es una verdad presumible pero no es una ley. Las genuinas leyes de la naturaleza parecen tener un tipo de necesidad de la que carece la afirmación sobre las esferas de oro. Describen no sólo cómo funcionan las cosas en realidad sino cómo, de algún modo, deben funcionar. Sin embargo, está lejos de ser evidente cómo tendría que articularse esta noción de necesidad.

 

Otro planteamiento actual es el denominado relativista,   cuyo representante  más influyente es Thomas Kuhn. Al igual que el gran filósofo alemán del siglo XVIII Emmanuel Kant, Kuhn mantiene que el mundo que la ciencia investiga debe ser un mundo hasta cierto punto constituido por las ideas de aquellos que lo estudian. Esta noción de la constitución humana del mundo no es fácil de captar. No ocurre lo mismo que en la visión idealista clásica que explica que los objetos físicos concretos sólo son en realidad ideas reales o posibles, implicando que algo es considerado como objeto físico o como un objeto de cierto tipo, por ejemplo una estrella o un planeta, sólo en la medida en la que la gente así los categoriza. Para Kant, la contribución que parte de la idea y lleva a la estructura del mundo es sustancial e inmutable. Consiste en categorías muy generales tales como espacio, tiempo y causalidad. Para Kuhn, la contribución es asimismo sustancial, pero también muy variable, ya que la naturaleza de la contribución viene determinada por las teorías y prácticas concretas de una disciplina científica en un momento determinado. Cuando esas teorías y prácticas cambian, por ejemplo, en la transición desde la mecánica newtoniana a las teorías de Einstein, también cambia la estructura del mundo sobre la que tratan este conjunto de teorías. La imagen de los científicos descubriendo más y más sobre una realidad o idea independiente aparece aquí rechazada por completo.


5.-  A MANERA DE CONCLUSIÓN

 

Probablemente Gödel se acerque más a la raíz del problema que el resto de pensadores. No obstante lo planteado hasta el momento en torno a los límites de la ciencia abre una disyuntiva muy similar a la que plantea Platón en el Teeteto al intentar definir verdaderamente la episteme o saber; después de tres definiciones rechazadas por Sócrates y, sin alcanzar un concepto  satisfactorio, Sócrates abandona la escena para dirigirse al Pórtico del Rey para defenderse de una acusación lanzada en su contra.

 

La génesis del problema puede encontrarse en considerar la Ciencia, y por ende sus límites,  como un compartimento estanco. Filosofía, Ciencia, Arte no son incompatibles, sino complementarias y necesarias las unas a las otras. A la ciencia le corresponde el papel de descubrir  conocimientos y aportar nuevos datos, que son la materia prima de la información. Hoy disponemos de cantidades de información muchísimo mayores de las que tenían nuestros antepasados, pero escasean los signos que indiquen que la sabiduría humana aumente. La búsqueda de la sabiduría es el desafío esencial al que se enfrenta la Humanidad.

 

Los límites de la Ciencia no están en el método científico sino en el ser humano. El científico deberá armonizar a la luz de la Filosofía  los valores  éticos de su investigación. Hay que abandonar la investigación científica  en cuanto facilite la destrucción  humana. El científico ha de ser filósofo, que aspire al conocimiento del ser de las cosas y no a la utilidad o rentabilidad económica.

 

Existe la necesidad de hallar un nuevo enfoque  en el que se invoquen  deliberadamente valores que proporcionen al individuo objetivos y un contenido pletórico de significado. Lo que se necesita es una nueva visión ética, que tiene que abarcar: la ética de la naturaleza, impuesta por cuestiones medioambientales globales, la ética en el desarrollo que rompa el abismo que separa a los ricos de los pobres, la ética de la solidaridad dada la dimensión que adquieren los problemas que se plantean  a la humanidad y que exigen una cooperación de todos; en definitiva una nueva ética de vida.

 

En palabras del filósofo Jorge Ángel Livraga:

 

“Es necesario el alegre regreso a la Armonía de la Naturaleza, al conocimiento de lo verdadero que jamás puede excluir a la única Realidad que es Dios. Al trabajo individual y colectivo, pero no masificante, que lleva a la libertad en convivencia con todos los seres visibles e invisibles.

 

Cuando las estrecheces diarias nos hacen ver que nuestra antigua casa ya no alcanza  para las modernas necesidades de la vida, bueno es no enamorarse de sus características, con una especie de romanticismo enfermizo que trata de detener la marcha del tiempo.

 

Hay que pensar positivamente hacia el futuro sin aferrarse a las paredes resquebrajadas, al crujiente techo. Hay que reemplazar la casa y reencarnarla en una forma mas elevada. Para nuevamente decir: volvemos a casa, a la de siempre”.

 

 Autor: Lisardo Garcia Rodulfo

Fuente: www.revistaenfige.com

¿Escuchar a Mozart nos hace más inteligentes?

¿Escuchar a Mozart nos hace más inteligentes?

Por Javier Peláez | Cuaderno de Ciencias


Vivimos rodeados de información. En estos tiempos de internet y con la apertura de las tecnologías informáticas puestas a disposición de todo el mundo, el exceso de información puede ser igual o más perjudicial que la ignorancia. A diario vivimos bombardeados por mitos y leyendas urbanas que se convierten en virales y que hacen muy difícil distinguir qué es cierto y qué no lo es.
 

Por ejemplo, hasta hace poco pensábamos que el chocolate o el café eran malos y, sin embargo, estudios recientes han demostrado que, en dosis adecuadas, son muy beneficiosos para el cuerpo humano. Lo mismo ha pasado con el vino o el aceite, que, de ser denostados hace unos años, se han convertido en imprescindibles en muchas dietas equilibradas.

Y seguro que casi todos habéis oído algo sobre "El efecto Mozart". Incluso se vendían CDs con música del genio de Salzburgo que hacían que los bebés crecieran más despiertos e inteligentes. Pero... ¿Es cierto que escuchar la música de Mozart nos hace más inteligentes?

Pues lo cierto es que nos hace igual de inteligentes que escuchar la música de Julio Iglesias o de Britney Spears.

No obstante, y a diferencia de otros mitos urbanos de los que se desconoce con seguridad su origen, la noticia viral sobre la inteligencia y Mozart podemos localizarla fácilmente en 1993, cuando un equipo conjunto de neurocientíficos de la Universidad de California y de Wisconsin publicaron un artículo en la Revista Nature en el que aseguraban que escuchar la música de Mozart aumentaba los resultados en test de razonamiento.

El experimento contó con la participación de 36 estudiantes a los que se exponía durante 10 minutos a la sonata para dos pianos en re mayor K.448 de Mozart, mejorando sus habilidades cognitivas y espacio-temporales.

Wolfgang Amadeus MozartAquellos resultados calaron en el público en general, atraídos por la idea romántica de que escuchar la bella música del autor del Requiem en Re menor les haría más inteligentes.

Sin embargo, desde aquel año 1993 hasta la actualidad, el experimento se ha realizado en multitud de ocasiones y no se ha vuelto a producir ningún resultado similar. Incluso en el año 2010 se volvió a intentar un nuevo experimento con más de 3000 personas, y los resultados fueron concluyentes: Escuchar a Mozart no te hace más inteligente.

También hay que aclarar que esto no significa que escuchar música no pueda darle un pequeño empujón a nuestro cerebro. Por lo general, cuando nos encontramos en un buen ambiente escuchando música agradable nuestro cerebro libera dopamina, que nos ayuda a mejorar la cognición y la atención. Pero en realidad, y como dicen en Popular Science, poco importa que la música provenga de Mozart o del mismísimo Justin Bieber.

SUPERCUERDAS: LOS CAMINOS DEL UNIVERSO

Las teorías de supercuerdas son el resultado de la evolución que ha sufrido la Física a lo largo del siglo XX. Einstein, con sus inocentes preguntas acerca de la naturaleza de la luz, revolucionó la ciencia de su tiempo allá por el año 1905, cuando ya se creía que estaba todo explicado, dando nacimiento a dos ramas especializadas: la cosmología y la física cuántica que, paradójicamente, han resultado ser incompatibles.

La relatividad general, utilizada para estudiar grandes acumulaciones de materia, como las galaxias y sistemas solares, explica la gravedad como una deformación del espacio-tiempo, que se curvaría por efecto de la materia.

La mecánica cuántica, a su vez, describe un mundo subatómico donde todo, incluido las fuerzas, son partículas. Por tanto, para la cosmología relativista, la fuerza de la gravedad no tiene una entidad propia, y es además intercambiable con la aceleración, mientras que para la física cuántica estaría representada por una partícula que todavía no se ha descubierto, denominada gravitón.

Cada una de estas especialidades explica con mucha precisión sus respectivas áreas de conocimiento y ha dado lugar a predicciones que hacen de ellas teorías muy fiables. Sin embargo, hay momentos en los que habría que utilizar las dos conjuntamente porque confluyen grandes masas en tamaños equivalentes a partículas subatómicas. Es el caso de los agujeros negros, regiones del espacio en donde la masa está tan concentrada que ni la luz puede escapar a su efecto gravitatorio, y del Big Bang, el momento inicial del universo en donde toda la masa estuvo comprimida en un único punto de tamaño cero.

En estos casos ninguna de las dos teorías puede aportar una explicación, puesto que la resolución de sus ecuaciones matemáticas da lugar a singularidades, o dicho en otras palabras, a soluciones infinitas.

¿Una única teoría es posible?

Anticipándose a esta problemática, Einstein pasó los últimos años de su vida buscando una teoría unificada, intentando ampliar las ecuaciones de la relatividad general para poder incluir las fuerzas nucleares y la fuerza electromagnética. De la misma manera, los físicos cuánticos han tratado durante varias décadas de generar teorías que desde la mecánica cuántica englobasen las distintas partículas de fuerzas, incluida la gravedad. Pero ambas aproximaciones han fracasado.

La primitiva teoría de cuerdas, surgida a principios de los años 70, despertó gran interés porque utilizando un planteamiento matemático nuevo fue capaz de incorporar todas las fuerzas, incluida la gravedad. La novedad consistía en considerar a las partículas elementales unidimensionales en vez de puntuales. El inconveniente era que presentaba un mundo con 26 dimensiones, en vez de las cuatro que conocemos y que planteaba la presencia de una partícula llamada taquión que viajaba a velocidades superiores a las de la luz y tenía carga negativa o imaginaria. Por eso pasado el primer boom, la teoría perdió atractivo para los científicos. Lo interesante de esta teoría es que presenta a todas las partículas como compuestas por una misma sustancia, llamada cuerda, y las diferencias vendrían dadas por la distinta tensión y distinto modo de vibración que presenten. Las cuerdas son además muy plásticas, pueden estar abiertas o cerradas, y pueden unirse y escindirse unas con otras.

El taquión desapareció de las ecuaciones durante la primera revolución de las supercuerdas de los años 80, momento en que se renovó el interés por el tema, gracias al descubrimiento de la supersimetría, un concepto relacionado con el spin, es decir, la velocidad de giro de las partículas. Como resultado, se incorporaban a la teoría los fermiones, partículas de materia,  además de los bosones, o partículas de fuerza. El reto que plantea esta nueva teoría es que bosones y fermiones estarían relacionados por parejas, pero las supuestas parejas de los bosones y fermiones que nosotros ya conocemos no se han descubierto todavía. A estas partículas se les llama supercompañeras, y son unas de las partículas que se están buscando actualmente en el recientemente inaugurado colisionador de hadrones (LHC) del CERN. Una de las hipótesis más interesantes es que estas supercompañeras podrían formar parte de la materia oscura, que teóricamente constituye el 23% de la materia del universo.

La revolución de las supercuerdas

Los científicos postulan que el 95% del cosmos está compuesto de materia y energía oscuras, y tan sólo el 5% estaría formado por materia ordinaria. Se piensa que la mayoría de objetos en el universo ni absorben ni emiten ningún tipo de radiación, produciendo no obstante efectos gravitatorios. Esta hipótesis parte de las observaciones de que las galaxias parecen mantenerse unidas por una fuerza gravitacional que es mayor que aquella asociada a la materia que realmente vemos.

Hay muchos candidatos que podrían conformar esa materia oscura, entre ellos, los neutrinos, los agujeros negros, las enanas marrones, pero fundamentalmente se cree que podrían ser algunas de estas superpartículas o supercompañeras.

El gran colisionador de hadrones situado en la frontera franco-suiza, ha diseñado experimentos de colisión de protones de extraordinariamente alta energía, cuyos resultados serán recogidos por un detector llamado ATLAS, en donde buscan encontrar indicios sobre el origen de la masa, el boson de Higgs, la unificación de las fuerzas de la naturaleza, las dimensiones extra y los candidatos a materia oscura en el universo.

En un futuro, por tanto, se podría obtener la primera prueba experimental a favor de la teoría de cuerdas, si se descubre la supersimetría y las dimensiones extra.

A lo largo de los años 80 se desarrollaron paralelamente cinco cuerpos de teorías de supercuerdas distintas, sin saber cuál de ellas era la aproximación correcta. Se llamaron teorías I, IIA, IIB, HO y HE. Y otra vez cundió el pánico entre los científicos, y se pensó que estaban ante un callejón sin salida.

Pero la segunda revolución de las supercuerdas de los años 90 descubrió la simetría de la dualidad, haciendo que estas cinco teorías fueran interconvertibles dos a dos, y viendo que en realidad formarían parte de otra teoría que las engloba y que se llama Teoría M. La Teoría M presenta un mundo de 11 dimensiones, considerando ahora que las cuerdas no son sólo unidimensionales sino que pueden existir en varias dimensiones, adoptando el nombre de p-branas.

¿Cómo encaja un mundo de 11 dimensiones con el de cuatro dimensiones al que estamos acostumbrados, (considerando las tres espaciales y una temporal)? Pues bien, la teoría de supercuerdas postula que las dimensiones adicionales estarían arrolladas, se habrían colapsado en los momentos iniciales del Big Bang, existiendo sólo en el terreno de lo microscópico, mientras que las otras cuatro se habrían desarrollado para conformar el mundo tal y como nosotros lo conocemos.

La teoría de supercuerdas presenta por primera vez la posibilidad de una física unificada. Y lo que es más interesante, puede explicar los primeros instantes del Big Bang, e interpretar los agujeros negros. Para la mecánica cuántica el agujero negro se evapora con el tiempo y todo lo que hubo dentro desaparece. En la teoría de cuerdas sin embargo, las cuerdas almacenan la información, la cual vuelve a emerger cuando se evapora el agujero negro.

Asimismo, para la teoría de cuerdas el universo tiene un tamaño mínimo, que ya no es cero, sino que es de la longitud de una cuerda. En esta nueva versión del Big Bang el tiempo comenzó cuando una única brana, que lo ocupaba todo, dio lugar a cuerdas cerradas que se propagaron para crear la materia ordinaria.

Además, las distintas partículas propuestas por el modelo estándar de la física cuántica surgen de manera natural de sus ecuaciones. Mientras el modelo estándar, que fue constituyéndose conforme los aceleradores de partículas iban descubriendo piezas más pequeñas dentro del puzzle de la materia, necesita introducir en sus ecuaciones 19 parámetros experimentales para ser capaz de deducir cosas nuevas, la teoría de cuerdas solo necesita introducir un dato para deducir el resto, y éste es la tensión correspondiente a cada uno de sus bucles. Asimismo, el modelo estándar, sin tener en cuenta la gravedad, admite la existencia de más de 45 partículas diferentes, entre ellos, el hipotético Boson de Higgs, lo que es considerado un número relativamente grande como para constituir los elementos esenciales o “ladrillos” del universo, mientras que las cuerdas representan sólo un único tipo de materia.

De vuelta a lo Uno

Los problemas que presenta la teoría de cuerdas es que se mueve en unas dimensiones tan pequeñas (la cuerda tiene 10-33 centímetros frente a los 10-13 centímetros del átomo) que no es posible su detección a nivel experimental. Sus detractores la acusan de que no se trata de algo científico, sino de una especulación metafísica. Otra de las problemáticas de la teoría de cuerdas es que es una matemática completamente nueva, de manera que a la vez que los físicos están ahondando en las teorías, los matemáticos están intentando ir a ese ritmo y desarrollar nuevas ecuaciones. Lo cual quiere decir que las ecuaciones de la teoría de cuerdas son aproximadas y que además las soluciones también son aproximadas, de forma que todavía no se pueden hacer muchas predicciones porque no se tienen los datos finales y definitivos para saber qué propone exactamente la teoría de cuerdas.

Ante este panorama, los científicos más optimistas dentro de los que apoyan la teoría de cuerdas hablan de un plazo de 30 ó 40 años para que empiece a dar sus primeros frutos.

Si la teoría se confirma, las cuerdas se convertirían entonces en los verdaderos a-tomos (sin partes), el único y último componente del universo.

La teoría de cuerdas estaría volviendo de nuevo a esta concepción antigua y primordial del universo que tuvieron todos los pueblos de la antigüedad. La misma etimología de la palabra indica que el uni-verso tiende hacia lo uno. Más allá de la pluralidad del mundo manifestado existiría una unidad esencial que está representada por esta sustancia llamada cuerda, que es capaz de dar lugar al gran calidoscopio que es el cosmos.
 
Autor: Isabel Perez Arellano
Fuente: www.revistaesfinge.com

Gematria, la cábala en piedra

No es necesario ser creyente para disfrutar del goce estético que se "desata" cuando visitamos el interior de una catedral gótica. La razón de que estas colosales construcciones medievales nos resulten tan bellas y armoniosas, como si gozaran de una atmósfera especial y sutil, se encuentra en la aplicación, por parte de los maestros constructores, de ciertas figuras geométricas y determinadas proporciones matemáticas.

Pero además de este conocimiento basado en los "números sagrados", los constructores medievales insertaron también otras "claves" igualmente relacionadas con los números, en este caso para transmitir ciertos mensajes ocultos. Esta práctica se denomina gematría, y sería una especie de "cábala" en tres dimensiones. De forma similar a lo que ocurre en la tradición hebrea con la cábala, la gematría era una disciplina tradicional que interpretaba de forma simbólica las palabras a partir del valor numérico de sus letras, ya fueran hebreas o griegas. En ambos casos era posible traducir las palabras a números, e interpretar estos de manera simbólica, y viceversa.
 
Difícilmente hubo un teólogo medieval - explicó en su día el historiador de arte francés Emile Mâle - que no buscara en los números la revelación de la verdad oculta. Los orígenes de esta práctica habría que buscarlos en la Antigüedad, con Pitágoras y su escuela mística - matemática como alumnos aventajados - aunque seguramente se remonte más atrás -, pero tuvo su continuidad mucho tiempo después. En la Edad Media este simbolismo número-divinidad se transmitió a través de la mística platónica recogida por los textos de san Agustín, llegando a los constructores de catedrales.

Y es por esta razón que encontramos numerosos ejemplos del uso de la gematría en multitud de templos medievales. Uno de los más llamativos se encuentra en la catedral de Troyes (Francia). Allí podemos comprobar que la clave de la cabecera está a una distancia del suelo de 88 pies y 8 pulgadas. En los años de la construcción de este templo —y en el resto del Medioevo—, el número 888 se identificaba con Cristo, pues esa es la cifra que se obtiene si, usando la gematría, 'traducimos' el nombre de Jesús en griego (ΙΗΣΟΥΣ) o lo que es lo mismo: Ι (10) + Η (8) +Σ (200) +Ο (70) +Υ (400) + Σ (200) = 888.
 
Por otra parte, algunos pilares de Troyes miden 6 pies y 6 pulgadas, y la iglesia tenía 66 de estos pilares. Sobra aclarar que el 666 es el número de la Bestia, tal y como cita el Apocalipsis, y que los pilares —que sostienen las bóvedas y simbolizan a los apóstoles— deben aplastar al maligno.

Tal y como explica el historiador del arte y especialista en simbolismo del templo cristiano Jean Hani, este simbolismo gemátrico de Troyes parece aludir continuamente al Apocalipsis de san Juan, pues también encontramos en este templo 144 ventanas (en alusión a los 144.000 elegidos), y el triángulo utilizado para obtener el alzado del templo, "oculta" un ángulo de 26 grados, cifra del nombre de Dios en hebreo: IHVH.
Hani cita otros ejemplos: en la iglesia de Saint-Nazaire, en Autun, la longitud y la anchura del templo suman 257, cifra que equivale a NAZER. Ésta palabra significa 'la corona del príncipe' y unida al Nazaire del nombre de la iglesia quiere decir: "la corona del Rey Jesús, el Nazareno".

Notre-Dam

 

Del mismo modo, la longitud de la catedral de Notre-Dame de París es de 390 pies, que gemátricamente significa: "ciudad de los cielos". Idéntica cifra y mensaje lo encontramos también en la iglesia francesa de Saint-Lazare de Autun, "oculto" en las medidas de tres ventanas del crucero.

noticias.yahoo.com  Javier García Blanco

EL CAMBIO CLIMÁTICO NOS OBLIGA A CAMBIAR COSTUMBRES

El cambio climático es hoy el punto de referencia al que se dirigen todas las miradas, donde confluyen todos los discursos y donde se reflejan todos los impulsos. Hace pocos años solo se hablaba de cambio climático en círculos reducidos de especialistas o en el ámbito del sensacionalismo ecologista. Formaba parte del inmenso arsenal con el que se agreden las tendencias políticas y no se le daba credibilidad, precisamente por ser considerado como un arma arrojadiza de las políticas radicales. Ni siquiera la comunidad científica formaba un frente común, y se sucedían las discusiones públicas entre especialistas que argumentaban el origen antrópico del hipotético cambio climático frente a los que se negaban tal posibilidad.
Sin embargo, hoy parece que no existe duda ante la inminencia de este fenómeno complejo y sus causas. Y lo que es peor, sus nefastas consecuencias sobre la dinámica del propio planeta, y por supuesto, sobre el desarrollo económico y social de nuestra civilización. El cambio climático ha pasado, casi instantáneamente, a ocupar el lugar permanente de preocupación de todos los programas económicos y agendas políticas, de todos los sectores sociales, incluyendo a los más reacios a las causas ecologistas.

LAS CONSECUENCIAS DEL CAMBIO DEL CLIMA
A este incremento espectacular de presencia del cambio climático en los medios de comunicación, ha contribuido especialmente la ronda de consultas y presentaciones que los científicos del IPCC (algo así como el Panel Intergubernamental para el estudio del Cambio Climático, dependiente de la ONU) fueron realizando entre 2006 y 2007 para presentar el último informe elaborado por este organismo. También fue determinante el hecho de que un político de la relevancia e influencia de Tony Blair diese la voz de alerta hace pocos meses, poniendo especial énfasis en el retroceso económico que supondría la instauración de un cambio climático a escala planetaria.
Ahora, la amenaza del cambio climático aparece detrás de muchas decisiones. El efecto sobre el clima (y por extensión, sobre el medio ambiente) se encuentra ya entre los criterios de decisión de muchas acciones. El temor a los efectos devastadores sobre nuestra economía está comenzando a movilizar voluntades. Durante décadas, los colectivos ecologistas hemos estado dando argumentos éticos para tener una actitud de respeto al medio ambiente, pero lo que realmente capta la atención del ciudadano en general, y de la clase política en particular, es la posibilidad de perder nuestro modo de vida, nuestro estado de bienestar, de igual manera que el fumador se suele quitar del vicio nicotínico, no por la encomiable decisión de liberación personal, sino por la oportuna dosis de miedo que aporta la última revisión médica.
Sin embargo, el que ha pasado por la experiencia de abandonar el tabaco (u otra adicción de perniciosas consecuencias) sabe que la decisión firme de dejar de fumar debe acompañarse de la incorporación de nuevas conductas que consoliden esa determinación. Se deja de fumar para recuperar una calidad de vida perdida, pero se deben transmutar unos hábitos y costumbres por otros acordes a la nueva situación. De igual manera, si se quiere alejar la amenaza del cambio climático y sus desastrosas consecuencias para nuestro estado de bienestar, no basta con incorporar tecnologías más limpias y procesos más eficientes, sino que hay que modificar los hábitos y costumbres, cuya resultante global ha conducido a esta situación.

BORDEANDO LOS LÍMITES
Para entender las características y alcance del cambio climático, hay que desterrar la idea de que se trata de una variable discreta, es decir, con límites inequívocos y definidos. Yo puedo evitar precipitarme por un barranco porque hay un límite definido a partir del cual deja de haber suelo en posición más o menos horizontal. Si doy un paso más, caigo. En el caso del cambio climático, los límites de la variación del clima no están tan claros, especialmente en el caso de los climas que presentan cierto margen de variación como una de las características, tal y como ocurre con nuestro clima mediterráneo, imprevisible hasta cierto punto. Quiero decir que, de igual manera que no puedo averiguar qué cigarrillo es el que me va a producir cierta enfermedad respiratoria, tampoco podemos afirmar hasta cuándo podemos seguir manteniendo las características de nuestro modo de vida que están incidiendo en el cambio climático. La incertidumbre se incrementa cuando se cree, desde la comunidad científica, que el cambio climático ya está produciéndose. En una llanura de cambios graduales, ¿cuándo podemos decir que hemos alcanzado el horizonte?
Todos sabemos que las causas del cambio climático hay que encontrarlas en el incremento de la concentración de los gases con efecto invernadero en la atmósfera. Los gases con efecto invernadero tienen la característica de retener parte de la radiación solar que, después de haber rebotado en el suelo terrestre, se dirige a las capas altas de la atmósfera y al espacio exterior. Esta radiación retenida por las moléculas de los gases con efecto invernadero distribuye calor, por lo que la temperatura de la atmósfera se incrementa paulatinamente. Los gases con efecto invernadero son el dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), óxido nitroso (NO2) y gases fluorados. Menos estos últimos, totalmente sintéticos, el resto de los gases tienen un origen natural (combustión natural, respiración, procesos de fermentación y digestión, vulcanismo) y un origen vinculado a la actividad humana (centrales térmicas, industria, agricultura y ganadería, transporte, etc.).
Puesto que el clima es el resultado del equilibrio de varios componentes del planeta (atmósfera, hidrosfera, criosfera, litosfera y biosfera, con relación al aire, agua líquida, agua sólida, suelo y conjunto de seres vivos, respectivamente), cuando se incrementa la temperatura de la atmósfera rápidamente, se produce un desequilibrio en el conjunto, que conduce a cambios en el clima. Este es el fundamento básico.
La solución pasa por reducir la concentración de gases con efecto invernadero, que son los responsables directos de que suba la temperatura. Para reducir la concentración hay que combinar medidas para frenar la emisión de estos gases con medidas para retirar cantidades de estos gases de la atmósfera. En el primer caso, lo evidente es reducir el consumo de productos manufacturados y de energía y orientar nuestro consumo hacia productos que requieran menos energía. En el segundo caso, mientras se inventan dispositivos para capturar estos gases de la atmósfera, hay uno que ya ha inventado la Naturaleza y que es muy eficiente: las plantas verdes, que crecen y se desarrollan extrayendo dióxido de carbono (uno de los gases con efecto invernadero) de la atmósfera, por lo que cualquier política de mantenimiento e incremento de las plantas verdes (bosques, praderas, cultivos, las algas de los océanos, etc.) reduce el cambio climático.

EN BUSCA DE SOLUCIONES
Hay mucha gente que confía únicamente en la tecnología para superar este problema. El argumento es simple (no sencillo): la ciencia está en condiciones de desarrollar la tecnología necesaria para eliminar las emisiones de gases con efecto invernadero sin necesidad de sacrificar el consumo. Esta creencia es a todas luces impracticable, por muchos motivos: sociales (desigual distribución de la tecnología), económicos (muchos procesos contaminantes no soportarían la carga de una tecnología “limpia”), técnicos (no se ha desarrollado esta tecnología para todos los procesos), ecológicos (el progreso interminable no es sostenible en términos de ecosistemas y ciclos de materia). Lo más sensato y eficaz es consumir menos y con más seso y dejar de destruir las plantas verdes.
Las soluciones afectan a dos niveles: el del ciudadano, donde estamos todos, y el supraindividual, el de las corporaciones, instituciones, administraciones, Estado. En el primer nivel los resultados de nuestra acción son directos. Solo dependemos de nosotros. En el segundo nivel nuestra acción puede ejercerse de manera indirecta, siempre teniendo presente que el “poder hacer” es como la energía, que ni se crea ni se destruye. Todos tenemos una cuota de “poder hacer”; si no la ejercemos, otros la usarán por nosotros. Si la energía no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma, el poder hacer no se crea ni se destruye, solo cambia de mano.
Al punto que hemos llegado, parece evidente que el cambio climático, lejos de considerarlo como una opción de límites claros fija en el horizonte, debe contemplarse como una realidad inmediata y poco nítida en sus límites, que se mezcla con lo actual y que supone el punto de partida hacia nuevas formas de organizar nuestra vida. La reducción del consumo, el consumo responsable y una visión reorientada hacia los procesos naturales, no es algo que pueda imponerse por la fuerza, ni por la ley, sino que se reconduce a través de la formación. El consumo ilimitado surge como consecuencia del propio desequilibrio individual. Cuando una persona está centrada en sí misma, necesita menos para ser feliz y, por tanto, contamina menos. No pueden decirme que no puedo tener dos coches, sino más bien, cómo descubrir y aprovechar mis propias potencialidades para que no me llame la atención tener dos coches.
El cambio climático es un punto de partida, no para consolidar un modelo de vida que nos está llevando a aniquilar la Naturaleza, sino para explorar alternativas más humanas y naturales, que pasan por recuperar hábitos de menor consumo y, sobre todo, por encontrar móviles que nos lleven a cultivar el interior antes de esquilmar lo exterior.

Por Manuel J. Ruiz.
Grupo GEA, Jaén.
ESFINGE, JUNIO 2007

8 MOTIVOS PARA VIVIR CON MÚSICA.

 

Ante este título lo primero que cabría es preguntarse si existe la posibilidad de vivir sin música. Como veremos más adelante, la música es un elemento inserto en nuestro mundo, nos rodea, está por todas partes, forma una "atmósfera" que respiramos y que nos influye. Lo único que nos queda es preguntarnos si somos conscientes o no de ello o dicho de otro modo, si somos oyentes pasivos o activos, si elegimos la música que queremos que nos acompañe o es ella quien nos elige.

Porque este es uno de los motivos importantes. Elegir implica una definición, una identificación, una identidad, si es pasiva de alguna manera elige la moda o el entorno, si es activa somos nosotros los que nos definimos.
Ahora lo preciso sería hacer un test con diferentes tipos de música y señalar como valoramos nuestra identificación con ella. Cuanto nos gusta la compañía de una u otra. Cuanto tiempo estamos en contacto con una o con otra.
Podríamos elegir, por ejemplo, 9 estilos: Rock, BSO, Clásica, Pop, Heavy, Folk, Cantautor, Celta, Jazz. Está claro que ahí no están todos, pero es una buena representación. Bien y después de escucharlos todos, ¿cual tiene la puntuación más alta? Y ahora la otra pregunta, ¿coincide con la idea que teníamos?, ¿coincide con el estilo con el que nos identificábamos?